Atrapados entre la verdad y la libertad
Blog por Ricardo Trotti: estoy terminando la segunda entrega de la trilogía "Robots con Alma". La primera fue sobre la verdad y la libertad. Esta, sobre la creatividad. Compárteme tus inquietudes, opiniones o ideas por email: trotttiart@gmail.com
febrero 21, 2026
El activismo periodístico: una herida autoinfligida (post 3)
febrero 13, 2026
“Algo bueno, por favor, algo bueno” (post II)
La escena retrata lo que muchas personas sienten. Las noticias se han vuelto tóxicas. Violencia, escándalo, conflicto, confrontación, indignación permanente. El cansancio frente a ese bombardeo se ha transformado en distancia, y esa distancia en desconfianza.
Gallup sitúa la confianza en los medios en solo 28 %. El Reuters Institute documenta que el 40 % evita las noticias para proteger su ánimo, porque les generan estrés o frustración, algo que coincide con lo que señalan varios estudios biológicos y con lo que la Asociación Estadounidense de Psicología denomina news stress. Ante una exposición prolongada, el organismo opta por permanecer en alerta constante o por desconectarse emocionalmente. Ambas son formas de autoprotección frente a una sensación continua de amenaza.
Durante más de treinta años en Miami he visto repetirse un mismo formato de noticiero televisivo con tragedias, accidentes y escándalos. Tal vez una fórmula eficaz para sostener audiencia y facturación, aunque dudo que haya generado confianza. En mi caso, más de una vez me cuestioné si había elegido bien al emigrar con mi familia.
Entiendo, como gran parte del público, que el periodismo tiene un papel incómodo. Mostrar problemas, exponer fallas y señalar lo que no funciona es parte de su función social. Pero lo que se percibe como tóxico es que toda la realidad se presente como un contraste en blanco y negro, hasta que el debate público termina pareciéndose al conflicto político que cubrimos.
Ahí quedamos atrapados periodistas y ciudadanos. Informar sobre el problema es necesario. Vivir permanentemente dentro del problema desgasta.
A veces los periodistas atribuimos la desconfianza a la polarización, a la estigmatización de la profesión, a las redes sociales o a la inteligencia artificial. Todos influyen. Pero no explican todo.
En las redacciones se ensayan múltiples estrategias para retener audiencias: ajustar contenidos, optimizar formatos, apoyarse en tecnología. Hace unos días respondí una encuesta de un medio al que estoy suscrito. Me preguntaron por qué lo elijo, qué consumo y si renovaría. No me preguntaron si percibo sesgo, si el contenido está más pensado para los algoritmos que para el lector, o si confío en su cobertura. Midieron mi fidelidad comercial, pero no mi confianza.
Ahí aparece una cierta miopía. Suscribirse no implica adhesión automática, del mismo modo que nacionalizarse en un país no impide reconocer sus debilidades. Cuando las métricas se convierten en brújula principal, se corre el riesgo de confundir volumen con confianza. Más suscriptores no implican validación plena del criterio editorial.
La confianza pertenece a otra dimensión. Es cualitativa. Se consolida cuando el lector percibe respeto intelectual, equilibrio y profundidad; cuando advierte que el criterio editorial no deriva en activismo y que existe disposición a mostrar matices, incluso en quienes el medio suele cuestionar. Y, sobre todo, cuando la independencia frente al poder político y económico es práctica visible y no eslogan.
Cuando la realidad se presenta con sus grises y no como un campo dividido en bandos, el lector deja de sentirse cifra o reacción ocasional frente a una elección o una catástrofe. Parte de la confianza se reconstruye cuando el ciudadano se siente sujeto activo y no accesorio dramático o estadístico.
El tema es complejo. No existe una bala de plata para revertir una desconfianza creciente. Las recomendaciones son conocidas: más transparencia, correcciones visibles, clara separación entre información y opinión y mayor periodismo de servicio.
Y creo que la audiencia no pide menos rigor, sino menos estridencia y más comprensión, más contexto y más utilidad práctica para su vida. Ahí es donde grita más fuerte el “algo bueno, por favor” de El Roto.
febrero 05, 2026
La verdad sin neutralidad resta libertad (post1):
Esta es la primera de una serie de reflexiones sobre la verdad periodística. Nace de una preocupación que se ha ido acentuando con los años al escuchar, en foros, seminarios y debates públicos, a periodistas y directores de medios hablar de la verdad con un tono que roza el marketing. Se la invoca como sello de calidad y como rasgo distintivo frente a otros medios, las redes sociales o la inteligencia artificial.
En periodismo solemos afirmar que la verdad
periodística, basada en la verificación, el contraste de fuentes y la
responsabilidad pública, es suficiente para neutralizar un mundo de postverdad
construido sobre mentiras, desinformación y teorías conspirativas. Nuestra
verdad, se repite, sería el antídoto para frenar la polarización, salvar la
democracia y recomponer el vínculo y la confianza con la sociedad.
Durante mucho tiempo dimos por sentado que decir la
verdad alcanzaba. Esa convicción es incompleta y necesita una revisión honesta.
Desde que pisé por primera vez una sala de redacción
me acompaña una incomodidad persistente. La sensación de que los periodistas y
los medios hablamos mucho de la ética de los otros, pero poco de la propia.
