Más allá de la controversia sobre su imagen, el tema pasa por si es recomendable que jugadores, exjugadores y técnicos promocionen casas de apuestas. Algunos ejemplos: Messi, Otamendi y De Paul promueven Kalshi; Chicharito Hernández se sumó a DraftKings y Mourinho recomienda SportyBet.
Aunque la FIFA prohíbe esta publicidad en los estadios durante el Mundial, las casas de apuestas como Bet365 o FanDuel la inundan por doquier en cualquier momento del año.
Que jugadores y técnicos presten su imagen es un claro conflicto de intereses. Quien podría influir en un resultado no debería cobrar por fomentar apuestas sobre ese resultado. Ejemplos sobran: en 2023, el centrocampista italiano Sandro Tonali admitió haber apostado en partidos de su propio equipo, y el brasileño Lucas Paquetá fue investigado por recibir tarjetas amarillas deliberadas para favorecer a los apostadores. En 2009, una red criminal manipuló cerca de doscientos partidos en Europa, varios de la Champions League. En 1980, el escándalo italiano del Totonero arrastró a jugadores y dirigentes, entre ellos Paolo Rossi. En 1964, treinta y tres futbolistas ingleses fueron procesados por amañar encuentros de la Football League y diez terminaron en prisión.
¿Y en otros deportes? En 2025, el tenis francés quedó sacudido por una red que manipuló 45 partidos entre 2018 y 2024. Y en 2007, el árbitro de la NBA, Tim Donaghy, fue a prisión por apostar en partidos que arbitraba durante cuatro temporadas seguidas.
Varios estudios académicos demuestran que las apuestas perjudican la salud. La Organización Mundial de la Salud reconoce la ludopatía como un trastorno adictivo, equiparable al daño que provocan sustancias como el cigarrillo; de ahí que los gobiernos hayan prohibido casi por completo la publicidad.
La publicidad de apuestas, como la de cigarrillos y vaporizadores con sabores, apunta a los adolescentes. El Maradona reconstruido con IA y su "acá se juega con pelotas" no es la excepción. UNICEF lleva tiempo denunciando este tipo de ataques contra la salud de los menores.
El fútbol mueve miles de millones. Precisamente por eso, la FIFA debería ser más enérgica e imponer límites a esta publicidad, sobre todo cuando todavía arrastra el desastre del FIFAgate de 2015, en el que 14 dirigentes fueron procesados, entre ellos Blatter, Platini y Valcke.
Lo mismo vale para las demás federaciones y asociaciones nacionales. Varias vinieron a este Mundial con el equipo bajo el brazo y causas judiciales en el bolsillo. La de Argentina y su presidente, Claudio Tapia, son el ejemplo más reciente. Pero no el único.
El fútbol siempre supo que el dinero lo rodea. Lo que agrava la situación ahora es que el conflicto de interés ya no se disimula. Se llama patrocinio y lleva la cara de nuestros ídolos más queridos.














