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noviembre 01, 2026

Investigar al poder más que a confrontarlo


Les comparto una entrevista que me hizo el periodista y director de la revista Crónica de Guatemala, Gonzalo Marroquín, publicada ayer 31 de octubre de 2026.




En momentos en que la prensa enfrenta grandes retos a nivel global, una voz con experiencia ubica a la profesión del periodismo en su momento actual y Ricardo Trotti, un experto en el tema, mira las oportunidades que se presentan.  En esencia, habla de preservar la profesión haciendo más y mejor periodismo.

Gonzalo Marroquín Godoy

Para entender lo que está sucediendo en el mundo de la prensa, lo mejor es conversar con un experto en el tema.  Ricardo Trotti fue director ejecutivo de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), y un ferviente defensor de la Libertad de expresión en todas las Américas.

Por esa razón, Crónica ha conversado con él y estas son sus respuestas a nuestras interrogantes.

A finales del siglo XX, la prensa no esperaba cambios tan radicales, aún con el inicio de la era tecnológica. ¿Cree que el balance de esa nueva tecnología –internet, redes sociales y ahora la IA– ha sido más negativo que positivo?: Hasta el momento, el balance es deficitario, a pesar de que la tecnología ha sido y sigue siendo una herramienta necesaria para los medios. Desde finales del siglo XX, con la llegada de internet, la tecnología ha ido erosionando paulatinamente las bases económicas del periodismo. Primero, devoró el modelo publicitario; luego, las redes sociales convirtieron la atención en una «prisión sin rejas» basada en algoritmos que premian la indignación; y hoy, la inteligencia artificial amenaza con completar la expropiación del trabajo intelectual raspando contenidos sin pagar por ellos.

El problema es que las empresas tecnológicas ya no usan la tecnología como una herramienta, se han apropiado de sus fines y operan como una nueva competencia desleal para el periodismo, porque controlan la distribución del mensaje y los sesgos de las audiencias, y lo hacen sin los controles, regulaciones ni límites morales que el periodismo tiene y debe preservar.

Algunos analistas del periodismo dicen que la prensa se equivocó al considerar inicialmente como un “gran aliado” a las redes sociales que, con el tiempo se convirtieron en el vehículo ideal para la desinformación… ¿Esas plataformas de redes sociales ayudan o perjudican la prensa?: Fue un error estratégico considerar aliadas a estas plataformas que operan bajo sus propias reglas, saltándose las que rigen a las demás empresas, incluidos los medios. Las empresas de internet, redes sociales y ahora de IA prometieron una distribución global, pero terminaron erigiéndose en nuevos censores y propietarios de la información que ordenan, sintetizan y empaquetan como propia. Encerraron al público en «jardines amurallados» y priorizaron algoritmos diseñados para explotar emociones como la rabia y el miedo, porque la confrontación y la polarización retienen la atención. Todavía vemos, como en las elecciones de este domingo en Brasil y en las que se avecinan en EEUU, como la tecnología es usada para manipular la conciencia colectiva.

El internet y las nuevas tecnologías de comunicación cambiaron también el mundo de la publicidad, y con ello, golpearon a la industria de periódicos (impresos), que primero tuvieron que recortar sus redacciones y muchos se han visto obligados a cerrar por falta de recursos. ¿Tienen futuro los periódicos?: El papel, como soporte físico, enfrenta una contracción inevitable; es un modelo casi agotado que, tarde o temprano, dejará de existir como medio de comunicación. Pero el periodismo, en cambio, tiene un futuro indispensable, cada vez más necesario, como lo ha demostrado la influencia de la radio desde siempre. No podemos ahora lamentar el error estratégico de haber depositado la confianza en las promesas que las plataformas hicieron a los medios, con modelos de negocio basados en la publicidad programática o en el click. Para mí, lo peor de todo esto es que los medios, que siempre fueron líderes, terminaron por correr detrás de las empresas tecnológicas que están en otra carrera, muy distinta de la que rige la cultura del periodismo.
La lección es cara. Los medios todavía están pagando un alto precio por haber creído en esas bondades.
El futuro radica en volver a encontrar las herramientas que siempre hicieron necesario el periodismo, entre ellas, la independencia del poder, en este caso, el económico, como lo representan estas empresas tecnológicas, convertidas ya en un poder político y social de relevancia.

No es noticia nueva, pero el acoso de gobiernos autoritarios –más allá de las dictaduras– muestran una tendencia a perseguir periodistas y medios independientes en todas las Américas para silenciarlos por la vía judicial. Además, constantemente desacreditan la profesión y a los medios, causando dudas sobre su credibilidad. ¿Cómo se puede defender la prensa frente a los poderes del Estado?: El riesgo de la hostilidad oficial es que opera por efecto acumulativo y por contagio. La estigmatización, además de incentivar la violencia física, activa el acoso judicial mediante «demandas SLAPP», querellas millonarias diseñadas por políticos y funcionarios para disciplinar al periodismo y forzar su autocensura.

Es difícil luchar contra esto porque los medios tienen recursos limitados y su atención se centra en la defensa de la democracia. Entonces, el periodismo debe responder documentando los atropellos, identificando patrones y escalando las denuncias a las organizaciones pertinentes para elevar el costo político de atacar a la prensa. El periodismo no debe gastar energías en defenderse ni responder al insulto con agravios; debe investigar más al poder.
Recientemente, Trotti recibió un reconocimiento en la universidad de Columbia (EEUU), por su trayectoria en defensa de la libertad de prensa en el hemisferioi.
El caso Watergate, que se destapó con información de los periódicos más importantes de EEUU, ¿es algo que ya no veremos más?:Seguiremos viendo grandes investigaciones del tipo Watergate, pero su metodología ha cambiado. Antes, la investigación consistía en revisar físicamente miles de carpetas polvorientas. Hoy, como se demostró con los Panama Papers, el LavaJato o erl FIFAgate, el periodista utiliza la tecnología para procesar millones de documentos filtrados. Quizás el mayor reto de estos tiempos, ante el avance de la desinformación y de los algoritmos cargados de sesgos, es la prueba de la verdad. Una parte del público, pese a las evidencias, seguirá ignorando o, al menos, sospechando de la verdad. El grave problema es que, debido a la crisis de sostenibilidad provocada por las tecnológicas, hay cada vez menos medios con los recursos físicos y económicos necesarios para realizar investigaciones de gran envergadura. El modelo Watergate puede estar agotado, pero el modelo de periodismo transnacional e intermedios tiene grandes oportunidades.
Dicen que las noticias falsas (fake news) corren siete veces más rápido que las noticias verdaderas de los medios serios. ¿Se puede luchar contra esto?: Antes de luchar, hay que comprender las reglas del juego y que, en este campo, estamos en desventaja. Primero, la verdad es compleja, ya que requiere verificación y tiempo; y segundo, la falsedad explota las vulnerabilidades emocionales y resulta adictiva, máxime con los sesgos que impulsan los algoritmos. Pero esta asimetría es lo que vuelve al periodismo más necesario y relevante que nunca, así que diría que estamos ante una gran oportunidad. La verdad siempre ha sido la materia prima del periodismo, y es esta la que le otorga una ventaja competitiva y comparativa frente a las demás disciplinas.Es decir, los principios tradicionales son la salvaguarda de nuestra profesión.