Defendemos con razón la verdad frente a la mentira, pero rara vez nos detenemos
a pensar cómo contamos esa verdad y qué efecto tiene esa forma de contarla en
la libertad del lector.
La manera en que vemos y narramos la realidad se apoya
en la libertad de prensa. De allí surgen el criterio editorial, la pluralidad
de miradas y la diversidad de medios, todas legítimas. Pero es la libertad de
expresión la que debe guiar ese ejercicio, porque es la que le permite al
lector pensar la verdad con criterio propio.
Solemos
ampararnos en que nuestra verdad responde a un criterio editorial, al ADN del
medio. Eso es válido. Ningún medio observa la realidad desde el vacío. El
problema aparece cuando ese criterio deja de ordenar los hechos y empieza a
conducirlos. Cuando los hechos se ajustan a una idea previa de cómo deben ser
contados, la verdad deja de abrirse al lector y se le entrega ya interpretada.
Una verdad con sesgo no necesita mentir. Le basta con
seleccionar, enfatizar, omitir o adjetivar. Los datos pueden ser correctos,
pero la mirada ya no es limpia. La emoción se impone sobre la comprensión y el
camino del juicio propio del lector queda cerrado de antemano.
Sin neutralidad, la verdad informa, pero reduce la
libertad o, lo que es peor, no construye ciudadanos libres.
La neutralidad no es ingenuidad ni renuncia al
criterio editorial. Es una práctica profesional exigente. Supone disciplina y
contención. Implica resistir el impulso de empujar al otro hacia una conclusión
y dejar espacio para que el lector piense, dude y decida.
Esta convicción me llevó a publicar en 1993 La
dolorosa libertad de prensa. En busca de una ética perdida. Allí señalaba mi
preocupación por la ausencia de autocrítica y de una conversación sostenida
sobre ética profesional que nos debemos los periodistas.
La preocupación sigue abierta. En esta era es
necesario debatir cómo sostener un criterio editorial sin perder neutralidad. En
especial, cómo contar la realidad sin quitarle al lector la libertad de
pensarla por sí mismo.
enero 31, 2026
Presos políticos y las cosas por su nombre
Ayer fue un día importante para la democracia y los derechos humanos en América Latina. Tras 27 años, el régimen chavista decretó la liberación de todos los presos políticos.
Varios medios
presentaron la noticia como un gesto de buena voluntad del nuevo gobierno que
encabeza Delcy Rodríguez. Se sostuvo incluso que el decreto había sido firmado
por Nicolás Maduro antes de su captura el 3 de enero, en un intento por
preservar la reputación del líder en desgracia. Otros, con un persistente
romanticismo hacia la izquierda, volvieron a salvar la figura de Hugo Chávez y
a endilgar exclusivamente a Maduro los atropellos a los derechos humanos del
chavismo.
Ese relato omite un
dato esencial. Fue Chávez quien, desde 1999, instauró el andamiaje político,
institucional y represivo que hizo posible todo lo que vino después. Culpar
solo a Maduro es tan falaz como responsabilizar a Díaz-Canel del fracaso de
Cuba para exonerar a Fidel Castro y a su hermano.
Hay dos cosas que no
conviene perder de vista. La liberación de los presos políticos es una
exigencia reiterada de la oposición venezolana y de la comunidad internacional.
Pero, sobre todo, es una respuesta directa a lo ocurrido el 3 de enero y al
tutelaje efectivo que Estados Unidos ejerce sobre Venezuela desde entonces.
Que no nos guste
Donald Trump, o que nos incomode el intervencionismo estadounidense, es una
cosa. Ignorar que esta liberación no habría ocurrido sin la presión del
gobierno de Estados Unidos es otra muy distinta. Como también lo es pasar por
alto que el chavismo, en apenas tres días, avanzó en la privatización del
sector petrolero del que se aferró durante décadas para generar corrupción y proyectar
su modelo de control político a otros países.
enero 28, 2026
Davos y CAF: paralelismo entre ficción y realidad
A medida que escribo el segundo libro de la trilogía Robots con Alma, avanzo en paralelo con una serie de ensayos de no ficción. Ese trabajo me permite explorar, aprender y contrastar el mundo narrativo que proyecto hacia el futuro, donde humanos y seres artificiales conviven en condiciones de igualdad.
En el reciente World Economic Forum de Davos, las
conversaciones y diagnósticos me confirmaron
que los cuatro pilares de mi ficción —verdad, libertad, bondad y creatividad—
atraviesan de lleno los debates del presente y permiten interpretar con mayor
claridad la realidad que habitamos.
En informes y
discursos del foro aparecieron con nitidez los conflictos actuales y futuros.
La desinformación y la mentira fueron señaladas como amenazas directas a la
Verdad. La erosión de la democracia y del orden global, impulsada por
liderazgos mesiánicos, volvió a poner en cuestión la Libertad. El
debilitamiento del multilateralismo y el aumento de la desigualdad fueron
leídos como una negación de la Bondad. Y, en relación con la Creatividad,
surgieron fuertes reproches a una innovación acelerada de la inteligencia
artificial, con el riesgo de derivar en un futuro tecnológicamente brillante,
pero éticamente vacío.
Creo que estas mismas
conversaciones orbitarán en torno a esas cuatro grandes áreas del pensamiento
en el foro económico que en estos días celebra la CAF, el Banco de Desarrollo de América Latina y
el Caribe, en Panamá.
