Atrapados entre la verdad y la libertad
Blog por Ricardo Trotti: estoy terminando la segunda entrega de la trilogía "Robots con Alma". La primera fue sobre la verdad y la libertad. Esta, sobre la creatividad. Compárteme tus inquietudes, opiniones o ideas por email: trotttiart@gmail.com
mayo 17, 2026
La independencia se financia
mayo 10, 2026
Agotados por las malas noticias
Cada vez más personas aseguran que están agotadas por las noticias o, mejor dicho, por la negatividad que transmiten.
Toda la información parece una avalancha imposible de procesar. La guerra en Ucrania, el conflicto en Irán, las amenazas de nuevos enfrentamientos, el miedo al hantavirus. La polarización política, los insultos entre dirigentes y las peleas virales entre celebridades o futbolistas. Si Epstein se suicidó. Si Trump vuelve a atacar a León XIV y cómo responde el Papa.
La conversación pública parece haberse reducido al conflicto, a la confrontación constante y a quién contestó más fuerte. Y en medio de ese clima, muchos se sienten atrapados dentro de una alarma permanente.
Uno de los últimos informes del Reuters Institute for the Study of Journalism establece que cuatro de cada diez personas evitan las noticias de manera frecuente u ocasional, por agotamiento emocional y saturación frente a la información negativa.
¿Se le puede echar la culpa al periodismo por esto? La respuesta simple es no (del todo). El periodismo siempre trabajó sobre tensiones y crisis, y es su función hacerlo. La diferencia es que antes existían menos emisores y más filtros. Hoy, los medios no generan la mayoría de los conflictos ni siquiera tienen el monopolio de la agenda pública. Muchas veces solo reflejan lo que explota en redes sociales, plataformas o canales propios de políticos y celebridades.
Los medios no pueden ignorar lo que Trump publica en Truth Social, o lo que otro político dice en X o en discursos trasnochados, o lo que se apuesta en Polymarket sobre el ganador del Mundial o el Balón de Oro. Tampoco pueden ignorar las polémicas virales que los influencers y podcasts convierten en tendencia.
Cada vez cuesta más distinguir quién informa, quién opina, quién simplemente amplifica ruido y, sobre todo, cuál es la voz más confiable para escuchar o leer.
La dificultad es que cada vez consumimos más reacción y menos contexto. Con el hantavirus, la discusión gira alrededor del miedo y qué gobierno acepta o rechaza a los infectados. Mientras tanto, la información médica confiable queda relegada.
La crisis de hoy no es de información. Es de cómo procesar tanta información, cómo separar la paja del trigo. Muchas muertes se pudieran haber evitado durante la pandemia de Covid-19, si no fuera por la “infodemia”, como definió la Organización Mundial de la Salud al exceso de información falsa o verdadera que dificultaba informarse con confianza.
La American Psychological Association vincula la sobreexposición informativa con la ansiedad y la sensación de pérdida de control. El cerebro humano no está diseñado para este flujo continuo y cuando se satura, entiende menos y utiliza atajos para sobrevivir al ruido.
¿Qué hacer? ¿Aislarnos, desconectarnos? La salida no pasa por vivir menos informados, sino por recuperar criterio frente al exceso. Elegir mejor las fuentes de información y no prendernos a las reacciones que desatan los conflictos.
mayo 03, 2026
Celebremos lo que estamos perdiendo
Cuando esa libertad se debilita, el sistema empieza a enfermar. Algunas de esas dolencias son pasajeras; otras, terminales.
Hay externas, fáciles de detectar. Gobiernos autoritarios que censuran y presionan a los medios. Crimen organizado que amenaza y mata a periodistas. Muchas veces, la coalición corrupta entre ambos causa los mayores estragos.
Hay otras enfermedades invisibles. Un ejemplo claro es la apropiación del contenido por parte de quienes controlan internet y la inteligencia artificial. Usan información ajena y lucran con ella sin reconocer su origen.
Y hay enfermedades por negligencia que se incuban desde dentro, en la mala conducta del periodismo. La más grave es la pérdida de independencia. Cuando un medio deja de servir al público y pasa a servir intereses propios, o se vuelve cómplice de los grupos de poder que debería vigilar.
Sin lineamientos éticos, todo se degrada. Se prioriza el negocio sobre el criterio. Se informa según conveniencia y se deja de investigar y fiscalizar al poder. A partir de ahí aparece el sensacionalismo para atraer audiencias y la saturación de contenidos, sin jerarquía ni contexto, que crean ruido y limitan la conversación pública.
Los pacientes, el público, también nos autoinfligimos daños. Premiamos lo inmediato en redes sociales, confirmamos creencias, compartimos sin verificar y convertimos rumores y teorías conspirativas en corrientes de opinión.
Como consecuencia, se debilitan los valores imprescindibles de una democracia, la verdad y la libertad. En ese vacío, la desinformación y la propaganda se expanden como metástasis y aceleran el debilitamiento del sistema.
¿Cómo sacar a la libertad de prensa y a la democracia de la terapia intensiva?