¿Qué debería hacer la prensa y las organizaciones de prensa para contrarrestar esta situación y volver a calar en la mente de la opinión pública como “los que verdaderamente informan” ?: La credibilidad y la confianza no son automáticas; se construyen con mucho esfuerzo, día a día. Hay que rescatar como prioritarios los principios fundamentales formulados hace más de un siglo por Walter Lippmann, entre ellos la rigurosidad por la verdad y la exactitud y, agregaría en esta época de desconfianza masiva, un alto sentido de la transparencia.

Las alianzas y la solidaridad entre los medios y entre las organizaciones de prensa son más útiles que nunca, ya sea para contrarrestar los ataques del poder, distribuir información o negociar con más fuerza con las plataformas.

Ahora retirado de las actividades al frente de la SIP, Trotti sigue escribiendo una columna, pero además desarrolla su arte: pinta y escribe… En la gráfica una de sus pinturas de la serie «Flores»…

Uno de tus campos de investigación ha sido la IA. Ahora se habla mucho de “aprovecharla”. ¿Qué riesgos y oportunidades hay para el periodismo moderno?

La gran oportunidad es que el periodista evolucione de ser un mero redactor de tareas rutinarias a convertirse en un director de IA. La IA puede liberar el trabajo mecánico, ya sea transcribir, procesar volúmenes masivos de datos, para devolvernos a lo esencial: pensar, investigar y fiscalizar. Lo que no se puede hacer es delegar la responsabilidad en la IA. La supervisión debe ser siempre humana, porque la IA no tiene prestigio ni credibilidad que perder.

Para los medios, hay que distinguir entre lo que la IA aporta y lo que perjudica; son dos caminos distintos. La tecnología puede ayudar a los medios a crear modelos de negocio sostenibles…

Se habla también del uso que hace la IA de los contenidos de los diarios sin pagar nada a cambio. ¿Qué puede pasar con esto? No es fácil pensar que vayan a prosperar demandas contra los gigantes de la IA.: Justamente estamos presenciando el robo de contenidos a escala industrial y la inversión de la cadena de valor. Los medios invierten millones en investigaciones y verificación en el terreno; luego, los motores de IA «raspan» esa información, la sintetizan en «resúmenes” con cero clics y retienen al usuario en sus plataformas sin derivar tráfico ni compensar a la fuente. Chartbeat y la Fundación Reuters acusan de que el tráfico hacia los medios cayó, en promedio, un 43% a nivel global en el último año.

Las demandas individuales de los medios contra las plataformas pueden prosperar, pero serán una gota en el desierto. Creo más bien en la solidaridad de los medios y las asociaciones como la única forma de ejercer presión sobre los gobiernos, para que obliguen a las plataformas a sentarse a la mesa de negociación. Hay ejemplos claros, como Australia, Canadá, Francia y España, en los que las demandas colectivas han tenido un efecto positivo para los medios.

Confío en que la coalición SPUR, que se originó en Inglaterra y hoy ya cuenta con la SIP y otras organizaciones nacionales de América Latina, es el camino correcto. Las plataformas responden a la presión, y SPUR es una forma de ejercerla.

Ahora se olvida lo que la prensa ha sido para la democracia y las libertades de las personas… ¿qué le dirías sobre este tema a un crítico de la prensa hoy en día?: La prensa libre es sinónimo de libre empresa y de que no existen mercado ni democracia que funcionen sin un periodismo independiente que fiscalice el poder. La prensa es un sistema imperfecto, pero es el único mecanismo de defensa de la sociedad frente a la corrupción y el autoritarismo.

Hay que invertir el sentido de la pregunta. ¿Qué pasaría si desapareciera la prensa independiente? ¿Quién auditará las licitaciones públicas de una comunidad? ¿Quién denunciará los abusos de las fuerzas de seguridad o el desvío de fondos en la salud pública?

Los mismos magnates tecnológicos que hacen lobby para oponerse a las regulaciones y que desconocen la propiedad intelectual de los medios necesitan de una prensa libre para que sus propios contratos y sus propiedades se respeten.

Los medios son indispensables para el equilibrio democrático.

¿Sustituirán los “influencers” a los periodistas, aunque su información no pase por un riguroso proceso de verificación?: Los influencers no los sustituirán, solo conviven con los periodistas en el terreno del entretenimiento, la divulgación informal y la captación de la atención.

Los datos del Digital News Report del Reuters Institute muestran cómo figuras del pódcast o de TikTok captan grandes audiencias y cómo los políticos populistas los prefieren porque no les hacen preguntas incómodas.

Un influencer vive de la complacencia de su comunidad, de la monetización de su marca personal y del estímulo emocional. El periodista, en cambio, vive del rigor, de la incomodidad frente al poder y de someter cada dato a un protocolo de verificación y de responsabilidad legal.

No se puede comparar el valor que cada uno tiene en la sociedad.

12. ¿Qué le dirías a los periodistas de un diario hoy en día… cuál debe ser su actitud ante las embestidas de los gobernantes, el desprestigio en redes sociales y la desinformación imperante?

Los periodistas deben abrazar los valores tradicionales e insustituibles del periodismo y actuar y responder con responsabilidad ética.

Los periodistas no deben dejarse arrastrar al fango político de la provocación y deben responder con más periodismo.

Frente al desprestigio en redes sociales, no deben competir en la carrera de la agresividad ni del clickbait. No deben convertirse en activistas, deben seguir ejerciendo como periodistas, porque en estos dos campos hay tanta distancia como la que existe entre el influencer y el periodista.

agosto 30, 2026

Solidaridad mediática ante la dictadura tecnológica


Esta semana, Meta acordó pagar 18.000 millones de dólares para cerrar el juicio que enfrentaba en Estados Unidos por el diseño adictivo de Facebook e Instagram y los daños causados a menores. Lo valioso del acuerdo es que Meta deberá implementar límites de uso, restricciones nocturnas, controles parentales, cambios en las notificaciones, entre otras medidas.

Tras años de resistencia política y de vacíos legales, los tribunales terminaron por poner límites a una industria que crece más rápido que las leyes.