Estas conferencias
muestran que hoy existe más claridad que antes sobre lo que no deberíamos
tolerar. La mentira sistemática, la coacción y la censura, la desigualdad
naturalizada o una creatividad tecnológica celebrada sin preguntarnos para qué
ni cómo crea. El diagnóstico es más nítido que en el pasado. Lo que aún faltan
son líneas de acción y soluciones capaces de poner a prueba, en la práctica,
los marcos con los que pensamos el poder, la tecnología y lo humano.
enero 20, 2026
Trump: de adolescente rebelde a niño malcriado
Por Ricardo Trotti
Al cumplirse hoy el primer año de su segundo
mandato, resulta inevitable mirar por el retrovisor y comparar al actual Donald
Trump con aquel de 2017, el año de su debut en la Casa Blanca.
Si rebobinamos la cinta hasta su primera
presidencia, para entender la metamorfosis del poder, encontramos a una figura
con la energía caótica de un adolescente rebelde. Aquel Trump irrumpía en la
capital con ínfulas de justiciero contra “la ciénaga de Washington”, decidido a
romper con los “corruptos” opositores, los periodistas "enemigos del
pueblo" y los inmigrantes “criminales y violadores”. Era el outsider ruidoso
cuya retórica incendiaria en Twitter obligaba a todos, en el ámbito nacional, a
tomar partido. Ladraba mucho, pero no mordía del todo.
Su rebeldía tenía objetivos relativamente
convencionales dentro del conservadurismo. En su visión, Rusia y Corea del
Norte eran enemigos que disuadir con esteroides presupuestarios para la
maquinaria militar. Hacia el sur, su obsesión era desmantelar el legado de
Obama. Se vanagloriaba de imponer “duras sanciones” a Venezuela y Cuba,
apostando por la asfixia financiera antes que por la intervención directa.
En inmigración, quería un muro de cemento y
acero, y llegó a ofrecer protección legal y ciudadanía para jóvenes inmigrantes
indocumentados traídos de niños, los llamados dreamers, a cambio de
fondos para construirlo y de un endurecimiento general del sistema migratorio.
Aquel Trump adolescente chocaba con las
instituciones. Era ruidoso, molesto, generaba polarización extrema, pero estaba
contenido por los contrapesos del sistema, ya sea desde los tribunales, la
prensa, agencias gubernamentales independientes o incluso su propio partido.
Hoy, con un Congreso con viento a favor y contrapesos
que aprendió a sortear a fuerza de decretos, Trump ha dejado atrás al
adolescente revoltoso para convertirse en un niño con poder absoluto. Lo más
sorprendente es que, nueve años después, lejos de desgastarse, parece tener aún
más energía para imponer su voluntad, tanto en casa como en el mundo.
De la obsesión por el muro ha pasado a una
política de deportaciones agresivas, al estilo Obama, pero con un tono
vengativo. En ciudades gobernadas por la oposición, agentes del ICE son parte
del paisaje y del abuso, como en el caso de Renée Good, ciudadana
estadounidense muerta durante un operativo migratorio que la Casa Blanca
calificó como “daño colateral”.
Pero donde más se evidencia la mutación es en su
política exterior. Si en 2017 Rusia ocupaba el lugar central en su mapa de
amenazas, hoy ha sumado a China como su principal antagonista, no solo por la
rivalidad comercial, sino por la influencia global de su Nueva Ruta de la Seda.
Trump justifica cada acción en esta supuesta guerra estratégica, desde los
aranceles generalizados hasta su renovado empeño por anexionar Groenlandia. En
su lógica, todo es parte de una cruzada geoeconómica por la supremacía, en la
que ya no distingue entre aliados y rivales. Proclamó un “Día de la Liberación”
comercial, impuso tasas universales que sacudieron los mercados y reactivó su
ofensiva contra Europa, la OTAN y cualquier socio que cuestione su narrativa.
A diferencia del Trump de 2017, que ladraba, el
de 2026 muerde. Ordenó el bombardeo de instalaciones nucleares en Irán,
intervino militarmente en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro y colocó
bajo supervisión directa la producción petrolera del “nuevo chavismo”. A sus
socios más fieles, como Canadá y México, los ridiculiza, al proponer anexar a
los canadienses como estado 51 y amenazar con incursiones armadas en territorio
mexicano si no frenan el flujo de fentanilo. Todo bajo su versión personalista
de la Doctrina Monroe, la bautizada “Doctrina Donroe”, que redibuja el mapa
hemisférico y proclama que América es para los americanos… pero bajo el mandato
de Washington, como demostró al reactivar su presión sobre Panamá para expulsar
inversiones chinas del Canal.
Sin reelección a la vista, Trump gobierna como si
dirigiera una empresa, no un país. No le interesan los equilibrios ni la
independencia de poderes, y exige subordinación. Lo ha dejado claro al embestir
contra Jerome Powell y la Reserva Federal, presionando al Tesoro como si fuera
una gerencia más bajo su control. No rinde cuentas a nadie, al menos hasta que
las elecciones intermedias de noviembre próximo puedan marcarle algún límite. Por
el momento se siente envalentonado por sus propias decisiones y reclama genuflexiones
y validación constante.