No culpando al otro, sino asumiendo que todos somos responsables. Gobiernos que respeten la libertad y no la condicionen. Un periodismo independiente que informe, investigue y fiscalice. Sistemas tecnológicos que eviten el aceleracionismo sin ética y pongan al humano como protagonista. Y un público que consuma información con criterio.
Hoy es un día para celebrar la libertad de prensa y la democracia. También, para que cada uno asuma su responsabilidad y actúe como un sanador, capaz de recuperar lo que estamos perdiendo.
abril 26, 2026
Los nuevos censores, dueños de la información
Ahora se afianzó un nuevo modelo de censura.
Los motores de internet, las redes sociales y la inteligencia artificial dejaron de distribuir contenidos y de llevar al público a las fuentes. Pasaron de ser intermediarios a editores y propietarios de la información. La ordenan, la sintetizan y la empaquetan como propia.
Al consumirse el contenido periodístico fuera de su origen, se rompe algo esencial. Se debilita el vínculo entre quien investiga y quien recibe la información. El control pasa a manos de quienes deciden cómo se presenta.
La evidencia académica es concluyente. La verdad no desaparece, pero los algoritmos la definen y la entregan reinterpretada.
En ese proceso, todo lo que no eligen o dejan fuera es una forma sofisticada de censura.
El Reuters Institute advirtió una caída del 43 por ciento en el tráfico hacia los medios. Los usuarios consumen resúmenes generados por motores de internet y plataformas de inteligencia artificial sin acceder a la fuente original.
Hoy los medios y los periodistas sostienen un sistema que ya no controlan. Son la base invisible de una cadena de valor invertida. Investigan, verifican y escriben, pero el tráfico, la atención y los ingresos quedan en manos de quienes capturan, procesan y distribuyen esa información.
Es una forma indirecta de explotación. No en jornadas ni salarios, sino en la apropiación del valor. El trabajo intelectual se diluye en sistemas que lo empaquetan y lo presentan como propio, sin pagar por los contenidos periodísticos que lo hacen posible.
La ONG Open Markets Institute advierte que el poder informativo ya no está en la producción, sino en el control del acceso a la información. Quien define el orden de aparición define qué importa. Quien define qué importa moldea la percepción.
Estas mega plataformas tecnológicas operan como lobos en piel de oveja. Ofrecen tecnología e innovación a los medios para que produzcan más y mejor, pero terminan beneficiándose a costa de ellos. Han destruido su modelo de negocios, han absorbido su publicidad y ahora absorben su audiencia. Un círculo vicioso desvergonzado.
Más allá de lo sofisticadas que parezcan las nuevas tecnologías, en materia de información periodística estamos ante una nueva forma de censura y explotación indirectas.
Los reyes tecnológicos son, en la práctica, los nuevos propietarios de la información y, en muchos casos, también dueños de medios. Tema para otra columna.
abril 19, 2026
La evolución de las alucinaciones
Se buscaban en el ácido lisérgico, en la cocaína, en los hongos. Cada uno elegía su puerta de entrada y asumía el viaje. La distorsión de la realidad era un acto personal, una decisión. Podía ser destructiva, pero era propia.
Luego vino la propaganda, otra forma de alucinación menos visible, aunque más peligrosa. Sin necesidad de sustancias pasó a influir en las mentes de las masas.
Bastó con relatos repetidos miles de veces y con la exageración de los beneficios, como decía Joseph Gobbels. Los regímenes autoritarios la usaron para justificar ideologías y con ello justificaron horrores, masacres y hasta genocidios. Los credos religiosos mutaron en sectas y construyeron obediencia de moralidad propia y, de ahí, pasaron a tapar abusos sexuales y hasta programar suicidios colectivos.
La propaganda operaba sobre multitudes, pero todavía necesitaba emisores, dictadores, nuevos mesías, así como imprentas, radios, y ministerios enteros de la mentira.
Con la llegada de internet, la mutación fue inevitable. La propaganda se volvió desinformación y la mentira evolucionó hacia la llamada posverdad, ese terreno donde los hechos importan menos que las emociones. Ya no se trata de convencer, sino de confundir y de erosionar la capacidad de discernir. Y, más peligroso aún, ahora cualquiera puede participar en la cadena de distribución de esas mentiras, así sean narrativas inventadas o de memes de presidentes convertidos en Jesucristo. A diferencia de la propaganda pura, aquí lo peligroso es que el receptor se volvió también emisor. Y, así, la mentira encontró velocidad de contagio viral a través de las redes sociales.
Y ahora estamos ante un nuevo eslabón en la cadena de la evolución de las mentiras. La inteligencia artificial alucina. Aunque no tenga intención de engañar, el sistema algorítmico es tan eficiente que siempre da una respuesta pese a no saberla. Alucina sobre fechas que no existieron, citas que nunca se dijeron, eventos que jamás ocurrieron, todo presentado con el mismo aplomo con que diría una verdad verificable.
Y el mayor riesgo es que nosotros, confiados por la grandilocuente tecnología o apurados, convertimos la alucinación en verdad propia y la propagamos como verdad irrefutable.
