enero 09, 2026

La seducción de la "mano dura"

La captura de Nicolás Maduro por parte del gobierno de Estados Unidos desató reacciones y análisis de todo tipo, atravesados por lecturas políticas, ideológicas y emocionales.

Prefiero detenerme en otra lectura, la de un cóctel peligroso. La de una opinión pública crecientemente seducida por liderazgos fuertes y, al mismo tiempo, atravesada por una fatiga democrática que ya no disimula.

Ese cruce entre el aplauso a los resultados firmes y el desencanto con la democracia, como muestran encuestas desde distintos ángulos, revela un patrón claro. Cuando pesan la inseguridad, la falta de bienestar económico, la corrupción persistente y la sensación de estancamiento, el atractivo se desplaza hacia figuras que prometen orden y decisión. A veces es el carisma, pero casi siempre es el desgaste acumulado de partidos, instituciones y reglas que estos líderes saben explotar para exhibir fuerza. De ahí la popularidad de dirigentes dispuestos a tensar o saltar controles democráticos como Donald Trump, Javier Milei, Nayib Bukele, Daniel Noboa o José Antonio Kast, ante una ciudadanía que parece decir “no me importan los procesos, quiero resultados”.

Tensar o cruzar límites democráticos para alcanzar objetivos no es una novedad. En América Latina, esta licencia que el pueblo concede en un primer momento a líderes mesiánicos suele inscribirse en un movimiento pendular conocido. Hasta hace poco, la mano fuerte tuvo otros nombres, como Cristina Fernández de Kirchner, Rafael Correa y Evo Morales. Debilitaron de manera sistemática los controles institucionales y justificaron sus avances en nombre de la voluntad popular y de una supuesta eficacia política. Con el agravante y pecado histórico de haberse apoyado política, económica y estratégicamente en la dictadura de Hugo Chávez y de Maduro, e ideológicamente en una de las dictaduras más longevas y represivas del continente, la de los hermanos Castro y Miguel Díaz-Canel.

La historia confirma que conceder estas licencias a gobernantes de mano dura es una apuesta riesgosa. El caso de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo lo demuestra con crudeza. La anuencia inicial suele derivar en el avasallamiento de las instituciones, la colonización de los poderes públicos, la persecución de la prensa y la oposición, o en reformas electorales diseñadas para perpetuarse en el poder o para que sirvan de cosmética democrática. No es casual que hoy las cárceles latinoamericanas estén pobladas de expresidentes que pasaron del mesianismo al abuso de poder.

Reclamar respuestas firmes y rápidas es comprensible. Aceptarlas a costa de la democracia, en cambio, ha demostrado ser una trampa. Tarde o temprano, el efecto búmeran vuelve contra quienes creyeron que la mano dura era un atajo.


No hay comentarios:

Davos y CAF: paralelismo entre ficción y realidad

A medida que escribo el segundo libro de la trilogía Robots con Alma , avanzo en paralelo con una serie de ensayos de no ficción. Ese trabaj...