Además de lo que esto implicará para YouTube, TikTok y otras plataformas, es una lección que la prensa debería examinar de cerca, en especial por el apetito de la inteligencia artificial por los contenidos periodísticos.

Las empresas de IA, como Gemini, ChatGPT y Claude, entre otras, necesitan información nueva y de archivo de los medios para alimentar sus sistemas y atraer usuarios. A esto se suma que los medios vienen perdiendo lectores y publicidad desde la irrupción del internet, algo que ahora se agudizará con el despliegue de publicidad por parte de las plataformas de IA.

El caso Meta muestra a los medios que los tribunales pueden convertirse en una vía única y necesaria. Ya existen demandas de medios contra empresas de IA por disputas sobre derechos de autor y el uso de contenidos, pero son altamente costosas y las libran medios grandes y con recursos.

Diarios como el New York Times pueden contratar abogados, negociar una licencia millonaria o llegar a un acuerdo individual con una empresa tecnológica. Pero un medio pequeño con 5, 10 o 20 mil lectores no tiene billetera para hacerlo ni músculo para enfrentarse a una compañía cuyo valor de mercado supera el de un país entero.

Y ahí está el peligro.

Si los acuerdos con la IA terminan beneficiando solo a los grandes grupos de medios, la tecnología acelerará la concentración que ya está debilitando al periodismo. Los grandes sobrevivirán mejor. Los pequeños desaparecerán más rápido y así se expandirán los llamados “desiertos informativos”. 

Los pequeños medios de Argentina, Estados Unidos o México cumplen una función de supervisión democrática. Estudios académicos muestran cómo la desaparición de un medio en una localidad acelera los niveles de corrupción y las injusticias en la comunidad, al tiempo que disminuye la transparencia pública y privada, así como la participación en las elecciones y en asuntos escolares, de salud pública, entre otros.

Si bien es legítimo que los grandes medios busquen acuerdos con las empresas de IA, es un error que negocien por cuenta propia.

Las experiencias de Australia y Canadá ofrecen una pista. La autoridad de competencia permitió que Country Press Australia, que agrupa a 81 editores y 160 periódicos regionales, negociara colectivamente con Google y Facebook. Lo mismo ocurrió en Canadá, donde la Ley de Noticias en Línea obligó a Google a pagar 100 millones de dólares canadienses anuales, indexados a la inflación. Una entidad autónoma reparte ese fondo entre 1.500 medios, en función del número de periodistas que emplean.

Francia sumó su propio precedente en 2022, cuando Google llegó a un acuerdo de derechos conexos con 450 editores agrupados en la Alianza de la Prensa de Información General por 500 millones de euros. Y en España, a fines de 2025, un tribunal de Madrid condenó a Meta a pagar 479 millones de euros a 87 medios agrupados en la Asociación de Medios de Información, por el uso de datos personales de los usuarios para su publicidad.

El éxito de estos cuatro casos residió en la solidaridad de los medios para alcanzar acuerdos que beneficiaran proporcionalmente a todos, grandes, medianos y chicos.

América Latina debe mirar cada vez más hacia estos antecedentes. La responsabilidad recae en las asociaciones de medios y de periodistas para lograr esta solidaridad. La fuerza corporativa de las instituciones puede llevar a los tribunales reclamos colectivos, negociar licencias colectivas y construir mecanismos para que los medios pequeños y medianos tengan una voz que, individualmente, jamás tendrían frente a Google o las empresas de IA.

Muchos medios ya han firmado acuerdos individuales con Google a través de programas como News Showcase. Pero son pactos negociados a puertas cerradas, sin estándares uniformes ni supervisión pública, y benefician a quien los firma, no al ecosistema informativo en su conjunto.

Si asumen esta responsabilidad, las asociaciones de prensa no solo defenderán a sus asociados, sino que también promoverán la diversidad y la pluralidad de los medios que la democracia demanda.


febrero 05, 2026

La verdad sin neutralidad resta libertad (post1):

Esta es la primera de una serie de reflexiones sobre la verdad periodística. Nace de una preocupación que se ha ido acentuando con los años al escuchar, en foros, seminarios y debates públicos, a periodistas y directores de medios hablar de la verdad con un tono que roza el marketing. Se la invoca como sello de calidad y como rasgo distintivo frente a otros medios, las redes sociales o la inteligencia artificial.

En periodismo solemos afirmar que la verdad periodística, basada en la verificación, el contraste de fuentes y la responsabilidad pública, es suficiente para neutralizar un mundo de postverdad construido sobre mentiras, desinformación y teorías conspirativas. Nuestra verdad, se repite, sería el antídoto para frenar la polarización, salvar la democracia y recomponer el vínculo y la confianza con la sociedad.

Durante mucho tiempo dimos por sentado que decir la verdad alcanzaba. Esa convicción es incompleta y necesita una revisión honesta.

Desde que pisé por primera vez una sala de redacción me acompaña una incomodidad persistente. La sensación de que los periodistas y los medios hablamos mucho de la ética de los otros, pero poco de la propia. Defendemos con razón la verdad frente a la mentira, pero rara vez nos detenemos a pensar cómo contamos esa verdad y qué efecto tiene esa forma de contarla en la libertad del lector.

La manera en que vemos y narramos la realidad se apoya en la libertad de prensa. De allí surgen el criterio editorial, la pluralidad de miradas y la diversidad de medios, todas legítimas. Pero es la libertad de expresión la que debe guiar ese ejercicio, porque es la que le permite al lector pensar la verdad con criterio propio.

Solemos ampararnos en que nuestra verdad responde a un criterio editorial, al ADN del medio. Eso es válido. Ningún medio observa la realidad desde el vacío. El problema aparece cuando ese criterio deja de ordenar los hechos y empieza a conducirlos. Cuando los hechos se ajustan a una idea previa de cómo deben ser contados, la verdad deja de abrirse al lector y se le entrega ya interpretada.

Una verdad con sesgo no necesita mentir. Le basta con seleccionar, enfatizar, omitir o adjetivar. Los datos pueden ser correctos, pero la mirada ya no es limpia. La emoción se impone sobre la comprensión y el camino del juicio propio del lector queda cerrado de antemano.

Sin neutralidad, la verdad informa, pero reduce la libertad o, lo que es peor, no construye ciudadanos libres.

La neutralidad no es ingenuidad ni renuncia al criterio editorial. Es una práctica profesional exigente. Supone disciplina y contención. Implica resistir el impulso de empujar al otro hacia una conclusión y dejar espacio para que el lector piense, dude y decida.

Esta convicción me llevó a publicar en 1993 La dolorosa libertad de prensa. En busca de una ética perdida. Allí señalaba mi preocupación por la ausencia de autocrítica y de una conversación sostenida sobre ética profesional que nos debemos los periodistas.