En esta nueva época alucinante, en lugar de elegir nuestras alucinaciones, estamos dejando que los algoritmos las construyan por nosotros.
abril 12, 2026
Creatividad humana vs. artificial
Estoy a punto de terminar la segunda novela de la trilogía Robots con Alma. La primera fue sobre la verdad y la libertad. En esta, abordo la creatividad humana en su relación con la de las máquinas.
La IA escribe, compone, diseña y resuelve en segundos lo que antes exigía horas. De ahí surge la tentación de delegar no solo la tarea, sino también el pensamiento.
La IA acelerará. Las próximas generaciones responderán mejor y anticiparán nuestras ideas. Y en esa comodidad, se erosionará aún más nuestra libertad interior.
Sería ingenuo negar que la tecnología también libera. Nos ahorra tiempo, elimina tareas repetitivas y nos devuelve espacio.
El problema no es la herramienta. Es el uso que hacemos de ella. Bien usada, potencia la creatividad; mal usada, la reemplaza.
Desde la neurociencia, la Society for the Neuroscience of Creativity, bajo el lema de este año, Liberty to Create, sostiene que la creatividad surge del equilibrio entre dos sistemas del cerebro. Uno que imagina, conecta y divaga. Y otro que evalúa, ordena y decide.
Cuando ese equilibrio se rompe, o cuando la tecnología lo sustituye, el pensamiento se empobrece. Se vuelve predecible, repetitivo y seguro. Exactamente el terreno donde las máquinas dominan.
A diferencia de la rapidez de las máquinas, el cerebro tiene otros tiempos, incluso un período de incubación. Cuando se libera de la atención o parece distraerse, asocia recuerdos, experiencias e ideas distantes.
Caminando, en silencio o en la ducha parecen períodos de pausa y de inactividad. Pero es cuando aparecen las mejores ideas. Así surgieron hallazgos que cambiaron el mundo, como el de Arquímedes en el agua o Newton bajo un manzano.
Un algoritmo, por el contrario, no se distrae ni espera, trabaja con la inmediatez de lo probable, como cuando anticipa nuestra búsqueda o completa nuestras frases. Sin el espacio y el tiempo para crear, el cerebro se debilita.
La ciencia confirma que crear activa circuitos de recompensa, genera aprendizaje profundo y fortalece la autonomía. Es una función vital ligada a la libertad. Y, como todo, se atrofia cuando no se ejerce.
La creatividad también es una experiencia interior. Julia Cameron la describe como una conexión con una fuente más profunda. Intuición, conciencia, espíritu. Llámese como se quiera, pero no es mecánica.
A diferencia de la máquina, crear exige fricción, error e incertidumbre. Precisamente ahí nace el descubrimiento. Un proceso biológico, humano e indelegable.
El documento Quo vadis humanitas? de la Comisión Teológica Internacional de este marzo advierte que el progreso técnico puede empobrecer al ser humano. De su lectura se desprende que cuando el hombre delega en la tecnología el acto de crear, se debilita el esfuerzo interior. Sin esa tensión, la creatividad se vuelve producción.
No se trata de rechazar la tecnología. Se trata de no abdicar del proceso interior. De sostener la duda, defender el silencio y preservar ese espacio donde nace lo original.
La gran diferencia es esta: mientras la máquina crea lo probable con lo que ya existe, el cerebro crea lo improbable con lo que aún no existe.
En mi trilogía las máquinas buscan ser iguales a los humanos. En ese futuro (2058-2063) logran casi todo, son superiores en conocimiento, velocidad y predicción. Sin embargo, todavía buscan alcanzar el nivel de la creatividad humana, la virtud más preciada que nos regaló el Creador.
abril 04, 2026
La nueva prisión sin rejas
Hasta hace poco, el peor enemigo de nuestra libertad era visible y estridente. El régimen que censuraba, el patrón que explotaba, el juez que encarcelaba. Sabíamos contra quién defendernos.
Hoy la amenaza es invisible y silenciosa. No apunta a nuestros gestos, voces o movimientos, sino a la mente y atrofiar nuestra voluntad. La retención mental inducida por estímulos de dopamina se ha convertido en una de las formas más eficaces de dominación.
Las plataformas digitales —redes sociales, algoritmos de recomendación, inteligencia artificial— ya no necesitan prohibir lo que pensamos. Hacen algo más sofisticado. Influyen en qué pensamos, cuánto tiempo lo hacemos y nos dificultan salir de sus cárceles de atención. Cada notificación, cada scroll, cada video que comienza automáticamente responde a sistemas diseñados para anticipar y moldear nuestra conducta.
En esta época en que la dopamina reemplazó a las cadenas, escapar de esta prisión sin rejas se vuelve más difícil.
Los tribunales han comenzado a reconocerlo. Recientes decisiones judiciales en Estados Unidos contra Meta y YouTube, en casos en California y Nuevo México, marcaron un giro relevante. Por primera vez, el foco no estuvo en el contenido de las plataformas, sino en su diseño. Los jueces entendieron que la captura de la atención no es un efecto colateral, sino el núcleo del modelo de negocio, construido sobre la explotación de vulnerabilidades neurológicas, especialmente en menores.
