noviembre 01, 2026

Investigar al poder más que a confrontarlo


Les comparto una entrevista que me hizo el periodista y director de la revista Crónica de Guatemala, Gonzalo Marroquín, publicada ayer 31 de octubre de 2026.




En momentos en que la prensa enfrenta grandes retos a nivel global, una voz con experiencia ubica a la profesión del periodismo en su momento actual y Ricardo Trotti, un experto en el tema, mira las oportunidades que se presentan.  En esencia, habla de preservar la profesión haciendo más y mejor periodismo.

Gonzalo Marroquín Godoy

Para entender lo que está sucediendo en el mundo de la prensa, lo mejor es conversar con un experto en el tema.  Ricardo Trotti fue director ejecutivo de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), y un ferviente defensor de la Libertad de expresión en todas las Américas.

Por esa razón, Crónica ha conversado con él y estas son sus respuestas a nuestras interrogantes.

A finales del siglo XX, la prensa no esperaba cambios tan radicales, aún con el inicio de la era tecnológica. ¿Cree que el balance de esa nueva tecnología –internet, redes sociales y ahora la IA– ha sido más negativo que positivo?: Hasta el momento, el balance es deficitario, a pesar de que la tecnología ha sido y sigue siendo una herramienta necesaria para los medios. Desde finales del siglo XX, con la llegada de internet, la tecnología ha ido erosionando paulatinamente las bases económicas del periodismo. Primero, devoró el modelo publicitario; luego, las redes sociales convirtieron la atención en una «prisión sin rejas» basada en algoritmos que premian la indignación; y hoy, la inteligencia artificial amenaza con completar la expropiación del trabajo intelectual raspando contenidos sin pagar por ellos.

El problema es que las empresas tecnológicas ya no usan la tecnología como una herramienta, se han apropiado de sus fines y operan como una nueva competencia desleal para el periodismo, porque controlan la distribución del mensaje y los sesgos de las audiencias, y lo hacen sin los controles, regulaciones ni límites morales que el periodismo tiene y debe preservar.

Algunos analistas del periodismo dicen que la prensa se equivocó al considerar inicialmente como un “gran aliado” a las redes sociales que, con el tiempo se convirtieron en el vehículo ideal para la desinformación… ¿Esas plataformas de redes sociales ayudan o perjudican la prensa?: Fue un error estratégico considerar aliadas a estas plataformas que operan bajo sus propias reglas, saltándose las que rigen a las demás empresas, incluidos los medios. Las empresas de internet, redes sociales y ahora de IA prometieron una distribución global, pero terminaron erigiéndose en nuevos censores y propietarios de la información que ordenan, sintetizan y empaquetan como propia. Encerraron al público en «jardines amurallados» y priorizaron algoritmos diseñados para explotar emociones como la rabia y el miedo, porque la confrontación y la polarización retienen la atención. Todavía vemos, como en las elecciones de este domingo en Brasil y en las que se avecinan en EEUU, como la tecnología es usada para manipular la conciencia colectiva.

El internet y las nuevas tecnologías de comunicación cambiaron también el mundo de la publicidad, y con ello, golpearon a la industria de periódicos (impresos), que primero tuvieron que recortar sus redacciones y muchos se han visto obligados a cerrar por falta de recursos. ¿Tienen futuro los periódicos?: El papel, como soporte físico, enfrenta una contracción inevitable; es un modelo casi agotado que, tarde o temprano, dejará de existir como medio de comunicación. Pero el periodismo, en cambio, tiene un futuro indispensable, cada vez más necesario, como lo ha demostrado la influencia de la radio desde siempre. No podemos ahora lamentar el error estratégico de haber depositado la confianza en las promesas que las plataformas hicieron a los medios, con modelos de negocio basados en la publicidad programática o en el click. Para mí, lo peor de todo esto es que los medios, que siempre fueron líderes, terminaron por correr detrás de las empresas tecnológicas que están en otra carrera, muy distinta de la que rige la cultura del periodismo.
La lección es cara. Los medios todavía están pagando un alto precio por haber creído en esas bondades.
El futuro radica en volver a encontrar las herramientas que siempre hicieron necesario el periodismo, entre ellas, la independencia del poder, en este caso, el económico, como lo representan estas empresas tecnológicas, convertidas ya en un poder político y social de relevancia.

No es noticia nueva, pero el acoso de gobiernos autoritarios –más allá de las dictaduras– muestran una tendencia a perseguir periodistas y medios independientes en todas las Américas para silenciarlos por la vía judicial. Además, constantemente desacreditan la profesión y a los medios, causando dudas sobre su credibilidad. ¿Cómo se puede defender la prensa frente a los poderes del Estado?: El riesgo de la hostilidad oficial es que opera por efecto acumulativo y por contagio. La estigmatización, además de incentivar la violencia física, activa el acoso judicial mediante «demandas SLAPP», querellas millonarias diseñadas por políticos y funcionarios para disciplinar al periodismo y forzar su autocensura.