La preocupación sigue abierta. En esta era es necesario debatir cómo sostener un criterio editorial sin perder neutralidad. En especial, cómo contar la realidad sin quitarle al lector la libertad de pensarla por sí mismo.

octubre 15, 2025

El sesgo moral del lenguaje periodístico

Soy suscriptor y admirador del periodismo de El País de España y de lo que producen sus redacciones en los países americanos. En estos días leí mucho de lo que expresó su director sobre el criterio editorial y sobre lo que dijeron sus periodistas en el Congreso de la Lengua en Arequipa. Sin embargo, me permito hacer la siguiente reflexión para que se evite la arrogancia periodística. Hablaron sobre el lenguaje, pero quiero referirme al sesgo moral del lenguaje periodístico.

El periodismo, incluso el más prestigioso, no escapa a ese sesgo moral que se esconde en las palabras o dentro del criterio editorial soberano que se proclama a conveniencia.

Basta revisar cómo El País, por ejemplo, clasifica a algunos presidentes. 

Donald Trump y Javier Milei son “ultraderecha”; Nayib Bukele, “autoritario”. Pero a Nicolás Maduro, Daniel Ortega o Miguel Díaz-Canel rara vez se los describe como “ultraizquierda”. A Petro y Lula se los llama “izquierda progresista”, y a Pedro Sánchez, “socialista”.

El lenguaje define el marco moral de la noticia. “Ultraderecha” no solo ubica, sino condena. “Progresista” no solo describe, sino absuelve. Así se construye una narrativa donde la derecha se asocia con el peligro y la izquierda con el matiz.

No se trata de mala fe. Es un reflejo estructural de la cultura del medio y de su público.

El periodismo progresista, al igual que el conservador, suele juzgar desde su propia fe secular. Pero cuando el periodista sustituye el testimonio por el juicio, deja de informar para comenzar a educar moralmente al lector. 

En tiempos donde la propaganda se disfraza de análisis y la opinión se maquilla de información, el deber del periodista es resistir el impulso de calificar. Nombrar con precisión, sí; pero sin repartir absoluciones ni condenas. Que el lector o el público lo haga, no el periodismo.

El periodismo necesita menos dogma y más humildad.


septiembre 27, 2025

Principios irrenunciables para el Periodismo

Tuve el privilegio de presentar esta semana Robots con Alma en el Colegio Universitario Politécnico (CUP) de Córdoba, donde estudié Periodismo en mi juventud. Cómo la inteligencia artificial afectará al Periodismo en el futuro fue el tema principal de la charla con los alumnos y un grupo de profesores liderados por Florencia y José Pérez Gaudio.

Hace más de 40 años tenía más dudas que certezas sobre la profesión que abrazaba. Escribíamos con máquinas de escribir y copiábamos con papel carbónico. Hoy contamos con herramientas avanzadas, internet, redes sociales, IA generativa, pero los dilemas son los mismos. ¿Para qué servimos? ¿Cómo educamos, orientamos y provocamos reflexión? ¿Sobrevivirá nuestro trabajo en el futuro de la superinteligencia?

La respuesta está en lo esencial. Las herramientas cambian, los principios permanecen. Así fue con la imprenta, la radio o internet, y así será ahora. Lo importante no son las tecnologías que usamos, sino los principios que nos guían. Buscar la verdad, defender la libertad, practicar la bondad y desplegar la creatividad.

Las tecnologías son pasajeras; los principios, atemporales. Y en tiempos de algoritmos que nos vigilan, de burbujas que refuerzan prejuicios y de máquinas que hasta ponen a prueba nuestra creatividad, necesitamos reforzar nuestros valores.

En mi propio recorrido he encontrado tres verbos que sintetizan un periodismo con alma, que se alinean a los principios del Periodismo Idea, filosofía de Miguel Pérez Gaudio, fundador del CUP, basados en educar, orientar y hacer pensar, entre otros.

·       Defender la libertad como garante de la democracia y el bien común.

·       Descubrir la verdad para iluminar los que se quiere mantener oculto.

·       Inspirar con creatividad y bondad para fortalecer la conciencia ciudadana.

Los principios, y no las herramientas, son los que hacen que el periodismo prevalezca en el tiempo. Son la brújula frente a cada revolución tecnológica y el alma de la profesión. Y no deben ser solo declarativos. Aristóteles nos recuerda que los principios se practican hasta convertirlos en hábito.

 

mayo 06, 2018

Las mentiras en la democracia


Se celebró el Día Mundial de la Libertad de Prensa y en casi todos los discursos se aludió a la proliferación de noticias falsas, el gran dolor de cabeza de esta nueva etapa de la era digital.

Nadie hizo autocrítica ni pidió disculpas. Sí se propusieron, y en abundancia, fórmulas para contrarrestarlas y eliminarlas de la faz de la Tierra. Muchos gobiernos y legisladores, consideran que la regulación es la única forma de controlar a las fake news. Como argumento reclaman que se debe defender la democracia, reinstaurar la confianza pública y proteger a los usuarios en las redes sociales.

No creo que el camino sea la regulación. Fue y es la excusa perfecta de los gobiernos autoritarios, siempre en busca de recetas para legitimar la censura. Ante esta nueva moda reguladora, habría que preguntarse: ¿Se debe censurar a los medios y redes sociales, por donde se vehiculizan; o se debe castigar a quienes las originan? Y si se reglamentaran para evitar su intromisión negativa en procesos electorales, ¿no se corre el riesgo de caer en excesos, censurando opiniones, críticas y sátiras de apariencia falsa, pero igualmente válidas?

El peligro es que muchos temas periodísticos - Panamá Papers, FIFAgate, Paradise Papers, Odebrecht – habrían podido censurarse porque en sus inicios fueron rumores y datos dudosos, que alguien pudo haber reclamado por tratarse de noticias falsas.
Por esto creo que soportar mentiras, es el precio a pagar para descubrir verdades. La falsedad, incluso con la intención de causar daño, es el precio por vivir en libertad y con libertades de prensa y expresión.

Los legisladores no deberían apresurarse a legislar. Deben ser prudentes, permitir que el tema decante en la opinión pública e incentivar más debate.  Si se legisla cuando todavía existe confusión, se corre el riesgo de sobreactuar y extralimitarse con las prohibiciones.

Preocupa que la atención sobre las mentiras esté enfocada a censurar a los medios y a las redes sociales y no a sus usinas y fábricas. Las más perniciosas están alejadas del Periodismo, más bien son parte de los aparatos de propaganda gubernamentales, como lo demostró la trama rusa en EEUU.