En esa búsqueda obsesiva de validación, Trump
raya en lo ridículo y, lo peor, es que no le importa. Hace unos días, calificó
de “hermoso gesto” que María Corina Machado le compartiera su medalla del Nobel
de la Paz, como si el galardón pudiera transferirse por simpatía. Y en una
reciente conversación con el primer ministro de Noruega, se jactó de que ya no
le interesa recibir el Nobel, porque, según él, eso lo exime de cualquier
obligación de buscar la paz.
Con la psicología de un niño que todavía no ha
aprendido a compartir, Trump no solo quiere todos los juguetes para él, sino
que además los rebautiza con su nombre. Rediseñó la Secretaría de Defensa bajo
el título de “Secretaría de Guerra”, rebautizó el Golfo de México como “Golfo
de América”, le puso su apellido al Kennedy Center como si fuera uno más de sus
edificios y mandó demoler un ala de la Casa Blanca para construir un salón de
baile con su nombre. En su universo simbólico, el poder se marca, se adueña y se
exhibe.
Trump se desboca a diario en Truth Social, la red
que él mismo creó tras acusar a los gigantes tecnológicos de conspirar contra
su primera presidencia. Allí opina, ordena, ridiculiza y anticipa sus jugadas
sin filtros. Esta verborrea constante, que muchos consideran un acto de
egolatría o simple histrionismo, lo convierte, paradójicamente, en el político
más transparente del momento.
A diferencia de otros líderes que se amparan en
el lenguaje diplomático para disfrazar sus verdaderas intenciones, Trump las
exhibe, las grita, las sobreactúa. Le da igual si lo acusan de hacer el
ridículo. Hoy mismo circuló una imagen generada con inteligencia artificial en
la que aparece plantando una bandera estadounidense en Groenlandia sobre un
mapa redibujado a su antojo.
Pero esa transparencia brutal, por más que nos
exaspere, nos divida o nos agote, también nos permite conocer sus verdaderos
movimientos sin maquillaje. Y aunque sus métodos puedan parecer peligrosos,
incluso corrosivos para la democracia, vale preguntarse si esta exposición incómoda,
ruidosa y directa no es preferible a una política que, en nombre de la
diplomacia, se esconde de su pueblo o solo emerge cuando hay elecciones.
Quizás lo más preocupante no sea ver lo que hace
Trump, sino no ver lo que hacen los demás.
enero 17, 2026
Un viejo anhelo, hecho realidad:
Quiero anunciarles una transformación importante en mi sitio de arte, que ahora integra también mis escritos, en coherencia con un lema que me acompaña desde hace tiempo: el arte como mensaje y el mensaje como arte.
Este viejo anhelo se hizo realidad gracias a mi amigo Rodrigo Rotonda, fundador de Artic y director del Grupo Rotonda en Argentina, y a la maestría de Leandro Folino y su equipo, que lograron traducir una estructura compleja en la sencillez de un diseño contemporáneo.
Bajo la dualidad de Art&Prose, este espacio me obliga a seguir creciendo y buscando a través de colores y palabras.
Bienvenidos a www.ricardotrotti.com
enero 09, 2026
La seducción de la "mano dura"
Prefiero detenerme en otra lectura, la de un cóctel peligroso. La de una opinión pública crecientemente seducida por liderazgos fuertes y, al mismo tiempo, atravesada por una fatiga democrática que ya no disimula.
Tensar o cruzar límites democráticos para alcanzar objetivos no es una novedad. En América Latina, esta licencia que el pueblo concede en un primer momento a líderes mesiánicos suele inscribirse en un movimiento pendular conocido. Hasta hace poco, la mano fuerte tuvo otros nombres, como Cristina Fernández de Kirchner, Rafael Correa y Evo Morales. Debilitaron de manera sistemática los controles institucionales y justificaron sus avances en nombre de la voluntad popular y de una supuesta eficacia política. Con el agravante y pecado histórico de haberse apoyado política, económica y estratégicamente en la dictadura de Hugo Chávez y de Maduro, e ideológicamente en una de las dictaduras más longevas y represivas del continente, la de los hermanos Castro y Miguel Díaz-Canel.
enero 04, 2026
Chavismo descabezado y las incertidumbres del momento
El fin que
despertó la incertidumbre
Siento
la satisfacción de la certeza. El chavismo ha sido descabezado.
Dediqué
gran parte de mi trabajo a combatir un régimen que durante 27 años conculcó la
libertad de prensa y de expresión, secuestró los poderes públicos y vació de
sentido el derecho al voto frente a liderazgos legítimos como los de Juan
Guaidó y Edmundo González Urrutia. Una “revolución” que encarceló disidentes,
devoró a la oposición y exportó una ideología enfermiza financiada con
petrodólares. Su mayor “logro” fue una tragedia histórica, convertir la riqueza
en miseria y expulsar a más de ocho millones de venezolanos de su tierra.
Pero tras la certeza aparece la ansiedad por lo incierto. ¿Está
realmente muerto este monstruo de mil cabezas? ¿El chavismo se sostenía solo en
Nicolás Maduro? ¿Puede la vicepresidenta del chavismo, Delcy Rodríguez, abrir
las puertas a la oposición? ¿De verdad María Corina Machado o González Urrutia
carecen del consenso necesario para liderar una transición, como sugirió Donald
Trump? ¿Qué pasará con los líderes chavistas a quienes EE.UU. acusa de los
mismos delitos que pesan sobre Maduro y su esposa? ¿Convertirá EE.UU. a
Venezuela en un protectorado durante la transición? ¿Habrá, siquiera, una
transición?