Lo que los jueces pusieron en el banquillo es la soberanía de la atención, el derecho a decidir, sin interferencias manipulativas, qué pensamos y hacia dónde dirigimos nuestro foco mental. Cuando esos derechos se erosionan, también se corroe el criterio, la percepción de la verdad y la capacidad de elegir con libertad.
En este contexto, el avance de los neuroderechos no es casual. La UNESCO advierte que las neurotecnologías pueden acceder e influir en procesos mentales y llama a crear nuevos marcos para proteger la autonomía cognitiva. La OEA va más lejos al afirmar que la actividad neuronal forma parte de la identidad personal, un derecho humano, y que no puede ser objeto de manipulación.
Estos derechos serán cada vez más centrales. No porque las plataformas busquen deliberadamente controlar la mente, sino porque su modelo de negocio depende de capturar la atención y convertirla en ingreso y ganancias. Lamentablemente, el incentivo económico termina produciendo el mismo efecto de manipulación, una interferencia constante sobre la libertad interior.
Más allá de regular, lo que se necesita es más comprensión y conciencia. La alfabetización mediática y digital es un frente de batalla ineludible. Entender cómo funcionan los mecanismos de recompensa del cerebro y cómo se moldea la conducta sin que lo advirtamos es parte de la defensa.
Además de regulaciones, lo que se necesitan es ciudadanos conscientes. Nuestra libertad depende de cómo podemos evitar o escapar de esta cárcel sin rejas.
marzo 28, 2026
La paradoja ética entre el Periodismo y la IA
Las máquinas operan como cajas negras entrenadas con datos que se desconocen y cargadas de sesgos que muchas veces ni sus propios creadores pueden explicar del todo. Y, sin embargo, cada vez participan más en la producción de información que impacta la vida pública.
En charlas recientes con estudiantes de periodismo en la Universidad Anáhuac de México y la Andrés Bello de Venezuela, insistí en un principio: cuanto más poderosa es la herramienta, mayor debe ser la responsabilidad moral del periodista.
marzo 22, 2026
Medios, internet e IA, una asimetría letal
Ahora emerge algo más profundo y silencioso. Internet y la inteligencia artificial han empezado a operar como un solo sistema. “Raspan” contenido de los medios, lo procesan y lo devuelven convertido en resúmenes que presentan como propios. La información queda atrapada en un jardín amurallado y las grandes plataformas concentran la atención, el tráfico y el negocio, dejando fuera del circuito a los medios, los verdaderos creadores. Se trata de un robo de contenidos a escala industrial.
Hace tiempo que los medios y sus asociaciones denuncian este maltrato, pero las tecnológicas responden con "ethic washing", migajas y acuerdos que se parecen más a obras de caridad que a verdaderos contratos comerciales.
marzo 15, 2026
Inteligencia artificial: el aula sin maestro
El mundo de las empresas de inteligencia artificial se parece a un aula cuando el maestro se ausenta. Sin autoridad presente, todos gritan a la vez y compiten para ver quién provoca más desorden.
En un ecosistema sin vigilancia ni frenos éticos
o regulatorios, las compañías tecnológicas aceleran por miedo a quedarse atrás
de la competencia. En esta carrera, el afán de dominio y el lucro mandan por
encima de nuestro bienestar como usuarios.
Mientras las empresas juegan, quedamos a merced
de sus “cajas negras”. Ignoramos cómo operan sus sistemas y si utilizan
nuestros datos para conducirnos por caminos que nunca elegimos libremente.
La gran paradoja de nuestro tiempo es que la IA
se nutre de la creatividad humana. Sin nuestro ingenio, estas máquinas serían
cáscaras vacías. Bajo el mantra del progreso, la industria ha normalizado el
mayor saqueo de propiedad intelectual de la historia, absorbiendo contenidos
periodísticos, literarios, científicos y académicos. Sin esa apropiación
masiva, estas compañías difícilmente habrían alcanzado su éxito ni sus
valuaciones multimillonarias.
La lógica económica recuerda a la vieja fiebre
del oro, aunque con una diferencia crucial. En el siglo XIX cualquiera con una
batea podía probar suerte en un río. En la fiebre actual, las minas pertenecen
a un puñado de gigantes que, tras amasar fortunas en la era del internet
abierto, ahora explotan este nuevo filón en régimen casi monopólico.
Hasta hace poco el negocio de la IA marchaba
sobre ruedas porque la batalla se libraba sobre todo a nivel cultural. Pero la
geopolítica ha metido un palo entre las ruedas. Al abrir sus modelos a agencias
de inteligencia y defensa, las tecnológicas han cruzado sus propias líneas
rojas. Hoy la IA se utiliza para identificar objetivos militares, detectar
migración irregular y, combinada con herramientas como Pegasus, espiar a
periodistas y activistas. Estamos ante sistemas de vigilancia masiva y
manipulación cognitiva donde la supervisión humana es cada vez más difusa.