Es difícil luchar contra esto porque los medios tienen recursos limitados y su atención se centra en la defensa de la democracia. Entonces, el periodismo debe responder documentando los atropellos, identificando patrones y escalando las denuncias a las organizaciones pertinentes para elevar el costo político de atacar a la prensa. El periodismo no debe gastar energías en defenderse ni responder al insulto con agravios; debe investigar más al poder.
Recientemente, Trotti recibió un reconocimiento en la universidad de Columbia (EEUU), por su trayectoria en defensa de la libertad de prensa en el hemisferioi.
El caso Watergate, que se destapó con información de los periódicos más importantes de EEUU, ¿es algo que ya no veremos más?:Seguiremos viendo grandes investigaciones del tipo Watergate, pero su metodología ha cambiado. Antes, la investigación consistía en revisar físicamente miles de carpetas polvorientas. Hoy, como se demostró con los Panama Papers, el LavaJato o erl FIFAgate, el periodista utiliza la tecnología para procesar millones de documentos filtrados. Quizás el mayor reto de estos tiempos, ante el avance de la desinformación y de los algoritmos cargados de sesgos, es la prueba de la verdad. Una parte del público, pese a las evidencias, seguirá ignorando o, al menos, sospechando de la verdad. El grave problema es que, debido a la crisis de sostenibilidad provocada por las tecnológicas, hay cada vez menos medios con los recursos físicos y económicos necesarios para realizar investigaciones de gran envergadura. El modelo Watergate puede estar agotado, pero el modelo de periodismo transnacional e intermedios tiene grandes oportunidades.
Dicen que las noticias falsas (fake news) corren siete veces más rápido que las noticias verdaderas de los medios serios. ¿Se puede luchar contra esto?: Antes de luchar, hay que comprender las reglas del juego y que, en este campo, estamos en desventaja. Primero, la verdad es compleja, ya que requiere verificación y tiempo; y segundo, la falsedad explota las vulnerabilidades emocionales y resulta adictiva, máxime con los sesgos que impulsan los algoritmos. Pero esta asimetría es lo que vuelve al periodismo más necesario y relevante que nunca, así que diría que estamos ante una gran oportunidad. La verdad siempre ha sido la materia prima del periodismo, y es esta la que le otorga una ventaja competitiva y comparativa frente a las demás disciplinas.Es decir, los principios tradicionales son la salvaguarda de nuestra profesión.

¿Qué debería hacer la prensa y las organizaciones de prensa para contrarrestar esta situación y volver a calar en la mente de la opinión pública como “los que verdaderamente informan” ?: La credibilidad y la confianza no son automáticas; se construyen con mucho esfuerzo, día a día. Hay que rescatar como prioritarios los principios fundamentales formulados hace más de un siglo por Walter Lippmann, entre ellos la rigurosidad por la verdad y la exactitud y, agregaría en esta época de desconfianza masiva, un alto sentido de la transparencia.

Las alianzas y la solidaridad entre los medios y entre las organizaciones de prensa son más útiles que nunca, ya sea para contrarrestar los ataques del poder, distribuir información o negociar con más fuerza con las plataformas.

Ahora retirado de las actividades al frente de la SIP, Trotti sigue escribiendo una columna, pero además desarrolla su arte: pinta y escribe… En la gráfica una de sus pinturas de la serie «Flores»…

Uno de tus campos de investigación ha sido la IA. Ahora se habla mucho de “aprovecharla”. ¿Qué riesgos y oportunidades hay para el periodismo moderno?

La gran oportunidad es que el periodista evolucione de ser un mero redactor de tareas rutinarias a convertirse en un director de IA. La IA puede liberar el trabajo mecánico, ya sea transcribir, procesar volúmenes masivos de datos, para devolvernos a lo esencial: pensar, investigar y fiscalizar. Lo que no se puede hacer es delegar la responsabilidad en la IA. La supervisión debe ser siempre humana, porque la IA no tiene prestigio ni credibilidad que perder.

Para los medios, hay que distinguir entre lo que la IA aporta y lo que perjudica; son dos caminos distintos. La tecnología puede ayudar a los medios a crear modelos de negocio sostenibles…

Se habla también del uso que hace la IA de los contenidos de los diarios sin pagar nada a cambio. ¿Qué puede pasar con esto? No es fácil pensar que vayan a prosperar demandas contra los gigantes de la IA.: Justamente estamos presenciando el robo de contenidos a escala industrial y la inversión de la cadena de valor. Los medios invierten millones en investigaciones y verificación en el terreno; luego, los motores de IA «raspan» esa información, la sintetizan en «resúmenes” con cero clics y retienen al usuario en sus plataformas sin derivar tráfico ni compensar a la fuente. Chartbeat y la Fundación Reuters acusan de que el tráfico hacia los medios cayó, en promedio, un 43% a nivel global en el último año.

Las demandas individuales de los medios contra las plataformas pueden prosperar, pero serán una gota en el desierto. Creo más bien en la solidaridad de los medios y las asociaciones como la única forma de ejercer presión sobre los gobiernos, para que obliguen a las plataformas a sentarse a la mesa de negociación. Hay ejemplos claros, como Australia, Canadá, Francia y España, en los que las demandas colectivas han tenido un efecto positivo para los medios.

Confío en que la coalición SPUR, que se originó en Inglaterra y hoy ya cuenta con la SIP y otras organizaciones nacionales de América Latina, es el camino correcto. Las plataformas responden a la presión, y SPUR es una forma de ejercerla.

Ahora se olvida lo que la prensa ha sido para la democracia y las libertades de las personas… ¿qué le dirías sobre este tema a un crítico de la prensa hoy en día?: La prensa libre es sinónimo de libre empresa y de que no existen mercado ni democracia que funcionen sin un periodismo independiente que fiscalice el poder. La prensa es un sistema imperfecto, pero es el único mecanismo de defensa de la sociedad frente a la corrupción y el autoritarismo.

Hay que invertir el sentido de la pregunta. ¿Qué pasaría si desapareciera la prensa independiente? ¿Quién auditará las licitaciones públicas de una comunidad? ¿Quién denunciará los abusos de las fuerzas de seguridad o el desvío de fondos en la salud pública?

Los mismos magnates tecnológicos que hacen lobby para oponerse a las regulaciones y que desconocen la propiedad intelectual de los medios necesitan de una prensa libre para que sus propios contratos y sus propiedades se respeten.