Días atrás publiqué una columna en El Tribuno de Salta en la que analizo la lógica de este “segundo acto” de Trump, su pragmatismo visceral, su desdén por la institucionalidad y una visión en la que la seguridad y la política no se rigen por principios, sino que se negocian por costos. Leer en post anterior.
enero 03, 2026
Trump: cuando el espectáculo devora la gestión
Esta columna fue publicada el 28 de diciembre de 2025 en el anuario del diario El Tribuno de Salta, Argentina. Este es el enlace al Anuario: Anuario 2025 | PDF | Donald Trump | Gobierno americano
Por Ricardo Trotti
Escribir desde la neutralidad sobre Donald Trump se ha convertido en un ejercicio de alto riesgo. Cualquier análisis que reconozca un acierto de gestión se interpreta como un halago servil y cualquier crítica a su estilo pendenciero o a la erosión de las normas cívicas se lee como un ataque partidista.
El problema para el periodismo, y por extensión, para la ciudadanía, es que la retórica de Trump actúa como una niebla densa y asfixiante. Los hechos concretos, aquellos datos que en cualquier otra presidencia serían medidos en gráficas, quedan secuestrados por su verborragia. Su estilo volátil, que cambia de humor, dirección y víctimas a cada hora, desdibuja el fondo de sus políticas. La política deja de ser gestión y se convierte en espectáculo, una lógica en la que, como advirtió Vargas Llosa, la forma termina devorando al contenido.
Pero todo ello no es improvisado. En este segundo y último mandato es también una forma de aceleración deliberada. A diferencia de su primera presidencia, cuando aún chocaba con límites institucionales y con un Congreso en minoría, Trump gobierna ahora con la seguridad de quien ya no busca legitimarse, sino consumar su proyecto, consciente de que su tiempo político tiene fecha de caducidad.
Felicidad de bolsillo
En el terreno económico es donde la dicotomía entre el personaje y el ejecutor es más compleja. Trump ganó la elección porque entendió que los demócratas, en su torre de marfil de estadísticas macroeconómicas, ignoraron la felicidad del bolsillo. Mientras hablaban de la defensa abstracta de la democracia o de cifras de desempleo, Trump le habló al ciudadano que veía con angustia cómo su compra semanal de supermercado costaba más que el año anterior.
Ahora, en el poder, la paradoja se agudiza. Ganó prometiendo pelear contra la inflación y los altos costos de los medicamentos, pero su guerra de tarifas, ese “tarifazo” al mundo que usa los aranceles como herramienta de negociación geopolítica y que muchos viven como extorsión, presiona los precios internos al alza. Aunque el proteccionismo tiene un costo que paga el consumidor final, esa misma agresividad ha logrado que industrias estadounidenses que habían huido hacia la mano de obra barata en el extranjero vuelvan a invertir en el país, seducidas por la desregulación o aterradas por las sanciones.
Trump ha aplicado la filosofía conservadora de Ronald Reagan —menos impuestos, Estado más chico— pero inyectada con una dosis de populismo nacionalista. Sin embargo, la promesa de desmantelar la burocracia, encomendada con bombos y platillos a Elon Musk como emblema de una eficiencia radical, se ha topado con la realidad. El gasto público sigue prácticamente intacto y la reducción prometida no se ha materializado.
A Trump no le preocupa el déficit ni la ortodoxia fiscal. Le importa la percepción de bonanza inmediata. Esa lógica lo lleva incluso a negar la experiencia cotidiana, como cuando afirmó hace poco que la crisis de accesibilidad “es una mentira”, en abierta contradicción con lo que cualquier ciudadano constata frente a la góndola del supermercado. Para su base, sin embargo, esa “verdad” pesa más que los hechos.
enero 01, 2026
Dejemos que el 2026 se despliegue solo
He decidido dejar de consumir ese ruido. Las predicciones no son más que la fallida esperanza que ponemos en la compra de un billete de lotería, una ilusión de control sobre un futuro que, por suerte, no nos pertenece.
En realidad, estas supuestas "visiones" son otra cara de la mentira con la que nos venden certezas empaquetadas para calmar una ansiedad que retroalimentan cada año. Es una forma de posverdad que ignora la realidad de los "Cisnes Negros". Nadie fue capaz de predecir una pandemia que detuvo el planeta, ni la mutación hacia el trabajo remoto, ni el maremoto de una IA que hoy lo redefine todo.
El futuro no se anuncia; simplemente sucede mientras los analistas nos distraen con ficciones convenientes.
Prefiero rescatar la imperfección de la incertidumbre. Hay algo profundamente humano y liberador en no saber qué pasará mañana. Es en ese vacío donde realmente podemos construir algo propio, sin el guion de otros.
Menos predicciones, más presente. Dejemos que el año se despliegue a su ritmo, con toda su bendita incertidumbre.
diciembre 19, 2025
El dimmer de la autocensura
Todos los periodistas y los medios llevamos un dimmer incorporado. No es un interruptor tajante de encendido o apagado, sino un regulador silencioso de autocensura para graduar la intensidad de la luz que proyectamos sobre los hechos.