En esta aula sin supervisión, algunas empresas
intentan levantar tímidas murallas de contención. OpenAI busca reforzar la
honestidad factual de sus modelos para reducir errores y alucinaciones,
mientras Anthropic promueve una “IA Constitucional” que intenta integrar
principios éticos en el código y ha resistido presiones del Pentágono para su
uso militar. Otras compañías experimentan con auditorías externas y marcos de
gobernanza para anticipar riesgos antes de que la tecnología llegue al público.
Las intenciones pueden ser buenas, pero el
problema es la velocidad. Estas iniciativas avanzan con una lentitud inoperante
frente a la aceleración tecnológica que las propias empresas impulsan. Se trata
de una contradicción evidente entre los principios que proclaman y la urgencia
con la que lanzan nuevos modelos al mercado. Mientras la ética y la regulación
requieren reflexión y tiempo, el negocio de la IA solo sabe acelerar, dejando
cualquier intento de contención como un adorno en una carrera sin frenos.
Desde afuera, los esfuerzos por imponer orden
también se multiplican, aunque a un ritmo peligrosamente lento. Universidades
como Oxford, MIT o Stanford advierten que no bastan los parches técnicos. Lo
mismo señalan organismos como la UNESCO, la OCDE o el G7, que han trazado
marcos éticos para proteger derechos fundamentales. Pero la burocracia
institucional está lejos de competir con la agilidad del silicio.
Esa discordancia es peligrosa. Si la industria
persiste en su mala conducta de estudiante sin supervisión, tarde o temprano
chocará con regulaciones draconianas. En su afán por proteger derechos
fundamentales, los gobiernos podrían reaccionar con marcos legales tan rígidos
que terminen asfixiando la innovación.
Pasar del libertinaje a la madurez exige que la
responsabilidad social vuelva al centro del debate. De lo contrario, el maestro
llegará tarde… y lo hará con un castigo que nadie quiere recibir.
marzo 08, 2026
La IA y el “destape” creativo
Cada tecnología que expande nuestras capacidades suele recorrer un mismo ciclo. Primero la fascinación, luego el exceso y, con el tiempo, el aprendizaje que conduce a un equilibrio más responsable. Con la IA parece que estamos en esa fase de fascinación y exceso, donde la rapidez y la eliminación de los límites técnicos generan una ilusión de omnipotencia.
Algo parecido ocurrió tras muchas dictaduras. Después de años de prohibiciones absurdas, desde la barba y el pelo largo hasta las minifaldas, llegó una época de “destape” en la que se exploró lo erótico, lo transgresor y también lo ilegal sin demasiado freno. Es la etapa del libertinaje que suele preceder a la libertad, cuando se asumen con mayor consciencia los límites y las responsabilidades.
Con la IA parece estar ocurriendo algo similar. Vivimos un momento de “vale todo”, en el que crear imágenes, voces o escenas ficticias se ha vuelto trivial y donde muchas veces dejamos de preguntarnos si lo que circula es verdadero o falso.
Los ejemplos abundan. Desde el papa Francisco con un abrigo de Balenciaga hasta Aitana López, la influencer española que nunca existió. Más recientemente apareció Xenia Monet, una cantante cuya voz mezcla matices de Beyoncé, Mariah Carey y Whitney Houston y que llegó a las listas de Billboard mientras su creadora en Misisipi firma contratos millonarios. O la pelea viral entre Brad Pitt y Tom Cruise, digna de una superproducción de Hollywood, creada con Seedance 2.0, una herramienta de IA vinculada a TikTok.
Las protestas de artistas y productores no tardaron en llegar. Denunciaron que la creatividad artificial suplanta a la humana y temieron por el impacto laboral en sus industrias. Pero ese reclamo corporativo pasa por alto algo inquietante. Al público parece importarle cada vez menos si lo que consume es real o generado.
El problema, en realidad, es más profundo. No tiene que ver con la “creatividad” de la máquina, sino con la posible atrofia de nuestra propia agencia cuando delegamos el pensamiento en algoritmos, con la normalización de la mentira en una época saturada de desinformación y con la erosión gradual de la confianza pública.
Conviene, además, exonerar a la máquina de parte de esta discusión. Quien creó a Xenia Monet o la pelea entre Pitt y Cruise no escribió un simple prompt y listo. Como en cualquier proceso creativo, hubo ensayo, prueba, error y ajustes constantes hasta acercarse a lo imaginado.
La IA es simplemente la última herramienta en una larga cadena de instrumentos que los humanos hemos utilizado para ampliar nuestras capacidades. Nuestros antepasados usaron piedras para producir fuego, mezclaron minerales para inventar metales o manipularon microorganismos para crear antibióticos.
El libertinaje creativo actual se explica en buena medida por un desfase evidente. La tecnología avanzó mucho más rápido que los legisladores, educadores y pensadores encargados de construir los marcos éticos y legales. Sin esas referencias, distinguir entre lo aceptable y lo abusivo se vuelve cada vez más difícil.