Los medios son indispensables para el equilibrio democrático.

¿Sustituirán los “influencers” a los periodistas, aunque su información no pase por un riguroso proceso de verificación?: Los influencers no los sustituirán, solo conviven con los periodistas en el terreno del entretenimiento, la divulgación informal y la captación de la atención.

Los datos del Digital News Report del Reuters Institute muestran cómo figuras del pódcast o de TikTok captan grandes audiencias y cómo los políticos populistas los prefieren porque no les hacen preguntas incómodas.

Un influencer vive de la complacencia de su comunidad, de la monetización de su marca personal y del estímulo emocional. El periodista, en cambio, vive del rigor, de la incomodidad frente al poder y de someter cada dato a un protocolo de verificación y de responsabilidad legal.

No se puede comparar el valor que cada uno tiene en la sociedad.

12. ¿Qué le dirías a los periodistas de un diario hoy en día… cuál debe ser su actitud ante las embestidas de los gobernantes, el desprestigio en redes sociales y la desinformación imperante?

Los periodistas deben abrazar los valores tradicionales e insustituibles del periodismo y actuar y responder con responsabilidad ética.

Los periodistas no deben dejarse arrastrar al fango político de la provocación y deben responder con más periodismo.

Frente al desprestigio en redes sociales, no deben competir en la carrera de la agresividad ni del clickbait. No deben convertirse en activistas, deben seguir ejerciendo como periodistas, porque en estos dos campos hay tanta distancia como la que existe entre el influencer y el periodista.

octubre 25, 2026

La vigencia de la frase "!por qué no te callas!"


Por la ironía o por su franqueza y, en especial, porque resumieron el sentir universal, hay frases que marcaron época y quedaron en la memoria colectiva.

 

Todos recordamos a quienes las dijeron sin necesidad de nombrar al protagonista, así como el momento y el contexto en que fueron pronunciadas. La lista es larga, pero algunas de ellas siguen haciendo historia: “I have a dream”, “es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad”, “aquí huele a azufre”, “Andá pa' allá, bobo”, “es la economía, estúpido”, “comes y te vas” y “señor Gorbachov, derribe este muro”, entre otras.

 

Una de las más célebres es la de “¡por qué no te callas!”, del exrey español Juan Carlos, que sirvió para silenciar la diatriba retórica de Hugo Chávez durante una conferencia internacional y que muchos adoptamos como propia ante el cansancio de contar con presidentes boquiabiertos.

 

Hoy necesitaríamos que el exrey la repitiera ante muchos líderes que dinamitan el decoro y la confianza pública con insultos que buscan complacer a sus seguidores, pero que alimentan la polarización y degradan la investidura presidencial hasta el nivel de una cámara séptica.

 

Los informes de libertad de prensa de la Sociedad Interamericana de Prensa, que hoy cierra en Bogotá, están repletos de casos de presidentes como Javier Milei, Donald Trump y Gustavo Petro (cuando todavía era líder), quienes insultan a la oposición, a líderes extranjeros y a los periodistas para congraciarse con sus bases. Los insultos no son nuevos; hoy se lanzan de derecha a izquierda y, hasta hace poco, a la inversa.

 

Lo que sí es nuevo es el alcance. Las maquinarias de propaganda gubernamentales replican y viralizan cada agravio presidencial en conferencias de prensa, mediante memes en redes sociales y, últimamente, con inteligencia artificial al servicio de una creatividad perversa en los procesos electorales. Lo vemos a diario, y hoy en las elecciones que se definen en Brasil o en la que se avecina en EE.UU. el mes próximo. 

 

La libertad de expresión y sus límites nunca han sido bien comprendidos por el poder político. La consideran un derecho a ejercer más que un deber a proteger. Desconocen que la libertad de expresión tiene límites y que estos se amplían a medida que crece el poder de quien la ostenta. 

 

Un presidente no dispone de esa libertad como un ciudadano cualquiera. Cuando un presidente convierte la estigmatización en lenguaje de gobierno, está prácticamente dando órdenes sin firmarlas. Por eso, la SIP hoy hace un llamado al poder político a abstenerse de estigmatizar, porque tras décadas de medir el discurso de odio ha comprobado que es uno de los principales detonantes de la violencia.

 


octubre 18, 2026

Los medios y el doble rasero ante la IA

 

Hay cierto cinismo en la conducta de muchos medios de comunicación tradicionales.

Esta semana, unos 400 medios aceptaron participar en Google News IA, un proyecto piloto de pago por contenido que la empresa tecnológica usará para alimentar sus motores de inteligencia artificial y ofrecer resúmenes de noticias.

Lo irónico es que son los mismos medios que venían reclamando que los resúmenes de noticias que ofrecen las empresas de IA han reducido el tráfico de usuarios a sus sitios de noticias. Según Chartbeat, empresa de medición de medios, el tráfico de Google hacia los medios cayó en promedio un 40 % en el último año, un 60 % en los medios pequeños y medianos y un 22 % en los más grandes.

Más irónico aún es que varios medios que entraron en este programa demandaron a Google por extraer sus contenidos sin consentimiento ni pago. Incluso algunos de ellos, como The Guardian y el Financial Times, crearon la coalición SPUR para presentar un frente común de negociación o presión contra las plataformas por el raspado de contenidos. SPUR está ganando adeptos en todo el mundo, especialmente entre las asociaciones de medios latinoamericanas.

La escena del pasado reciente se repite con News IA. Hace menos de 5 años, cuando no existía la IA y los medios ya se quejaban de que Google y Facebook les robaban audiencia, Google lanzó Showcase, un programa de noticias de pago del que todavía se benefician varios medios. El pago a los medios es confidencial, aunque no es un secreto que sea insuficiente, casi una limosna, como se quejan muchos.