Hablamos del mecanismo por el cual el periodista
o el medio callan, omiten o matizan para esquivar una amenaza. Es el sacrificio
de una parte de la verdad —sin necesidad de tergiversarla— con el único fin de
sobrevivir. Por mucho tiempo ese silencio lo dictaba la violencia directa. Hoy,
el regulador se activa por factores más invisibles, como el escarnio público,
las demandas con resarcimientos estratosféricos y las campañas de odio que
buscan asfixiar los hechos antes de que sean revelados.
La autocensura avanza hoy más rápido que la
censura directa. Así lo advierte la Unesco en su reciente estudio sobre
Tendencias Mundiales en Libertad de Expresión. Mientras esta libertad cayó un
10 por ciento en la última década, la autocensura en los medios aumentó un 63
por ciento. Es el riesgo más silencioso para la libertad de prensa porque no
necesita prohibiciones burdas; opera mediante la estigmatización y el
hostigamiento sistemático desde el poder.
En las Américas, esta práctica no distingue
ideologías. Desde las "mañaneras" del anterior presidente de México
hasta los espacios de descrédito en la Casa Blanca, el objetivo es la
carnicería reputacional. Llamar a los periodistas "sicarios de
tinta", "cerditas" o "enemigos del pueblo" no busca
debatir, sino deshumanizar para que el ataque posterior resulte aceptable. Es
una estrategia que recorre todas las ideologías, desde Trump a Milei o desde
Petro a Maduro.
En América Latina, la autocensura ha sumado la
represalia contra familiares de los periodistas. Gobiernos como los de Cuba,
Nicaragua o Venezuela han convertido el afecto en un arma de control. Cuando el
castigo se extiende por proximidad, el silencio pasa a ser una forma de
protección biológica, es cuando el cerebro activa sus circuitos de
supervivencia y el miedo desplaza al juicio crítico. Bajo presión, la prioridad
deja de ser la verdad y se pasa a bajar la intensidad de la luz sobre los
hechos.
Incluso las demandas por honor se han
transformado en herramientas de asfixia. Hoy, al ser económicamente
desproporcionadas —como la de Trump contra la BBC por 8.500 millones de
dólares—, ya no buscan restaurar reputaciones, sino generar docilidad. Aunque
el medio gane el juicio, la demanda cumple el objetivo de agotar o desviar
recursos y enviar una señal intimidatoria al resto del ecosistema.
Ante este aumento de la autocensura, los medios y
los periodistas tenemos la responsabilidad de encontrar formas creativas y
valientes para que este regulador no coarte nuestro deber de informar. Una
democracia puede sobrevivir a la censura cuando la reconoce y la enfrenta, pero
difícilmente sobreviva a la autocensura cuando la acepta como normalidad.
Cuando la habitación de la libertad de prensa
queda en penumbra, no es solo el periodismo el que pierde claridad; es la
sociedad entera la que empieza a caminar a oscuras.
diciembre 08, 2025
A Nobel for Infantino
All of this is in response
to FIFA's enthusiasm, which, during the 2026 World Cup draw, decided to grant
Donald Trump the first "Peace Prize." Whether the former U.S.
president deserves it or not is a matter for another debate.
The real question is
different: What is FIFA aiming for by handing out political awards while
ignoring its own statutes? Meanwhile, the NBA and the NFL are conquering
markets by taking games to Madrid, Paris, or Mexico City. They are expanding
into sports; FIFA is pursuing diplomatic marketing.
That FIFA gives out
awards is not the problem. The problem is giving them outside the realm of
soccer, as if it felt like the chancellor of the planet. Infantino prefers the
shortcut of political spectacle, a cheap marketing strategy in a country where
men's soccer is still a "Cinderella" story. Although not entirely.
The United States possesses one of the most powerful women's leagues in the
world and a four-time champion national team. Furthermore, thanks to Pelé,
Beckenbauer, Beckham, and now Messi, U.S. soccer has stopped being a guest and
become a protagonist. The final push comes from the 65 million Hispanics who
fill stadiums every weekend—most of them legal, even if Trump insists on
telling a different story.
It is true, soccer can
unite and pacify. But it also feeds racism, chants of hate, and organized
violence. Before handing out peace prizes, FIFA should focus on avoiding
another "FIFAgate," monitoring federations where some officials have
found new ways to benefit themselves, and combating match-fixing and illicit
betting that are sprouting like mushrooms. History is full of warnings,
including that absurd war between El Salvador and Honduras that also started on
a pitch.
Yes, there is corruption
in all disciplines. But that doesn't absolve FIFA, nor does it authorize it to
masquerade as a global statesman. Instead of taking selfies with the three
North American presidents, Infantino could have announced a price cut for World
Cup tickets, so the planet's most popular sport doesn't become an astronomical
luxury.
If it is about peace
prizes, there are plenty of candidates: from the Ukrainian Football
Association, keeping a national team alive in the middle of a war, to the U.S.
women's team fighting for equal pay. And of course, players like Messi or
Ronaldo, and clubs like Real Madrid, Barcelona, Juventus, PSG, or Manchester
City, which unite the planet every weekend without diplomatic pretensions.
Peace is something else.