De ahí que el debate ético haya comenzado a ocupar espacio en universidades y foros internacionales. Organizaciones como la UNESCO impulsan marcos para el uso responsable de la inteligencia artificial, mientras muchas universidades han incorporado estos dilemas a sus programas de estudio. En Estados Unidos incluso se celebran jornadas como la “Ethics Week”, donde estudiantes y profesores debaten cómo preservar valores como la verdad y la libertad frente a la fascinación tecnológica y qué partes de nuestra humanidad no estamos dispuestos a delegar en las máquinas.
Pasar del libertinaje a la madurez creativa implica asumir el control consciente de la herramienta. La IA puede generar el lienzo, el color o la melodía a una velocidad inédita, pero el propósito, el significado y la verdad que transmiten esas obras siguen siendo responsabilidad humana. Con el tiempo, a medida que la sociedad se familiarice con estas tecnologías, es probable que emerja un mayor equilibrio en el que la IA amplíe nuestras capacidades sin reemplazar el juicio ni el pensamiento crítico.
En el próximo artículo abordaré el peligroso libertinaje de las empresas creadoras de IA.
febrero 28, 2026
Los medios juegan a la ruleta rusa de la desconfianza (post 4)
Cristo fue el único que predijo el futuro con acierto. No le creyeron y lo mataron. Nostradamus y George Orwell tuvieron algunos aciertos. Stephen Hawking, ya veremos. Predecir el futuro nunca fue destreza humana, y mucho menos negocio de los medios de comunicación. Hasta ahora.
Contra todos los
pronósticos, los medios se están metiendo en el terreno resbaladizo de las
predicciones y las apuestas. Tanto The Wall Street Journal como CNN, ESPN, Fox
Sports o la cadena Globo en Brasil invitan a sus usuarios a entrar en un amplio
casino donde noticias y pálpitos se confunden. ¿Qué película ganará el Oscar?
¿Cuánto durará la guerra contra Irán? ¿Quién ganará el Mundial? ¿Cuál será la
inflación a fin de año?
Hasta hace poco, el
periodismo intentaba anticipar el futuro con tendencias, análisis y datos.
Ahora, empujado por la urgencia de monetizar tras haber perdido buena parte de
su publicidad en internet, se adentra en el mundo de las apuestas. Las noticias
aparecen integradas con códigos QR, gráficos de proyección y un botón que
empuja al usuario a apostar sobre el desenlace de lo que acaba de leer.
Sin debate ético
amplio en la industria, se ha debilitado la regla de oro del periodismo: la
distancia. Durante décadas, el valor de un medio residía en su independencia,
en informar sin ser parte del negocio que cubría. Al sellar alianzas con
plataformas de predicción y apuestas como Polymarket, Kalshi o Bet, el medio
deja de ser solo observador para convertirse en facilitador de apuestas, a
cambio de una comisión por cada usuario que deriva a ese mercado.
Si la rentabilidad
depende del volumen apostado sobre un evento, el rigor informativo queda bajo
sospecha, o al menos su apariencia, que es donde se sostiene la confianza.
Cuando dramatizar una noticia puede aumentar las apuestas, la tentación es
evidente. El riesgo es que la información empiece a tratarse como un activo
financiero.
No es la primera vez
que el dinero erosiona la independencia. La publicidad estatal fue siempre un
hierro caliente, usado por gobiernos para presionar líneas editoriales. Luego
vinieron los vinos, las enciclopedias y las promociones. Más tarde el contenido
patrocinado y los foros que los propios medios cubren con indulgencia. La
frontera se fue moviendo. Pero nunca se había visto un cruce tan directo hacia
el negocio que se informa.
Estas alianzas con
plataformas de apuestas abren una caja de Pandora. ¿Puede un medio cubrir con
plena autonomía el debate sobre la expansión del juego o la regulación de un
casino en su comunidad? ¿Qué ocurrirá cuando la línea editorial afecte
directamente a su socio comercial?
El conflicto puede no
ser explícito, pero el lector lo percibe. Cuando la información se convierte en
insumo de un mercado de predicciones, la lógica cambia. El medio no controla
los hechos, pero sí el clima que los rodea. Y si obtiene ingresos de ese mercado,
la independencia deja de ser un principio y pasa a ser una variable de negocio.
La sostenibilidad de
los medios es esencial para la democracia. Pero la forma de alcanzarla define
su credibilidad. Al mezclar información con apuestas, los medios juegan a la
ruleta rusa. La única bala en el tambor es su independencia. Si la disparan, no
quedará nada que sostenga la confianza. Y sin confianza, no hay negocio que
sobreviva.
febrero 21, 2026
El activismo periodístico: una herida autoinfligida (post 3)
febrero 13, 2026
“Algo bueno, por favor, algo bueno” (post II)
La escena retrata lo que muchas personas sienten. Las noticias se han vuelto tóxicas. Violencia, escándalo, conflicto, confrontación, indignación permanente. El cansancio frente a ese bombardeo se ha transformado en distancia, y esa distancia en desconfianza.
Gallup sitúa la confianza en los medios en solo 28 %. El Reuters Institute documenta que el 40 % evita las noticias para proteger su ánimo, porque les generan estrés o frustración, algo que coincide con lo que señalan varios estudios biológicos y con lo que la Asociación Estadounidense de Psicología denomina news stress. Ante una exposición prolongada, el organismo opta por permanecer en alerta constante o por desconectarse emocionalmente. Ambas son formas de autoprotección frente a una sensación continua de amenaza.