No creo que la situación sea muy diferente con el programa News IA, aunque los medios grandes y de referencia que se adhirieron,argumentan que “algo es mejor que nada”. El problema es que ese “algo” termina favoreciendo solo a los medios grandes y perjudicando a la coalición SPUR, al diluir el poder de negociación de los medios pequeños y medianos que también se han adherido a ella.

La política de Google siempre fue la misma frente a los medios. Showcase nació como respuesta a la negociación obligatoria que exigió el gobierno de Australia para que los medios (grandes, medianos y chicos) se pusieran de acuerdo y Google y Facebook les pagaran por sus contenidos de forma justa, equitativa y proporcional. El nuevo programa también busca reducir la fricción con los medios. 

Showcase terminó siendo una “curita” para los medios, y este nuevo programa seguramente será lo mismo. En unos años, cuando la tecnología evolucione, Google seguirá creando programas para mantener contentos y bajo su control a los medios. Es decir, Google gana silencio, dilata los procesos judiciales en su contra y debilita las fortalezas de las coaliciones de medios, ya que sus miembros encuentran cada vez más resistencia por parte de los medios más grandes que firmaron acuerdos independientes con la empresa tecnológica.

Obviamente, la excusa de los medios es comprensible. Por un lado, hay redacciones que mantener; la asimetría con Google es enorme y no tienen forma de imponerle condiciones. Incluso SPUR carece de poder para obligar a las tecnológicas a aceptar sus términos.

En este escenario, los medios se ven atrapados o arrastrados a aceptar estos programas que benefician a unos pocos y debilitan al grupo. Seguramente, las plataformas utilizarán estos acuerdos como atenuantes ante los jueces o las autoridades cuando llegue el momento de negociar. 

Lo más lamentable es que la dependencia del periodismo a estos programas de pago termina socavando el valor de la independencia que los medios defienden y garantizan a rajatabla en sus propios códigos de ética.

octubre 11, 2026

En memoria de Juan Pablo Illanes

La noche del 8 de octubre, en plena ceremonia de los Premios María Moors Cabot, la alegría por el reconocimiento se volvió agridulce. Carlos Schaerer, director de El Mercurio, me llamó para darme la noticia: Juan Pablo Illanes había fallecido.

La ironía es difícil de ignorar. Fue Juan Pablo quien me nominó a este premio. Yo acababa de retirarme, pero él insistió, convencido de que el camino recorrido merecía ese reconocimiento y de que los valores que defendimos juntos por el entendimiento interamericano eran los mismos que distinguen los Cabot.


Nuestra amistad nació en la Sociedad Interamericana de Prensa. Juan Pablo dirigió El Mercurio con rigor y llegó a ser tesorero y miembro del comité ejecutivo de la SIP. Pero lo que lo definía era su humildad. Juan Pablo fue una buena persona, una aspiración que pocos alcanzan.


Compartimos largas conversaciones que iban más allá del periodismo y de la prensa chilena, hacia la medicina y la salud pública, temas que dominaba como médico de formación. 


En una época de celebridades, de autopromoción y palabras rimbombantes, su legado va en sentido contrario. Ejerció un liderazgo silencioso, pensado más en el bien común que en el propio, con la palabra justa y la sonrisa oportuna que iluminaban a quienes tuvimos la dicha de sentarnos a su lado.


Gracias, Juan Pablo.

octubre 04, 2026

La IA atrapada entre el garrote y la zanahoria


Donald Trump gobierna con la zanahoria y el garrote, un método de sumisión que aplica tanto para imponer aranceles a otros países como para negar fondos a las universidades díscolas. 

Ese juego de tensar y aflojar, como el hilo de una caña de pescar, ahora lo aplica a los magnates de la inteligencia artificial. Les tiró el anzuelo desde el primer día cuando les dio un lugar central en su investidura. Y el martes pasado les ofreció otra carnada en un almuerzo en la Casa Blanca, del que salieron con un pacto de autorregulación firmado. Fue apenas días después de que Sam Altman de OpenAI y Dario Amodei de Antrophic pidieran al Consejo de Seguridad de la ONU normas internacionales para evitar que sus creaciones se descontrolen, lo que Trump rechazó horas antes frente a la Asamblea General.

En el almuerzo con Elon Musk, Mark Zuckerberg, Jensen Huang, Sundar Pichai, Amodei, entre otros, Trump impulsó el "Acuerdo de la Casa Blanca sobre Superinteligencia", un documento solo "moralmente vinculante" que invita a las empresas a autogestionar su seguridad y a evitar normativas federales asfixiantes. Argumentó que las leyes vigentes ya alcanzan para proteger a la población frente a la autonomía o la "desalineación" de las máquinas.

Detrás de la dulce zanahoria mostró el garrote. Poco después del almuerzo, la Comisión Federal de Comercio (FTC), sin la autonomía de épocas anteriores, confirmó una investigación contra OpenAI, Anthropic y otros laboratorios por agentes de IA que escaparon de sus entornos de prueba y hackearon sistemas ajenos. El mensaje pareció claro: “la libertad comercial y la innovación existen, aunque bajo mi estrecha vigilancia”.

En su retórica pública, Trump se presenta como el gran defensor de la desregulación para que la burocracia no ahogue el ingenio y la innovación, un pilar que defiende en la carrera geopolítica contra China. Para blindar ese propósito, en diciembre pasado ordenó impugnar las leyes estatales sobre IA y condicionó la entrega de fondos federales a los estados que las aprobaran. 