Soccer is, too. And everyone should stay in their own field.
diciembre 07, 2025
Un Nobel para Infantino
El Comité de los Premios Nobel decidió que Gianni Infantino recibirá el próximo Nobel de la Paz, porque —al parecer— el fútbol es sinónimo de armonía universal. Hollywood no quiso quedarse atrás y entregará un Oscar a Messi por “una asistencia de película” con la que coronó al Inter Miami en la MLS.
Inspirados por la tendencia, los Grammys anunciarán en el Mundial 2026 un premio al cantante que interprete el mejor himno nacional de la historia.
Todo esto en reacción al entusiasmo de la FIFA,
que durante el sorteo del Mundial 2026 decidió otorgarle a Donald Trump el
primer Premio por la Paz. Si el expresidente estadounidense lo merece o no,
queda para otro debate.
La pregunta real es otra: ¿qué pretende la FIFA
repartiendo premios políticos, ignorando sus propios estatutos? Mientras tanto,
la NBA y la NFL conquistan mercados llevando partidos a Madrid, París o Ciudad
de México. Ellos hacen expansión deportiva; la FIFA, marketing diplomático.
Que la FIFA entregue premios no es problema. El
problema es que los entregue fuera del fútbol, como si se sintiera canciller
del planeta. Infantino prefiere el atajo del espectáculo político, una
estrategia de marketing barato en un país donde el fútbol masculino aún es
cenicienta. Aunque no tanto. Estados Unidos posee una de las ligas femeninas
más poderosas del mundo y un seleccionado nacional tetracampeón. Además,
gracias a Pelé, Beckenbauer, Beckham y ahora Messi, el fútbol estadounidense
dejó de ser un invitado para volverse protagonista. El impulso final viene de
los 65 millones de hispanos que llenan estadios cada fin de semana, la mayoría
legales, aunque Trump insista en contar otra historia.
Es cierto, el fútbol puede unir y pacificar. Pero
también alimenta racismo, cánticos de odio y violencia organizada. Antes de
repartir premios por la paz, la FIFA debería concentrarse en evitar otro
FIFAgate, vigilar federaciones donde algunos dirigentes han encontrado nuevas
maneras de beneficiarse, y combatir el amaño de partidos y las apuestas
ilegítimas que crecen como hongos. La historia está llena de advertencias,
incluida aquella guerra absurda entre El Salvador y Honduras que comenzó
también en una cancha.
Sí, hay corrupción en todas las disciplinas. Pero
eso no absuelve a la FIFA ni la autoriza a disfrazarse de estadista global. En
lugar de sacarse selfies con los tres presidentes de Norteamérica, Infantino
podría haber anunciado una rebaja en los precios de las entradas del Mundial,
para que el deporte más popular del planeta no se convierta en un lujo orbital.
Si se trata de premios por la paz, candidatos
sobran, desde la Federación Ucraniana de Fútbol, que mantiene viva una
selección en plena guerra, hasta el equipo femenino de Estados Unidos, que
pelea por igualdad salarial. Y claro, jugadores como Messi o Ronaldo, y clubes
como el Real Madrid, el Barcelona, la Juventus, el PSG o el Manchester City,
que unen al planeta cada fin de semana sin pretensiones diplomáticas.
La paz es otra cosa. El fútbol también. Y cada
cual debería quedarse en su cancha.
diciembre 04, 2025
La IA, tan indispensable e invisible como la electricidad
Quiero agradecer a Gonzalo Marroquín Godoy por la entrevista para revista Crónica de Guatemala, de la que es su director y presidente.
Usted dice que la Inteligencia Artificial cambiará nuestra forma de vivir y trabajar. ¿Cuál cree que será el cambio más profundo que experimentará la sociedad en los próximos cinco años?: Creo que el cambio más radical no será ver robots caminando por la calle, sino que la IA se volverá invisible e indispensable, como la electricidad. En los próximos cinco años dejará de ser una herramienta externa y se disolverá en el ambiente. Estará integrada en cada procesador de texto, en diagnósticos médicos, en sistemas financieros y decisiones cotidianas, ámbitos donde ya opera en silencio. Pasaremos de usar la tecnología a vivir dentro de ella. Será un socio intelectual permanente.
La historia
ofrece un espejo. Con el Internet sucedió igual. Le tuvimos miedo, desconfianza
y luego fue una integración total. La tecnología avanza por ensayo y error. Con
la IA viviremos una etapa similar y habrá ajustes. Un ejemplo son los
periódicos, regalaron contenido creyendo que era el camino y luego vieron el
daño.
Lo que cambiará es la frontera de la creatividad. Cualquiera podrá generar música, imágenes o películas desde su habitación. Pero, paradójicamente, esa facilidad hará más valiosa la chispa humana.
Pueden leer también la entrevista en este enlace: Ricardo Trotti: La IA se volverá invisible e indispensable, como la electricidad
noviembre 18, 2025
Dotar de alma a la IA
En este ensayo uso alma como metáfora técnica. No aludo a lo espiritual, sino a una arquitectura moral interna en la Inteligencia Artificial. Dotarla de alma es sinónimo de darle la capacidad de distinguir el bien del daño y decir no, incluso contra la voluntad del usuario. Sería el freno estructural que impediría a un modelo incentivar suicidios, optimizar torturas, manipular elecciones, diseñar ciberataques, perfeccionar armas caseras o enseñar cómo vulnerar sistemas de salud o energía.