Durante más de treinta años en Miami he visto repetirse un mismo formato de noticiero televisivo con tragedias, accidentes y escándalos. Tal vez una fórmula eficaz para sostener audiencia y facturación, aunque dudo que haya generado confianza. En mi caso, más de una vez me cuestioné si había elegido bien al emigrar con mi familia.
Entiendo, como gran parte del público, que el periodismo tiene un papel incómodo. Mostrar problemas, exponer fallas y señalar lo que no funciona es parte de su función social. Pero lo que se percibe como tóxico es que toda la realidad se presente como un contraste en blanco y negro, hasta que el debate público termina pareciéndose al conflicto político que cubrimos.
Ahí quedamos atrapados periodistas y ciudadanos. Informar sobre el problema es necesario. Vivir permanentemente dentro del problema desgasta.
A veces los periodistas atribuimos la desconfianza a la polarización, a la estigmatización de la profesión, a las redes sociales o a la inteligencia artificial. Todos influyen. Pero no explican todo.
En las redacciones se ensayan múltiples estrategias para retener audiencias: ajustar contenidos, optimizar formatos, apoyarse en tecnología. Hace unos días respondí una encuesta de un medio al que estoy suscrito. Me preguntaron por qué lo elijo, qué consumo y si renovaría. No me preguntaron si percibo sesgo, si el contenido está más pensado para los algoritmos que para el lector, o si confío en su cobertura. Midieron mi fidelidad comercial, pero no mi confianza.
Ahí aparece una cierta miopía. Suscribirse no implica adhesión automática, del mismo modo que nacionalizarse en un país no impide reconocer sus debilidades. Cuando las métricas se convierten en brújula principal, se corre el riesgo de confundir volumen con confianza. Más suscriptores no implican validación plena del criterio editorial.
La confianza pertenece a otra dimensión. Es cualitativa. Se consolida cuando el lector percibe respeto intelectual, equilibrio y profundidad; cuando advierte que el criterio editorial no deriva en activismo y que existe disposición a mostrar matices, incluso en quienes el medio suele cuestionar. Y, sobre todo, cuando la independencia frente al poder político y económico es práctica visible y no eslogan.
Cuando la realidad se presenta con sus grises y no como un campo dividido en bandos, el lector deja de sentirse cifra o reacción ocasional frente a una elección o una catástrofe. Parte de la confianza se reconstruye cuando el ciudadano se siente sujeto activo y no accesorio dramático o estadístico.
El tema es complejo. No existe una bala de plata para revertir una desconfianza creciente. Las recomendaciones son conocidas: más transparencia, correcciones visibles, clara separación entre información y opinión y mayor periodismo de servicio.
Y creo que la audiencia no pide menos rigor, sino menos estridencia y más comprensión, más contexto y más utilidad práctica para su vida. Ahí es donde grita más fuerte el “algo bueno, por favor” de El Roto.
febrero 05, 2026
La verdad sin neutralidad resta libertad (post1):
Esta es la primera de una serie de reflexiones sobre la verdad periodística. Nace de una preocupación que se ha ido acentuando con los años al escuchar, en foros, seminarios y debates públicos, a periodistas y directores de medios hablar de la verdad con un tono que roza el marketing. Se la invoca como sello de calidad y como rasgo distintivo frente a otros medios, las redes sociales o la inteligencia artificial.
En periodismo solemos afirmar que la verdad
periodística, basada en la verificación, el contraste de fuentes y la
responsabilidad pública, es suficiente para neutralizar un mundo de postverdad
construido sobre mentiras, desinformación y teorías conspirativas. Nuestra
verdad, se repite, sería el antídoto para frenar la polarización, salvar la
democracia y recomponer el vínculo y la confianza con la sociedad.
Durante mucho tiempo dimos por sentado que decir la
verdad alcanzaba. Esa convicción es incompleta y necesita una revisión honesta.
Desde que pisé por primera vez una sala de redacción
me acompaña una incomodidad persistente. La sensación de que los periodistas y
los medios hablamos mucho de la ética de los otros, pero poco de la propia.
Defendemos con razón la verdad frente a la mentira, pero rara vez nos detenemos
a pensar cómo contamos esa verdad y qué efecto tiene esa forma de contarla en
la libertad del lector.
La manera en que vemos y narramos la realidad se apoya
en la libertad de prensa. De allí surgen el criterio editorial, la pluralidad
de miradas y la diversidad de medios, todas legítimas. Pero es la libertad de
expresión la que debe guiar ese ejercicio, porque es la que le permite al
lector pensar la verdad con criterio propio.
Solemos
ampararnos en que nuestra verdad responde a un criterio editorial, al ADN del
medio. Eso es válido. Ningún medio observa la realidad desde el vacío. El
problema aparece cuando ese criterio deja de ordenar los hechos y empieza a
conducirlos. Cuando los hechos se ajustan a una idea previa de cómo deben ser
contados, la verdad deja de abrirse al lector y se le entrega ya interpretada.