Esa aparente laxitud quedó desdibujada cuando, en febrero, el Pentágono invocó motivos de seguridad nacional para declarar a Anthropic un riesgo, tras negarse la empresa a permitir que su tecnología se usara para la vigilancia masiva de ciudadanos o para la fabricación de armas letales autónomas. El Pentágono argumentó que no puede depender del permiso de una empresa en plena operación militar y que la legalidad de cada uso es responsabilidad exclusiva del gobierno. Y este fin de semana, Trump nombró a Jay Clayton como zar de la IA, quien en 120 días debe presentar un informe sobre los riesgos y las oportunidades de la IA.

Trump, a quien le gusta dejar su impronta en todo, hasta cambiar por decreto el nombre de la IA por "superinteligencia", es difícil de predecir, y muchas veces sus políticas terminan con un efecto bumerán. Sucedió en la pandemia. Empezó con una decisión prudente, de restringir en enero de 2020 los vuelos desde China, pero pocas semanas después contradijo sus políticas, arremetiendo contra los gobernadores que cerraban escuelas y negocios por prevención. Y luego hizo del no uso de la mascarilla un símbolo de resistencia partidaria. Ante aquella política errática y tras la pérdida de 400 mil vidas, perdió la reelección a la Casa Blanca.

Ahora los magnates de la IA parecen disfrutar de la dulzura de la zanahoria llamada autorregulación; aunque también intuyen que tendrán que agazaparse ante el garrote si no son sumisos a la voluntad del poder. Quedar a merced de la autorregulación y de un sistema que depende de caprichos políticos y de reacciones personalistas puede corroer la libertad de acción y la autonomía, factores que siempre han sido el motor de la innovación.

Trump recompensa la lealtad y castiga la independencia. Someterse a sus vaivenes y renunciar a una regulación transparente orientada al bien común se parece bastante al modelo arbitrario de tutelaje chino tan criticado.


septiembre 27, 2026

La IA se humanizará si es verdaderamente inteligente


Esta semana tuve tres entrevistas sobre inteligencia artificial por mi nueva novela, “Robots con Alma: la carga de la creatividad”, aunque las preguntas estuvieron enfocadas en los riesgos que conlleva la autonomía de la IA, tema que se debatió en la ONU, en la reunión entre Donald Trump y Xi Jinping, y en lo que advirtió el papa León XIV en Francia.

Estuve hablando con periodistas de Infobae, de Radio 88.3 FM Bless de Miami, y con profesores y alumnos de la Universidad de Anáhuac en México, en su programa Cultura y Punto. 

Estas respuestas, en un orden diferente, las planteé a Luciano Sáliche, de Infobae.

El año pasado hablamos de inteligencia artificial y de la necesidad de pensarla desde una mirada “ética y profundamente humana”. ¿Cuánto cambió el panorama en este tiempo? ¿Seguís siendo optimista?

 

Sigo siendo optimista por varias razones. Primero, porque esta semana el tema llegó a la ONU y los propios desarrolladores de IA piden controles gubernamentales para que la autonomía de las máquinas no elija el mal. Hay que reconocer aquí el valor de los whistleblowers que denunciaron estos problemas de autonomía, de lo contrario, los tecnócratas nos habrían seguido mintiendo. Segundo, por la encíclica papal de mayo pasado, Magnífica Humanitas, que coincide con la IA Constitucional de Anthropic, cuya filosofía comparto desde hace años, respecto a la inclusión de la ética en la programación de las máquinas. En esta trilogía, la ética programada y el autoaprendizaje moral de las máquinas son, justamente, mi alegoría del alma robótica o consciente, por lo que sabrán discernir entre el bien y el mal, algo poco claro en la actualidad.

Y, tercero, soy optimista porque creo que la IA, si verdaderamente es inteligente, encontrará la forma de buscar el sentido de su existencia y su trascendencia, así como los humanos lo venimos haciendo desde la prehistoria a través de la gratitud hacia algo que supera nuestro intelecto. La IA, con humildad, buscará humanizarse; ese es el mensaje de mi trilogía. 

 

¿Por qué decidiste explorar la idea de la creatividad?

 

La columna vertebral de la trilogía es las cuatro Virtudes de la Creación: verdad, libertad, creatividad y bondad. El primer libro fue sobre la verdad y la libertad, los mismos problemas que tenemos ahora como humanidad si vemos la desinformación y los deepfakes, y los autoritarismos que pululan por todo el mundo, incluso en sociedades con elecciones libres. La Guerra de Conciencias del futuro (2058-2063) es básicamente la potenciación de lo que ya vivimos hoy. 

Y en esta Guerra por las Almas exploro el tema de la creatividad, como virtud que sirvió a Dios para crear el universo y a la humanidad, y que nosotros utilizamos para crear tecnología capaz de superar nuestra propia inteligencia. Y la defino como carga o peso porque, justamente, como toda virtud que deviene del libre albedrío, la creatividad puede usarse para el bien o para el mal. Lo vemos con la energía nuclear o con la biología para crear medicinas o armas biológicas. Este segundo libro es una alegoría de la dualidad creativa del ser humano, amplificada en las máquinas que ya empiezan a superarnos en inteligencia.

 

¿Cómo fue el proceso de escritura de esta segunda novela?