No hay que ir tan lejos a buscar responsables. Todos los gobiernos y partidos políticos, con la ayuda de consultoras y de agencias, contratan ciber militantes que ofrecen servicios de trolls y bots. El trabajo de estos centros de propaganda y manipulación es crear cuentas de usuarios anónimas o con nombres ficticios para hacer campañas de desprestigio, insultar o instalar trending topics y manosear así la conversación pública. Hacerlo no requiere ni mucha profesionalidad ni muchos recursos. Ya no hay campaña política sin estos artilugios.

Algunos gobiernos muestran a cabalidad los efectos y excesos que se cometen cuando se legisla sobre contenidos y mensajes. Las leyes de propaganda enemiga y mordaza en Cuba y Venezuela, criminalizan toda crítica, opinión e información que no se ajuste a la “verdad oficial”, única y autorizada. Muchos periodistas y ciudadanos cumplen sentencias de 20 años de cárcel por el delito de opinión.

Sin dudas que las noticias falsas tienen influencia negativa en la confianza pública, debilitan las instituciones. Son un tema a remediar. Mucho debe pasar por la autorregulación. Facebook, Google y otras empresas digitales necesitan hacer mayores esfuerzos para diferenciar contenidos falsos de los que provienen de fuentes honestas. Deben ser más transparentes en la moderación de contenidos, impedir la publicidad engañosa y evitar la manipulación de los datos de los usuarios.  

El Periodismo debe procurar más calidad en los contenidos. Investigar y hacer del  fact checking un nuevo género periodístico. Todos, medios, redes sociales y gobiernos deben alfabetizar digitalmente a los usuarios para que reconozcan y no viralicen las noticias falsas.

Pero donde se impone estricta legislación es ante gobiernos y partidos políticos. Se necesita más transparencia sobre la financiación de las campañas electorales y sobre sus sistemas de propaganda, fábricas de fake news.  

En casos de información y contenidos, la Primera Enmienda de la Constitución de EEUU es tajante. Prohíbe al gobierno crear leyes que censuren esas libertades, incluidas las noticias falsas. trottiart@gmail.com

octubre 14, 2017

Adictos a nosotros mismos

Los periodistas y medios de comunicación eran los únicos que hasta hace poco tenían el privilegio de informar, comentar y divulgar fotos y videos. Eran quienes dominaban y motivaban la conversación pública.

Ahora esa conversación se ha amplificado gracias a las redes sociales, aunque no significa que la comunicación haya mejorado. A los diarios, la radio y la televisión siempre se les ha achacado abrumarnos con una versión híper negativa de la realidad, pero las redes no han logrado enmendar esa situación.

Por el contrario, se han convertido en un espejo desvirtuado de la realidad, repletas de ficción tipo reality show, de vidas editadas y retocadas en las que se esconden y disfrazan otros yo. Aún peor, nos han hecho adictos de esa realidad virtual, con sensaciones de bienestar o malestar según la cantidad de likes y aprobación recibida.

En realidad, no son las redes el problema, sino la actitud de proyectar imágenes artificiosas de uno mismo que termina desviándose hacia una adicción tan potente como la que ofrece cualquier alucinógeno. Esa tecno dependencia o uso desmedido de las redes y de su extensión natural, los teléfonos inteligentes, atrajeron otros problemas sociales: accidentes de tránsito, diálogos familiares interrumpidos e improductividad laboral.

Las redes nos desnudan y potencian vicios y virtudes que creíamos en otros. Ya no se puede tirar la primera piedra. Descubrimos que el narcisismo no es solo patrimonio de políticos y celebridades y que los poderosos no son los únicos con aires de superioridad. Somos buenos y malos, y lo exhibimos. Damos consejos, somos coach, mostramos lo que comemos, motivamos con frases de famosos y buscamos en las pantallas lo que a veces se nos dificulta encontrar en la vida presencial.

Desinhibidos virtualmente de lo que nos avergonzaría en la vida real, también mentimos, envidiamos, acosamos y envenenamos. Los memes han transformado el humor en pura burla y sátira. Otros muchos usan las redes para delinquir. Los depredadores, estafadores, acosadores y ladrones de identidad consiguieron un escenario ampliado hasta el infinito.

Llega un punto que tanta información y adicción desgasta, cansa y aburre. Así lo demostró un experimento de la organización danesa The Happiness Research Institute. Se le pidió a un grupo de usuarios no usar Facebook por una semana. El resultado fue asombroso. Sin acceso a Facebook, admitieron sentirse más felices, menos solos y que aprovecharon mejor el tiempo. Interactuaron más, tuvieron más concentración y fueron más eficientes en sus trabajos.

No todo es malo. En columnas anteriores he ponderado hasta el cansancio la vitalidad y pluralidad informativa y social que aportan las redes. Solo basta observar su contribución durante los desastres naturales de los últimos meses. Tras el paso atroz de los huracanes por el Caribe o del terremoto en México, la convocatoria espontánea y organizada en las redes sociales sirvió para reencontrar familiares, buscar víctimas y ayudar a los damnificados. Sin Whatsapp, Messenger, Facebook o Twitter las catástrofes hubieran sido peores.

No obstante, por esa solidaridad y unidad descomunal no se puede perder de vista que las redes también engendran y potencian rumores, noticias falsas y propaganda. No solo el “rusiagate” en la campaña electoral estadounidense mostró esos vicios. En el terremoto de México algunos internautas generaron pánico anunciando más sismos inexistentes o inventaron a Frida, una niña de 12 años atrapada bajo los escombros que nunca existió, pero cuyo rescate mantuvo en vilo a la comunidad internacional por varios días.

Por suerte, las compañías tecnológicas, conscientes de los vicios y abusos, están buscando mejorar la comunicación y proteger a los usuarios. Incorporaron botones de alerta, métodos de prevención y denuncia, y están atentas a nuevas amenazas, desde ataques cibernéticos hasta juegos virtuales como la Ballena Azul que incentiva actitudes suicidas en los adolescentes.


Para salir de esta adicción, apagar las redes de nuestras vidas como plantea el instituto danés es imposible. Lo viable, sin embargo, es tomar conciencia de la tecno dependencia, usar las redes con responsabilidad y no permitir que nos afecte la vida ilusoria y paralela que en ellas se proyecta. trottiart@gmail.com

febrero 04, 2017

El Periodismo y la sabiduría convencional en la era Trump

Si el periodismo se deja arrastrar por lo políticamente correcto y se tienta por adular a una mayoría de ciudadanos e instituciones que han convertido en pasatiempo nacional y mundial las críticas contra Donald Trump, corre el riesgo de cometer el mismo error que durante las elecciones: No apreciar toda la realidad.