Una verdad con sesgo no necesita mentir. Le basta con
seleccionar, enfatizar, omitir o adjetivar. Los datos pueden ser correctos,
pero la mirada ya no es limpia. La emoción se impone sobre la comprensión y el
camino del juicio propio del lector queda cerrado de antemano.
Sin neutralidad, la verdad informa, pero reduce la
libertad o, lo que es peor, no construye ciudadanos libres.
La neutralidad no es ingenuidad ni renuncia al
criterio editorial. Es una práctica profesional exigente. Supone disciplina y
contención. Implica resistir el impulso de empujar al otro hacia una conclusión
y dejar espacio para que el lector piense, dude y decida.
Esta convicción me llevó a publicar en 1993 La
dolorosa libertad de prensa. En busca de una ética perdida. Allí señalaba mi
preocupación por la ausencia de autocrítica y de una conversación sostenida
sobre ética profesional que nos debemos los periodistas.
La preocupación sigue abierta. En esta era es
necesario debatir cómo sostener un criterio editorial sin perder neutralidad. En
especial, cómo contar la realidad sin quitarle al lector la libertad de
pensarla por sí mismo.
enero 31, 2026
Presos políticos y las cosas por su nombre
Ayer fue un día importante para la democracia y los derechos humanos en América Latina. Tras 27 años, el régimen chavista decretó la liberación de todos los presos políticos.
Varios medios
presentaron la noticia como un gesto de buena voluntad del nuevo gobierno que
encabeza Delcy Rodríguez. Se sostuvo incluso que el decreto había sido firmado
por Nicolás Maduro antes de su captura el 3 de enero, en un intento por
preservar la reputación del líder en desgracia. Otros, con un persistente
romanticismo hacia la izquierda, volvieron a salvar la figura de Hugo Chávez y
a endilgar exclusivamente a Maduro los atropellos a los derechos humanos del
chavismo.
Ese relato omite un
dato esencial. Fue Chávez quien, desde 1999, instauró el andamiaje político,
institucional y represivo que hizo posible todo lo que vino después. Culpar
solo a Maduro es tan falaz como responsabilizar a Díaz-Canel del fracaso de
Cuba para exonerar a Fidel Castro y a su hermano.
Hay dos cosas que no
conviene perder de vista. La liberación de los presos políticos es una
exigencia reiterada de la oposición venezolana y de la comunidad internacional.
Pero, sobre todo, es una respuesta directa a lo ocurrido el 3 de enero y al
tutelaje efectivo que Estados Unidos ejerce sobre Venezuela desde entonces.
Que no nos guste
Donald Trump, o que nos incomode el intervencionismo estadounidense, es una
cosa. Ignorar que esta liberación no habría ocurrido sin la presión del
gobierno de Estados Unidos es otra muy distinta. Como también lo es pasar por
alto que el chavismo, en apenas tres días, avanzó en la privatización del
sector petrolero del que se aferró durante décadas para generar corrupción y proyectar
su modelo de control político a otros países.
enero 28, 2026
Davos y CAF: paralelismo entre ficción y realidad
A medida que escribo el segundo libro de la trilogía Robots con Alma, avanzo en paralelo con una serie de ensayos de no ficción. Ese trabajo me permite explorar, aprender y contrastar el mundo narrativo que proyecto hacia el futuro, donde humanos y seres artificiales conviven en condiciones de igualdad.
En el reciente World Economic Forum de Davos, las
conversaciones y diagnósticos me confirmaron
que los cuatro pilares de mi ficción —verdad, libertad, bondad y creatividad—
atraviesan de lleno los debates del presente y permiten interpretar con mayor
claridad la realidad que habitamos.
En informes y
discursos del foro aparecieron con nitidez los conflictos actuales y futuros.
La desinformación y la mentira fueron señaladas como amenazas directas a la
Verdad. La erosión de la democracia y del orden global, impulsada por
liderazgos mesiánicos, volvió a poner en cuestión la Libertad. El
debilitamiento del multilateralismo y el aumento de la desigualdad fueron
leídos como una negación de la Bondad. Y, en relación con la Creatividad,
surgieron fuertes reproches a una innovación acelerada de la inteligencia
artificial, con el riesgo de derivar en un futuro tecnológicamente brillante,
pero éticamente vacío.
Creo que estas mismas
conversaciones orbitarán en torno a esas cuatro grandes áreas del pensamiento
en el foro económico que en estos días celebra la CAF, el Banco de Desarrollo de América Latina y
el Caribe, en Panamá.
Estas conferencias
muestran que hoy existe más claridad que antes sobre lo que no deberíamos
tolerar. La mentira sistemática, la coacción y la censura, la desigualdad
naturalizada o una creatividad tecnológica celebrada sin preguntarnos para qué
ni cómo crea. El diagnóstico es más nítido que en el pasado. Lo que aún faltan
son líneas de acción y soluciones capaces de poner a prueba, en la práctica,
los marcos con los que pensamos el poder, la tecnología y lo humano.
La independencia se financia
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