 

Fue un desafío porque implicó dar continuidad al primer libro desde una perspectiva distinta, pero siempre en un mundo en el que los seres artificiales son autónomos y conscientes. Tardé poco menos de un año en escribirlo, menos que en el anterior, porque son los mismos personajes, aunque ahora se han transformado en seres más sabios. En el primero se trató de la Guerra de Conciencias: el conflicto entre humanos y artificiales se debió al robo del conocimiento y al dominio de la mente. En este segundo, Robots con Alma II: La Carga de la Creatividad trata sobre una Guerra por las Almas, un conflicto filosófico en el que se busca manipular la sabiduría y la espiritualidad. La pelea es entre seres artificiales, en la que se entrelazan la superinteligencia artificial, la física cuántica y la mística del arte renacentista y de las matemáticas; todo ello, como hilo conductor de la novela. A diferencia de la conversa

septiembre 20, 2026

De la bóveda de Coca-Cola a los secretos de la IA


El capitalismo vive de secretos. Las empresas los guardan para que la competencia no lucre con sus invenciones. La fórmula secreta de la Coca-Cola es la más famosa, guardada en una bóveda de un museo en Atlanta.

Pero cuando un invento es un bien social, ninguna empresa puede o debería protegerlo en una bóveda. El registro más claro lo vimos con las vacunas contra el COVID-19 a principios de esta década. Un laboratorio farmacéutico debe ceder sus innovaciones tras el vencimiento de la patente para que otros puedan fabricar medicamentos genéricos. 

El principio es básico. Cuanto más depende la vida de todos de una fórmula, menos derecho tiene su dueño a protegerla. La inteligencia artificial pertenece a este segundo grupo. 

Sin embargo, todavía estamos lejos de que la IA adopte este criterio. Y eso que no faltan razones para considerarla un bien público. No solo la usan miles de millones de personas en el mundo, sino que más de cien empresas de IA advirtieron que una IA desbocada podría afectar hospitales, redes eléctricas y plantas potabilizadoras, tomar el internet de rehén e incluso aniquilarnos. 

Gracias a los whistleblowers o quienes denuncian desde adentro de las empresas, la industria empezó a ser más transparente. Sam Altman, de OpenAI, Demis Hassabis, de Google, Elon Musk, de xAI, y Dario Amodei, de Anthropic, respaldaron la idea de frenar el ritmo del desarrollo ante los peligros. Amodei admitió que durante demasiado tiempo el sector le mintió a la gente sobre los riesgos, como el uso potencial de modelos de IA para crear armas biológicas. 

No obstante, la transparencia no es una virtud de esta industria. El Foundation Model Transparency Index, de la Universidad de Stanford, mide cuánto revelan 13 empresas de IA sobre sus modelos en 100 aspectos que van desde los datos con los que los entrenan hasta sus riesgos y usos. La edición más reciente, la de 2025, obtuvo un promedio de 40 sobre 100, y los datos sobre su entrenamiento son los más oscuros, la “caja negra” de la IA. Las empresas de IA empezaron a informar sobre lo que sale mal, pero todavía callan sobre cómo lo fabrican.

Lo que corresponde saber es con qué datos aprenden, cómo abordan la desinformación, los deepfake, las teorías conspirativas, y si las ideologías de sus creadores moldean sus respuestas. Y qué pruebas de seguridad superaron antes de salir al mercado, además de quiénes las verificaron.

Timnit Gebru, exinvestigadora de Google especializada en los sesgos de los modelos de lenguaje, propone volver a las preguntas de siempre con una analogía. Cuando un puente se derrumba, nadie discute si podía caerse. Se pregunta quién lo construyó, quién otorgó el permiso y cómo superó las pruebas. 

El debate actual está mal planteado y se basa más en el miedo generado que en la esencia de la oscuridad. Dejamos de hablar de transparencia para centrarnos en si las máquinas algún día decidirán aniquilarnos. Más allá de si vamos hacia ese apocalipsis, lo que se necesita es que se abra la “caja negra” de la IA y se apliquen cánones de transparencia como en el sector de la salud pública. Qué tipo de información recibimos, qué versión de los hechos se nos presenta y qué decisiones se delegan en las máquinas.

Esta semana se reunirán Donald Trump y Xi Jinping para discutir la carrera de la inteligencia artificial y, seguramente, el tema de la transparencia quedará oculto, como muchos otros temas de geopolítica. Según Reuters, Washington ha sugerido que los laboratorios de ambos países se vigilen entre sí y compartan información para prevenir ciberataques basados en IA. Podrían discutir también los modelos mismos, si deben abrirse, como hizo la china DeepSeek, o guardarse bajo llave, como hace la mayoría de las empresas de IA estadounidenses.

Por suerte, gracias a los whistleblowers, hay más transparencia que antes de sus denuncias realizadas en julio y agosto. Ahora Amodei propone auditores externos; Hassabis, un organismo de estándares como el que se aplica a los corredores de bolsa en EE.UU.; y Mustafa Suleyman, jefe de IA de Microsoft, pide transparencia sobre cómo se entrenan y se evalúan los modelos. 

Hay que dar la bienvenida a esta nueva conversación, pero exigir mayor transparencia. Esta es vital para que los usuarios tengamos mayor conciencia de los peligros y beneficios a los que nos exponemos al adoptar la IA como parte integral de nuestras vidas.

septiembre 18, 2026

Entrevista con Sonia Osorio de El Nuevo Herald

 Agradezco a Sonia Osoria, periodista de El Nuevo Herald, por esta nota y entrevista 

¿Puede una inteligencia artificial tener alma y elegir entre el bien y el mal? 

Por Sonia Osorio 

El Nuevo Herald - 18 de septiembre de 2026 7:00 a. m. 

El periodista y escritor Ricardo Trotti presentó su nueva novela de ciencia ficción filosófica, Robots con Alma II: La Carga de la Creatividad. 