Desde que el periodismo tradicional se volvió más interpretativo, desdibujando la línea divisoria entre hechos y opiniones, muchos periodistas y medios relegaron su tarea de fiscalizar con denuncias sustanciadas en los hechos, por la de acusar y confrontar al poder con opiniones, una actitud a veces rayana al activismo.

Las opiniones no son malas, sí su exageración. No suelen tener todo el contexto ni todos los ángulos y fácilmente se alinean a la sabiduría convencional, aquellas ideas o conceptos que se creen verdaderos hasta que la realidad demuestra lo contrario. Sirve de ejemplo el vaticinio de que Trump perdería las elecciones o el fin de la supremacía económica de EEUU tras la crisis financiera de 2008.

Tampoco es fácil reportar hechos y no opinar sobre Trump. Hasta quienes pretenden defender sus políticas se ven traicionados por la catarata de tuits  altisonantes, decretos y anuncios rimbombantes. Si a su verborragia le bajara decibeles, muchas de sus medidas no generarían tanta controversia. Pero le divierte su estilo de sensacionalismo televisivo. Cuando la gente y la prensa se enfrascan en discusiones sobre el aborto, el muro, la nominación de un juez o una pulseada con Irán, él pega un viraje con algo más impactante y deja a todos con la palabra en la boca y desorientados. De ahí que las conversaciones que generó en sus primeros días, parecieran del siglo pasado.

Esa desorientación pone a los medios a la defensiva, a reaccionar por todo, perdiendo neutralidad y balance. A muchos Trump se les vuelve una cuestión de piel y le critican todo, ya sea que amoneste a Rusia por abusos en Crimea o a Israel por asentamientos en Palestina. Con la restricción temporal a inmigrantes de siete países pasa lo mismo, habiéndose despertado una crítica sin todos los ángulos. Ahora se muestra a los ejecutivos de Facebook, Google y Netflix sensibilizados por la crisis humana de los refugiados, cuando lo que venían pidiendo eran más visas para contratar a inmigrantes con talentos especiales.

El problema es que cuando la confrontación es constante y las opiniones prevalecen sobre los hechos o las críticas tienen la misma intensidad sin diferenciar lo esencial de lo trivial, el público pierde confianza en los medios, pese a que se muestre tan entretenido como un grupo de hombres mirando el desfile de Victoria Secret. Las críticas como deporte las retrató bien una sátira del programa Saturday Night Live el sábado pasado. Unos actores que hicieron de analistas de CNN, opinaban sobre temas tan distintos como el muro, las relaciones Trump/Putin o su falta de cariño a la ahora desaparecida Melania, pero lo hacían usando las mismas palabras, solo cambiando el tono de la voz.

El académico Tom Rosentiel lo dibujó muy bien al hablar del papel del periodismo como perro guardián. No se necesita que ladren a cada auto dijo, sino que le ladren a lo esencial. Rosentiel cree que en épocas turbulentas como la actual se deben diferenciar las noticias de las opiniones. El Centro de Investigación Pew sobre Medios respalda su posición. Un sondeo reveló que un 69% de la gente quiere que la prensa se encargue de verificar la información, que se denuncien las mentiras de los funcionarios, pero que también se le presenten los hechos sin interpretación.

El desafío es mayúsculo en época de crisis y polarización como esta, en la que se han acuñado nuevos términos como post verdad, hechos alternativos y noticias falsas. Para combatir esta tendencia, también el público debe estar abierto a escuchar otras tendencias, perspectivas y no quedarse en la comodidad de escuchar y leer solo lo que sintoniza con su opinión.

El periodismo debe seguir siendo contrapeso o abogado del diablo de las mayorías, exponiéndole los puntos de vista y las voces de las minorías. Tiene que alejarse de la sabiduría convencional y regresar a sus fuentes: Investigar con rigurosidad, denunciar con precisión e iluminar con altura. trottiart@gmail.com


junio 25, 2016

Requisito democrático: Noticias rentables

Las tendencias de consumo en EEUU tarde o temprano se expanden por América Latina, desde las modas y la comida chatarra hasta el entretenimiento y las formas de leer las noticias.

Los medios de comunicación no son ajenos a ellas. El informe del Pew Center sobre el Estado de la Prensa en 2016 no augura la desaparición de los periódicos, radios y televisión, pero les aconseja cambios profundos para sobrevivir. Deben abrazar a sus audiencias, entender sus hábitos y probar nuevos formatos para distribuir información.

El estudio no dice lo obvio: Sin calidad periodística y medios rentables, la sociedad y la democracia serán superficiales y más débiles. Lo que sí se desprende del informe es que no es suficiente con crear buenos contenidos. Hay que saber distribuirlos y usar formatos más interactivos y atractivos para encantar al público.

Los cambios en el consumo son generacionales; no hay vuelta atrás. Los jóvenes prefieren interactuar en Facebook, chatear en Whatsapp y ver videos en YouTube o Snapchat, a consumir noticias pasivamente en los medios. Y esta experiencia ocurre cada vez más en los teléfonos móviles, tendencia confirmada por la publicidad, donde ha crecido más de un 65% en 2015.

El problema es que los cambios de hábitos en el consumo son vertiginosos, no así la adaptación a estos de parte de las empresas periodísticas. Esa falta de sincronía se observa en los medios tradicionales estadounidenses, algo que en América Latina podría agravarse debido a la retracción de la publicidad como consecuencia de la recesión económica que se experimenta.

Los diarios estadounidenses son los más complicados. Arrastran una tendencia a la baja desde hace una década. En 2015 su circulación en papel cayó un 7% y sus ingresos por publicidad un 8%. Obligados por la situación, despiden periodistas y se achican, pero pierden calidad y lectores, debilitándose ante sus anunciantes que eligen otros medios. Para detener el círculo vicioso, abandonan el papel, pero sus versiones digitales, fuertes en penetración pero débiles en ingresos, son parches que no detienen la hemorragia.

Para colmo de males, la competencia es muy desleal. Google, Facebook, Microsoft, Yahoo y Twitter no gastan un centavo en fabricar contenidos, los chupan de los medios tradicionales y de sus propios usuarios, utilizándolos como excelentes vehículos publicitarios para alcanzar a sus masivas audiencias. Estos nuevos medios han embolsado el 65% de los 60 billones de dólares en publicidad que se gastó el año pasado. Facebook, con más de 1.500 millones de usuarios y 500 millones en Instagram, se quedó con un 30% de esa ganancia.

No hay forma de competir con semejantes audiencias y con estas empresas que invierten millones en nuevos productos y que, a su vez, terminan acelerando los cambios en los hábitos de consumo. Las compras por internet siguen trepando, la TV ya no compite con el cable sino con Netflix o youTube, el taxi contra Uber y la industria hotelera contra Expedia y Airbnb. En definitiva, han sabido crear un efectivo círculo virtuoso: Mejores servicios, más audiencias, mayores beneficios.

