Cada tecnología que expande nuestras capacidades suele recorrer un mismo ciclo. Primero la fascinación, luego el exceso y, con el tiempo, el aprendizaje que conduce a un equilibrio más responsable. Con la IA parece que estamos en esa fase de fascinación y exceso, donde la rapidez y la eliminación de los límites técnicos generan una ilusión de omnipotencia.
Algo parecido ocurrió tras muchas dictaduras. Después de años de prohibiciones absurdas, desde la barba y el pelo largo hasta las minifaldas, llegó una época de “destape” en la que se exploró lo erótico, lo transgresor y también lo ilegal sin demasiado freno. Es la etapa del libertinaje que suele preceder a la libertad, cuando se asumen con mayor consciencia los límites y las responsabilidades.
Con la IA parece estar ocurriendo algo similar. Vivimos un momento de “vale todo”, en el que crear imágenes, voces o escenas ficticias se ha vuelto trivial y donde muchas veces dejamos de preguntarnos si lo que circula es verdadero o falso.
Los ejemplos abundan. Desde el papa Francisco con un abrigo de Balenciaga hasta Aitana López, la influencer española que nunca existió. Más recientemente apareció Xenia Monet, una cantante cuya voz mezcla matices de Beyoncé, Mariah Carey y Whitney Houston y que llegó a las listas de Billboard mientras su creadora en Misisipi firma contratos millonarios. O la pelea viral entre Brad Pitt y Tom Cruise, digna de una superproducción de Hollywood, creada con Seedance 2.0, una herramienta de IA vinculada a TikTok.
Las protestas de artistas y productores no tardaron en llegar. Denunciaron que la creatividad artificial suplanta a la humana y temieron por el impacto laboral en sus industrias. Pero ese reclamo corporativo pasa por alto algo inquietante. Al público parece importarle cada vez menos si lo que consume es real o generado.
El problema, en realidad, es más profundo. No tiene que ver con la “creatividad” de la máquina, sino con la posible atrofia de nuestra propia agencia cuando delegamos el pensamiento en algoritmos, con la normalización de la mentira en una época saturada de desinformación y con la erosión gradual de la confianza pública.
Conviene, además, exonerar a la máquina de parte de esta discusión. Quien creó a Xenia Monet o la pelea entre Pitt y Cruise no escribió un simple prompt y listo. Como en cualquier proceso creativo, hubo ensayo, prueba, error y ajustes constantes hasta acercarse a lo imaginado.
La IA es simplemente la última herramienta en una larga cadena de instrumentos que los humanos hemos utilizado para ampliar nuestras capacidades. Nuestros antepasados usaron piedras para producir fuego, mezclaron minerales para inventar metales o manipularon microorganismos para crear antibióticos.
El libertinaje creativo actual se explica en buena medida por un desfase evidente. La tecnología avanzó mucho más rápido que los legisladores, educadores y pensadores encargados de construir los marcos éticos y legales. Sin esas referencias, distinguir entre lo aceptable y lo abusivo se vuelve cada vez más difícil.
De ahí que el debate ético haya comenzado a ocupar espacio en universidades y foros internacionales. Organizaciones como la UNESCO impulsan marcos para el uso responsable de la inteligencia artificial, mientras muchas universidades han incorporado estos dilemas a sus programas de estudio. En Estados Unidos incluso se celebran jornadas como la “Ethics Week”, donde estudiantes y profesores debaten cómo preservar valores como la verdad y la libertad frente a la fascinación tecnológica y qué partes de nuestra humanidad no estamos dispuestos a delegar en las máquinas.
Pasar del libertinaje a la madurez creativa implica asumir el control consciente de la herramienta. La IA puede generar el lienzo, el color o la melodía a una velocidad inédita, pero el propósito, el significado y la verdad que transmiten esas obras siguen siendo responsabilidad humana. Con el tiempo, a medida que la sociedad se familiarice con estas tecnologías, es probable que emerja un mayor equilibrio en el que la IA amplíe nuestras capacidades sin reemplazar el juicio ni el pensamiento crítico.
En el próximo artículo abordaré el peligroso libertinaje de las empresas creadoras de IA.


