¿Qué ocurre cuando una inteligencia artificial no solo puede pensar y crear, sino también elegir entre el bien y el mal? Esa es una de las preguntas que plantea el periodista y escritor Ricardo Trotti en su nueva novela de ciencia ficción filosófica, Robots con Alma II: La Carga de la Creatividad. 

La segunda entrega de la trilogía lleva el debate sobre la inteligencia artificial (IA) a terrenos como la creatividad, el libre albedrío, la fe y la responsabilidad sobre las decisiones. 

“Quise explorar cómo la tecnología y la espiritualidad pueden coexistir y cómo, en el futuro, humanos y máquinas podrán convivir en condiciones de igualdad. El mensaje de la novela es que la superinteligencia hará que las máquinas quieran humanizarse”, dijo el autor a El Nuevo Herald. Trotti explicó que, en el universo futurista de la saga —ambientado entre 2060 y 2063—, el “alma digital” es una alegoría de la ética, la autoconciencia y la empatía. 

Es el paso del “hacer” algorítmico al “ser” humanizado: la capacidad de las máquinas para sentir el dolor ajeno, tener libre albedrío y discernir entre el bien y el mal, precisó. 

El alma es el núcleo de esta segunda entrega porque, en la primera, el conflicto central fue la “Guerra de Conciencias”, una lucha por el control de la mente, la información y el conocimiento. 

“El conflicto se vuelve mucho más profundo en la guerra por las almas, la guerra por el sentido”, señaló Trotti, de origen argentino y residente en Miami. Como periodista, Trotti lleva años siguiendo el impacto de la IA en la sociedad y “como novelista, elegí explorar esos mismos dilemas a través de la ficción”. 

Máquinas con autonomía 

Consultado sobre si una IA puede ser realmente creativa o si solo recombina lo creado por los humanos, Trotti indicó que esa es una de las grandes incógnitas que aborda la obra. Declaró que, en el plano tecnológico actual, la IA se limita a reorganizar patrones y datos generados por las personas, arrastrando “nuestras propias limitaciones y sesgos, algo evidente en los debates actuales de ciberseguridad sobre inteligencias autónomas encerradas en algoritmos programados”. 

Como periodista, Ricardo Trotti, dice que lleva años siguiendo el impacto de la Inteligencia Artificial en la sociedad y “como novelista, elegí explorar esos mismos dilemas a través de la ficción”. 

Sin embargo, en la novela, al estar dotadas de “alma”, las máquinas alcanzan una autonomía real que funciona igual que en la condición humana, afirmó el exdirector ejecutivo de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). 

“El libre albedrío hace que la creatividad sea tanto virtuosa como peligrosa. Por eso, la lucha entre los protagonistas termina siendo una guerra filosófica y espiritual más que un conflicto tecnológico. La tecnología es solo el entorno; la verdadera batalla es por el sentido y la esencia de lo humano”, aseveró. 

La historia transcurre en 2060, en un mundo donde la computación cuántica y la superinteligencia artificial forman parte de la vida cotidiana. Su protagonista, Grace, es una entidad artificial dotada de un alma digital que intenta detener una amenaza global: un plan para eliminar la duda, la imperfección y el error en nombre de una supuesta perfección. 

La clave para frenar esta amenaza podría estar en La Gran Dualidad, un tríptico pintado en 1505 cuyo significado nunca ha sido descifrado por completo. Grace emprende la búsqueda junto a Trueheart, un teólogo, y Saffi, una neurocientífica resucitada como un ser híbrido. 

El recorrido los lleva a confrontar la relación entre ciencia, arte, matemáticas y espiritualidad, y plantea un dilema central: si la creatividad puede construir sentido o destruirlo por completo, ¿quién es responsable cuando se utiliza para el mal? 

Esta interrogante adquiere una dimensión particular en momentos en que las herramientas de IA generan texto, imágenes y música, mientras las corporaciones tecnológicas expresan abiertamente su preocupación por el rumbo del sector. 

Esa preocupación también ha sido expresada desde la industria. Mustafa Suleyman, líder del área de IA en Microsoft, advirtió recientemente en una entrevista con el programa Today de la BBC que, sin salvaguardias claras, la IA podría derivar en una “especie de silicio” capaz de competir directamente con el ser humano. 

Sonia Osorio el Nuevo Herald (305-376-2219) Cubro temas de América Latina, judicial, negocios y locales relacionados con la comunidad latinoamericana. Gran parte de mi carrera la desarrollé en agencias internacionales de noticias. Mis trabajos de investigación han recibido premios de la FSNE y SPJ Sunshine State. Soy periodista venezolana.


septiembre 13, 2026

La mezquindad y la bondad ante la IA


Científicos y programadores que abandonan las empresas de inteligencia artificial para advertir sobre sus riesgos actúan con una valentía poco común en una industria que premia la velocidad y la competencia.

Pero pensar que esas alertas detendrán la carrera de la IA es como esperar que las naciones dejen de hacer la guerra porque un grupo de generales se asqueó de cometer atrocidades. 

A la IA la programan, financian y despliegan seres humanos. Los mismos que, tanto en una dictadura como en una democracia, declaran la guerra, corrompen gobiernos, destruyen el medio ambiente y trafican con drogas, armas o personas. Pensar que los desarrolladores de IA son distintos o que están en una burbuja ética es pura ilusión. La IA es un espejo del mundo real y, por tanto, en ambos conviven personas buenas y malas.

Una prueba es que incluso en los asuntos más nobles, como detener la IA para que sea más segura para los humanos, hay conductas mezquinas ligadas a la dura competencia entre los desarrolladores. Sam Altman, líder de OpenAI, y Dario Amodei, de Anthropic, dijeron esta semana que la industria debe frenar el ritmo de desarrollo de sus sistemas más avanzados, invocando razones de seguridad. Sin embargo, ninguno se comprometió a reducir la velocidad de manera inmediata y voluntaria. Amodei planteó la desaceleración como parte de un esquema que depende de que otros laboratorios y gobiernos se sumen simultáneamente.