Nadie, sin embargo, ni los medios tradicionales ni los nuevos, pueden confiarse de unas audiencias cada vez más inteligentes, inquietas y consumistas, pero también poco leales. De ahí que no basta con la buena reputación de la empresa, al público hay que conquistarlo día tras día con nuevos y mejores servicios.

Tampoco todo está perdido para los sitios digitales de los diarios, radios y tv. Siguen siendo los preferidos por el público para obtener información confiable. Su gran desafío radica no solo en investigar, fiscalizar al poder, denunciar corrupción pública y privada, sino también regenerar su modelo de negocio para tener más opciones de éxito.

Sobre estas opciones debatiremos en Miami esta próxima semana. La conferencia SIPConnect, en su segunda edición que organizamos con la Sociedad Interamericana de Prensa, tiene como objetivo que todos los medios, sin importar la plataforma escogida para distribuir contenidos, tengan acceso a herramientas y habilidades que les permitan ser eficientes y rentables.


Crear agenda y opinión pública depende de la salud económica de los medios y del Periodismo. Sin ellos, una audiencia no es comunidad, sino multitud y masa. trottiart@gmail.com

marzo 10, 2015

Libertad de prensa en las Américas

Al terminar este lunes las deliberaciones de la Sociedad Interamericana de Prensa en Panamá, quedó un mensaje para la Cumbre de las Américas que se celebrará en abril próximo: Las democracias, para que se precien de tal, necesitan ofrecer una alta dosis de libertad individual a sus ciudadanos y garantizar libertad de prensa y expresión.

Será la primera vez que Barack Obama y Raúl Castro se sentarán en una misma mesa; cruzarán miradas y estrecharán manos sin condicionamientos ideológicos ni diplomáticos. No obstante el optimismo, la SIP insistirá que el acuerdo político-económico será en vano si el gobierno de los Castro sigue golpeando, deteniendo y encarcelando a quienes expresen sus opiniones o debatan por internet.

La reunión de abril, para que se precie de Cumbre, tendrá que lidiar sobre desarrollo sostenible, pobreza, falta de agua, narcotráfico, procesos políticos insostenibles, como el de Venezuela, y sobre el renovado papel que tendrá que jugar una Organización de Estados Americanos más eficiente y ágil. Pero tampoco podrá desconocer que el continente está retrocediendo a pasos agigantados en materia de libertad de prensa y de expresión vulnerándose la esencia misma de la democracia.

Para este lunes, la SIP habrá señalado que la violencia contra periodistas, medios de comunicación y usuarios de redes sociales conspira contra las libertades que deben resguardarse en una democracia. La ineficiencia de los sistemas de protección de periodistas y el asesinato de siete en los últimos tres meses, en Colombia, Honduras, México y Perú, además de la impunidad que rodean a crímenes anteriores – solo en Colombia prescribieron cuatro casos en 2014 y tres más lo harán este año – demuestran el retroceso.

No solo los periodistas están sufriendo represalias físicas y presiones legales-judiciales. En Venezuela el gobierno de Nicolás Maduro procesó y detuvo a siete usuarios de Twitter por violentar la seguridad nacional, es decir por hablar mal del Presidente. En Ecuador, Rafael Correa hizo cerrar cinco cuentas de Twitter y varias en Facebook porque los usuarios osaron reírse y burlarse del gobierno.

En México fue peor, el crimen organizado asesinó a una usuaria de Facebook porque denunció actividades del narcotráfico. Algo que los medios tradicionales y periodistas obvian y se autocensuran para evitar seguir siendo blanco, en un país que el Estado es poco eficiente para controlar tanta violencia.

En materia de internet la SIP ha puesto el grito en el cielo. Cada vez es más palpable el uso que le dan los gobiernos - EEUU, Canadá, Colombia, Argentina, Venezuela, Panamá y Ecuador - para restringir las libertades individuales más que para empoderar a los ciudadanos. Las potenciales amenazas del terrorismo, que en la mayoría de los casos se usa como excusa para vigilar a los ciudadanos, han servido a los gobiernos para crear intrincados sistemas de espionaje con la intención de vigilar ciudadanos, neutralizar denuncias de periodistas y detener estrategias de los políticos de oposición.

En la Cumbre de las Américas tampoco será bueno que los casos de Dilma Rousseff y Petrobras en Brasil o la interminable lista de Amado Bodou en Argentina eviten que se vea el bosque de la corrupción cultural y casi generalizada. Muchos gobiernos siguen usando los dineros del Estado como propios, viven haciendo propaganda de sus actos como si vivieran en procesos electorales continuos y el dinero para viviendas y salud lo siguen derrochando en clientelismo para llenar narcisistas actos partidarios.     

La Cumbre deberá revisar varios casos de democracias que no son tales y que pasan debajo del radar por el espejismo de vivir en elección tras elección. Venezuela es el caso más patético de cómo estos procesos le permiten al gobierno sobrevivir, escondiendo engaños y restricciones.

Sin embargo, es Ecuador el país al que se debiera ponerle mayor atención. Correa ha creado una ley de Comunicación con la que legitima la censura. En un par de meses ha extendido 37 procesos y sanciones económicas a medios, periodistas y usuarios de internet. Mandó a cerrar dos radios y cuentas de usuarios en redes sociales. Su tendencia medieval a censurar a sus críticos no tiene fin y es una tendencia que tenderá a agravarse en el futuro inmediato. 