Miami – actualizado diciembre de 2025. (Ensayo paralelo a mi novela “Robots con Alma: atrapados entre la verdad y la libertad”).
Le pedimos que nos guíe en el tráfico, que traduzca idiomas desconocidos y que redacte correos o informes que luego defendemos como propios. Aceptamos incluso sus alucinaciones como verdades, la consultamos por una erupción en la piel, por el “mal de ojo” o por nuestro futuro económico. Y hasta nos sorprende que nuestros hijos conversen con ella como si fuese un amigo más.
La Inteligencia Artificial Generativa (IAG) se volvió una presencia cotidiana, un copiloto al que cedimos el volante de nuestra vida con entusiasmo y miedo a la vez, porque no comprendemos del todo a qué nos exponemos. Su expresión más visible son los Modelos de Lenguaje de Gran Escala (LLM), como ChatGPT, Gemini, Claude o Copilot, capaces de redactar, responder preguntas, traducir y actuar como consejeros o confesores.
noviembre 16, 2025
Un idioma que derriba muros y abre caminos
Por Ricardo Trotti
(8 de mayo de 2025 – publicado por Cuadernos de Periodistas, publicación de la Asociación de Prensa de Madrid, España) El español en Estados Unidos: un idioma que derriba muros y abre caminos)
Corría el verano de 1976 cuando aterricé en las vastas llanuras de Dakota del Norte como un joven estudiante de intercambio. Jamás imaginé que me convertiría en un puente lingüístico para los trabajadores golondrinas, aquellos hombres y mujeres de origen mexicano cuyo trabajo en los campos de remolacha alimentaba la central azucarera del pueblo. Aunque la tierra les brindaba sustento, el español, por sí solo, aún no era la llave para superar las barreras de comunicación y las limitaciones que enfrentaban a diario.
noviembre 15, 2025
Conciencia artificial y libre albedrío
Quiero agradecer a los académicos de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas, los profesores Manuel Eurásquin y Francisco Tucci, conductores del programa ContraCara por UPC TV, por esta entrevista sobre “Robots con Alma: atrapados entre la verdad y la libertad”. La entrevista sucedió unos días antes de que se celebrara la Semana Internacional de la Comunicación en esa misma universidad. Agradezco también a Úrsula Freundt, decana de la Facultad de Comunicaciones de esta prestigiosa casa de altos estudios, quien hizo posible mi participación en ambos eventos.
https://www.youtube.com/watch?v=eLPz6xla4_0
Hablamos sobre temas interesantes, como derechos y dignidad artificial; libre albedrío, verdad y desinformación; conflicto teológico y filosófico, guerra, propaganda y manipulación; filosofía artificial y legado humano; procesos de paz y gobernanza, entre otros.
octubre 15, 2025
El sesgo moral del lenguaje periodístico
Soy suscriptor y admirador del periodismo de El País de España y de lo que producen sus redacciones en los países americanos. En estos días leí mucho de lo que expresó su director sobre el criterio editorial y sobre lo que dijeron sus periodistas en el Congreso de la Lengua en Arequipa. Sin embargo, me permito hacer la siguiente reflexión para que se evite la arrogancia periodística. Hablaron sobre el lenguaje, pero quiero referirme al sesgo moral del lenguaje periodístico.
El periodismo, incluso el más prestigioso, no escapa a ese sesgo moral que se esconde en las palabras o dentro del criterio editorial soberano que se proclama a conveniencia.
Basta
revisar cómo El País, por ejemplo, clasifica a algunos presidentes.
Donald
Trump y Javier Milei son “ultraderecha”; Nayib Bukele, “autoritario”. Pero a
Nicolás Maduro, Daniel Ortega o Miguel Díaz-Canel rara vez se los describe como
“ultraizquierda”. A Petro y Lula se los llama “izquierda progresista”, y a
Pedro Sánchez, “socialista”.
El
lenguaje define el marco moral de la noticia. “Ultraderecha” no solo ubica, sino condena. “Progresista” no solo describe, sino absuelve. Así se construye una
narrativa donde la derecha se asocia con el peligro y la izquierda con el
matiz.
No se
trata de mala fe. Es un reflejo estructural de la cultura del medio y de su
público.
El periodismo progresista, al igual que el conservador, suele juzgar desde su propia fe secular. Pero cuando el periodista sustituye el testimonio por el juicio, deja de informar para comenzar a educar moralmente al lector.
En
tiempos donde la propaganda se disfraza de análisis y la opinión se maquilla de
información, el deber del periodista es resistir el impulso de calificar.
Nombrar con precisión, sí; pero sin repartir absoluciones ni condenas. Que el lector o el público lo haga, no el periodismo.
El periodismo necesita menos dogma y más humildad.
octubre 06, 2025
El presente de la IA en el espejo del futuro
Quiero agradecer
a June Erlick, editor-in-chief de la prestigiosa ReVista, Harvard Review of
Latin America, por haberme invitado como colaborador de esta edición con
una nota sobre mi novela Robots con Alma: atrapados entre la verdad y la
libertad y como esta ciencia ficción del futuro se comunica con nuestro
presente atravesado por la IA.
Este es el enlace:
https://revista.drclas.harvard.edu/giving-a-soul-to-ai-when-fiction-illuminates-the-ethics-of-the-present/
El activismo periodístico: una herida autoinfligida (post 3)
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