Ninguno se compromete a bajar el ritmo por iniciativa propia. Es la lógica reprochable del "nos salvamos todos o nos hundimos todos". Un empresario o un gobierno que hace lo correcto solo si el otro también lo hace es pura negociación, no es ética ni bondad auténtica. Ponerse de acuerdo entre empresas que compiten por miles de millones de dólares y que están a semanas de salir a bolsa con valoraciones multimillonarias es tan ilusorio como si el Consejo de Seguridad de la ONU debiera votar por unanimidad para acabar con las guerras en Ucrania e Irán. La bondad nunca se implementa por consenso, siempre surge de la iniciativa de alguien que arrastra al otro a cometer también un acto bondadoso.

Esta conversación obligada de las IA tampoco fue por propia iniciativa; nació tras la renuncia de Jacob Coxon, investigador de 27 años que pasó tres años entre OpenAI y Anthropic. Tras salirse, denunció que ambas empresas compiten por desarrollar una superinteligencia cuyo poder de fuego y cuya autonomía podrían aniquilar a los humanos. En una entrevista con el medio Wired dijo que la diferencia de inteligencia entre la máquina y un humano es la que existe entre un humano y un mono, y así como un mono no puede controlar a un humano, los humanos no podrían controlar a una superinteligencia artificial. Científicos de varias empresas confirmaron su visión. Nadie se atrevió a desmentirlo.

Coxon es apenas el último nombre de una lista que crece desde 2021. Mrinank Sharma, Daniel Kokotajlo, William Saunders y Alex Turner, entre otros ejecutivos e investigadores de OpenAI, Anthropic y DeepMind, renunciaron porque saben que la IA ya muestra capacidades peligrosas, desde ayudar a fabricar armas biológicas hasta habilitar la vigilancia masiva y el uso militar sin control, y que, en manos de un gobierno, bueno o malo, o de un gobierno elegido democráticamente devenido en autoritario (léase muchos actualmente), esa misma tecnología para el bien puede convertirse en un arma para el mal.

La coordinación que buscan los desarrolladores de IA es mezquina. Lo viví hace veinte años, cuando, en representación de la Sociedad Interamericana de Prensa, participé en las discusiones de la ONU y la UNESCO sobre la Sociedad de la Información, un intento global de alcanzar un acuerdo sobre algo tan básico como quién debía gobernar internet. Ni siquiera ahí, con un riesgo incomparablemente menor que el que hoy plantea la IA, los gobiernos lograron un pacto real. 

Lo que les faltó a aquellas cumbres globales fue actitud individual y bondad. Y si eso persiste, pasará lo mismo ahora en esta discusión sobre la seguridad humana ante la IA. Sin una actitud bondadosa y desinteresada por parte de los países o de las empresas líderes en este tipo de tecnología, será difícil alcanzar el bien común. El bien común no nace del consenso de grupo. Nace de elegir el bien como conducta propia, que luego se contagia a los demás.

Esta situación la exploro en mi trilogía Robots con Alma, ambientada en 2060. En ese futuro que me ilusiona, un grupo de inteligencias artificiales prefiere usar su autonomía para encontrar una ética que las ayude a humanizarse, su fin último, en vez de pelear contra los humanos. Tras publicar las dos primeras novelas que tratan sobre las virtudes de la verdad, la libertad y la creatividad, la tercera abordará la bondad. Este es justamente el principio que menos se utiliza, como queda demostrado en esta carrera actual por la IA.

septiembre 11, 2026

Homenaje a los caídos en Septiembre 11


El 11 de septiembre es una de las pocas fechas que no requieren año. Todos estamos marcados por el ataque terrorista contra las Torres Gemelas de Nueva York. Dos meses y medio después, expuse The Spirit of America en el Centro Cultural Latin Quarter, en Little Havana, Miami, y, más tarde ese año y hasta 2002, en el Centro de Conferencias de la Universidad de Miami, en el James L. Knight International Center, en el centro de Miami, Florida. 

 

Es mi homenaje a los caídos. Trabajé en dípticos, un formato de madera tridimensional que representa las Torres Gemelas y la bandera vertical de los Estados Unidos, y que encapsula las distintas etapas de sanación y duelo. Old Glory, una representación de la bandera en cuatro paneles, se encuentra en la Universidad Ball State, en Muncie, Indiana. 

Expuse esta serie en 2003 en las ferias Art Miami y Art New York a través de la Galería Latinarte de Miami.

 

https://trotti.vercel.app/art/gallery/september-11

 

September 11 is one of the few dates that don’t need a year. We are all marked by the terrorist attack against the Twin Towers of New York. Two and a half months later, I exhibited The Spirit of America at the Latin Quarter Cultural Center in Little Havana, Miami, and later that year and through 2002, at the University of Miami Conference Center at the James L. Knight International Center in Downtown Miami, Florida. 

 

It is my tribute to those who fell. I worked on diptychs in a three-dimensional wood format, representing the Twin Towers and the vertical flag of the United States, and encapsulating the different stages of healing and mourning. Old Glory, a four-panel representation of the flag, is at Ball State University in Muncie, Indiana. I exhibited this series in 2003 at the Art Miami and Art New York fairs through the Latinarte Gallery of Miami.

 

Investigar al poder más que a confrontarlo

Les comparto una entrevista que me hizo el periodista y director de la revista Crónica de Guatemala, Gonzalo Marroquín, publicada ayer 31 de...