febrero 07, 2013

Periodismo superficial


Las recientes denuncias sobre corrupción en la FIFA y el dopaje del ciclista Lance Armstrong, muestran las debilidades de un periodismo deportivo superficial, más dedicado a entretener y comentar, que a investigar y a asumir la responsabilidad de informar.
El periodismo deportivo se asume casi como espectador de tribuna. Ofrece testimonio de lo que ocurre, pero no profundiza. De ahí que ofrezca récords, resultados o escándalos con la misma resonancia que intensidad. En esa escala, vale igual que a Lionel Messi le otorguen un cuarto Balón de Oro, que a Manny Pacquiao le arrebaten la corona mundial o que se gasten millones en arreglos de partidos y peleas. Tampoco se distinguen pecados de delitos ni crímenes de discriminación, da lo mismo las infidelidades de Tiger Woods que el dopaje de Armstrong o la violencia de las barras bravas que el racismo irascible en los estadios.
Es inexplicable como el periodismo especializado no investiga ni anticipa, contentándose solo con recoger y comentar las denuncias de los afectados. Una falta de protagonismo que menosprecia tanto la relevante misión de la prensa, como la confianza depositada por el público.
El caso de Armstrong revela esa incapacidad. Es difícil comprender como este ídolo universal, ganador de siete Tours de Francia, se pasó más de una década haciendo de víctima, negando denuncias sobre dopaje y amenazando a sus compañeros de equipo para que mantengan los secretos, sin que una  investigación periodística lo haya desenmascarado con antelación.
Si el periodismo hubiera cumplido con averiguar las denuncias de los últimos años, ni Armstrong habría ganado tantas competencias a base de mentiras, ni el público se hubiera sentido lastimado. Pero hubo que esperar un informe reciente de la agencia antidopaje estadounidense que calificó este caso como el “más sofisticado, profesionalizado y exitoso en la historia del deporte” y a que Armstrong confesara sus adicciones en el show de Oprah Winfrey, para que el periodismo también dejara de creer en el héroe.
El caso de Armstrong es una grave omisión de la prensa especializada, pero no la única. La reciente investigación de la revista France Football revela la corrupción enquistada dentro de la FIFA. Acusa al ex presidente francés, Nicolás Sarkozy, y a las autoridades del fútbol mundial y de varias federaciones africanas, latinoamericanas y caribeñas, por haber favorecido a Qatar para que consiga la sede de la Copa Mundial de 2022, a cambio de millones de dólares y favores a futuro.
Las denuncias no son nuevas, datan de 2010 cuando el pequeño Qatar le ganó la pulseada a EE.UU. y Rusia se quedó con la sede del 2018, arrebatándole el privilegio a Inglaterra. La prensa inglesa de aquella época despedazó con titulares de corrupción al presidente de la FIFA, Joseph Blatter, pero careció de fuerza y credibilidad. Es que no investigó, solo se hizo eco de las denuncias de la federación inglesa que, sabiendo de irregularidades desde hace años, recién las filtró a los medios cuando supo que no tenía chances ante Rusia. De haber conseguido la sede, seguramente hubiera mantenido silencio.
De esa trama oscura de premios y favores dentro de la FIFA ya hablaba Diego Maradona, quien acusó de mafioso a Joao Havelange, el ex rector por 24 años de la entidad. Pero a diferencia de Maradona, la revista France Football goza de credibilidad. Su investigación puede ayudar a que por fin el Comité de Ética de la FIFA deje de resolver toda acusación como simple conflicto de interés y a que intervenga la justicia.
Respecto a los medios, la superficialidad no solo es debilidad del periodismo deportivo. La crisis económica obligó a muchos a recortar gastos y personal, lo que derivó en una reducción general de calidad informativa. Sin embargo, esta debilidad puede resultar en una gran oportunidad. Siendo la sección deportiva muy atractiva para los anunciantes y la potencialmente más rentable, podría ser el sitio ideal por donde reinvertir en reporteros y periodistas de investigación.
Un periodismo deportivo menos espectador, más profundo y comprometido, preocupado en descubrir hechos no solo en cubrir eventos, ayudaría a mejorar el deporte, a elevar la credibilidad de la prensa y a aumentar la confianza del público. 

noviembre 03, 2012

En Memoria de Verónica Guerin


La periodista irlandesa Verónica Guerin fue asesinada el 26 de junio de 1996 por narcotraficantes que hicieron lo imposible para que ella no reporte ni investigue sobre sus sucios negocios.

Una amiga en Harvard University, June Erlick, profesora de un curso sobre la relación del periodismo en el cine y editora de la prestigiosa publicación ReVista del Centro David Rockefeller para Asuntos Latinoamericanos, me invitó a una de sus premieres para presentar esta película sobre la vida de Verónica Guerin, un “true story”, interpretada por la extraordinaria Kate Blanchet.

Se trata de una película que ningún periodista o estudiante de comunicación debería perderse. Enseña mucho sobre la conducta de los periodistas, su forma de trabajar y sus miedos, frustraciones y conflictos éticos.

La presentación sirvió para honrar la memoria de muchas periodistas que en el mundo y principalmente en América Latina fueron asesinadas por tratar de descubrir la verdad. Una de ellas, la guatemalteca Irma Flaquer, caso que June investigó y que en las próximos meses la llevará a presentar su libro sobre el caso en Guatemala y Colombia.

Estas son algunas de las cosas que plantee antes y después de la proyección de la película:
Desde una perspectiva periodística, esta película nos enfrenta a nuestra misión de cómo descubrimos lo oculto, buscamos la verdad y el costo que ello conlleva. Siempre dije que hacer periodismo no es sobre cómo cubrimos hechos y eventos, sino el arte de descubrir e iluminar los hechos más complejos y ocultos.

En la vida de Verónica podremos observar la línea delgada que separa la pasión de la obsesión, siendo que la primera nos hace tomar caminos inteligentes; mientras que la obsesión, hacer cosas tontas.

La vida y la muerte de Verónica fueron trascendentes. Aunque sus medios para alcanzar su fin no siempre estuvieron sincronizados con principios éticos y profesionales, al final llegó a hacer una diferencia como ella pretendía durante su carrera, especialmente en los dos últimos años de su vida cuando decidió investigar al narcotráfico de su país.

Varios mafiosos terminaron pagando en la cárcel por su crimen y viendo como sus negocios se desbarataban. Hubo reformas constitucionales y legales con las que se agravaron estos delitos, lo que en los primeros años después del asesinato de Verónica ayudó para que la tasa de criminalidad se redujera considerablemente.

Para lograr sus fines, Verónica muchas veces sobrepasó criterios éticos del periodismo a tal punto de ser más activista por una causa que periodista, se involucró con fuentes de la criminalidad, pagó para obtener información,  terminó usando rumores como información fidedigna y quiso obtener justica por sus propias manos.

Me quedaron en el tintero varias preguntas que se las hice a la audiencia para generar un debate, entre ellas: ¿Su periódico hizo lo suficiente para defenderla? ¿Su conducta puso en riesgo la vida de otros periodistas y la de sus familiares? ¿Debió ella autocensurarse? ¿Pudo ella descubrir lo mismo y alcanzar sus fines sin exponerse a tantos riesgos? ¿Vale pagar un precio tan alto por descubrir la verdad?

En el auditorio no tuvimos la sapiencia para contestar todas las preguntas. La vida y muerte de Verónica tan bien interpretadas en la película, lo dejan a uno aturdido, confundido, repensando en el papel del periodismo en la sociedad, en el papel que cada uno de nosotros como periodista ha jugado hasta ahora. Verónica hace pensar y pensarse a uno mismo.

Sin dudas es una película que deberían ver todos los periodistas y aspirantes a periodista. 

Investigar al poder más que a confrontarlo

Les comparto una entrevista que me hizo el periodista y director de la revista Crónica de Guatemala, Gonzalo Marroquín, publicada ayer 31 de...