La escena retrata lo que muchas personas sienten. Las noticias se han vuelto tóxicas. Violencia, escándalo, conflicto, confrontación, indignación permanente. El cansancio frente a ese bombardeo se ha transformado en distancia, y esa distancia en desconfianza.
Gallup sitúa la confianza en los medios en solo 28 %. El Reuters Institute documenta que el 40 % evita las noticias para proteger su ánimo, porque les generan estrés o frustración, algo que coincide con lo que señalan varios estudios biológicos y con lo que la Asociación Estadounidense de Psicología denomina news stress. Ante una exposición prolongada, el organismo opta por permanecer en alerta constante o por desconectarse emocionalmente. Ambas son formas de autoprotección frente a una sensación continua de amenaza.
Durante más de treinta años en Miami he visto repetirse un mismo formato de noticiero televisivo con tragedias, accidentes y escándalos. Tal vez una fórmula eficaz para sostener audiencia y facturación, aunque dudo que haya generado confianza. En mi caso, más de una vez me cuestioné si había elegido bien al emigrar con mi familia.
Entiendo, como gran parte del público, que el periodismo tiene un papel incómodo. Mostrar problemas, exponer fallas y señalar lo que no funciona es parte de su función social. Pero lo que se percibe como tóxico es que toda la realidad se presente como un contraste en blanco y negro, hasta que el debate público termina pareciéndose al conflicto político que cubrimos.
Ahí quedamos atrapados periodistas y ciudadanos. Informar sobre el problema es necesario. Vivir permanentemente dentro del problema desgasta.
A veces los periodistas atribuimos la desconfianza a la polarización, a la estigmatización de la profesión, a las redes sociales o a la inteligencia artificial. Todos influyen. Pero no explican todo.
En las redacciones se ensayan múltiples estrategias para retener audiencias: ajustar contenidos, optimizar formatos, apoyarse en tecnología. Hace unos días respondí una encuesta de un medio al que estoy suscrito. Me preguntaron por qué lo elijo, qué consumo y si renovaría. No me preguntaron si percibo sesgo, si el contenido está más pensado para los algoritmos que para el lector, o si confío en su cobertura. Midieron mi fidelidad comercial, pero no mi confianza.
Ahí aparece una cierta miopía. Suscribirse no implica adhesión automática, del mismo modo que nacionalizarse en un país no impide reconocer sus debilidades. Cuando las métricas se convierten en brújula principal, se corre el riesgo de confundir volumen con confianza. Más suscriptores no implican validación plena del criterio editorial.
La confianza pertenece a otra dimensión. Es cualitativa. Se consolida cuando el lector percibe respeto intelectual, equilibrio y profundidad; cuando advierte que el criterio editorial no deriva en activismo y que existe disposición a mostrar matices, incluso en quienes el medio suele cuestionar. Y, sobre todo, cuando la independencia frente al poder político y económico es práctica visible y no eslogan.
Cuando la realidad se presenta con sus grises y no como un campo dividido en bandos, el lector deja de sentirse cifra o reacción ocasional frente a una elección o una catástrofe. Parte de la confianza se reconstruye cuando el ciudadano se siente sujeto activo y no accesorio dramático o estadístico.
El tema es complejo. No existe una bala de plata para revertir una desconfianza creciente. Las recomendaciones son conocidas: más transparencia, correcciones visibles, clara separación entre información y opinión y mayor periodismo de servicio.
Y creo que la audiencia no pide menos rigor, sino menos estridencia y más comprensión, más contexto y más utilidad práctica para su vida. Ahí es donde grita más fuerte el “algo bueno, por favor” de El Roto.

















