Al analizar por qué la confianza
en los medios y periodistas sigue en caída libre —tema que he venido explorando
en las últimas semanas—, hoy quiero centrarme en una de las heridas más
profundas que el periodismo se autoinflige: el activismo.
El periodismo no nació para
salvar al mundo, sino para explicarlo. Al desdibujar esa frontera, se acelera la
desconfianza de la audiencia. Es comprensible que muchos periodistas abracen
causas legítimas ante la injusticia, como la defensa de la democracia, los
derechos humanos, la inclusión o el medioambiente. Sin embargo, el problema
surge cuando el periodista deja de ser un observador riguroso para convertirse
en un interventor que busca forzar un resultado político o social.
Esto ocurre cuando una redacción
se suma a una protesta como un actor político más; cuando denuncia el
autoritarismo de un candidato, pero guarda un silencio indulgente ante su
adversario. Sucede cuando un medio organiza eventos políticos y los cubre como
si fueran relaciones públicas; cuando clausura el contraste de argumentos en
debates científicos sobre vacunas o cambio climático bajo el pretexto de que
ciertas posturas "no merecen espacio"; o, quizás lo más grave, cuando
omite deliberadamente los datos que incomodan a su propia narrativa.
En estos casos, el activismo
periodístico opera bajo una lógica idéntica a los algoritmos que tanto
criticamos: aquellos que manipulan la atención, crean burbujas de filtro y
moldean la conducta ajena. Bajo esta premisa, el periodista activista deja de informar
para crear una narrativa orientada a un resultado previsible. Al seleccionar
hechos de forma quirúrgica, enfatizar ángulos convenientes y omitir matices, se
le roba al lector la posibilidad de elegir su camino. En vez de ofrecerle un
mapa, se le indica la ruta y se le empuja hacia la dirección escogida.
Aunque el lector decida su rumbo,
percibe el truco detrás de la narrativa. Esa sensación de que se manipule su
capacidad de elección —en definitiva, su libertad— termina por dinamitar el
vínculo de confianza entre ambos.
A veces, el activismo no es
intencional, sino consecuencia de la falta de rigor y de los sesgos editoriales
que nublan el juicio. Un ejemplo claro fue el caso Covington; The Washington Post se dejó
llevar por el prejuicio de tensión racial al difundir un video fragmentado de
redes sociales sin verificar el contexto. Al validar una narrativa preconcebida
antes que los hechos, el medio terminó enfrentando demandas millonarias por
difamación, demostrando la vulnerabilidad de la prensa cuando el sesgo
sustituye a la verificación.
Con el activismo periodístico se
suele cruzar otra línea peligrosa, la de actuar como influencers. El riesgo
reside en la tentación de juzgarlo todo desde un pedestal moral propio. Cuando
el periodista se siente el héroe de una causa, deja de informar para persuadir
y de explicar para movilizar. En ese punto, adopta los vicios del influencer
que no busca ciudadanos libres e informados, sino una legión de seguidores que
validen su postura.
Al final del día, el periodista
activista termina mimetizándose con aquello que jura combatir. Opera con la
opacidad de un algoritmo que crea burbujas, con el narcisismo de un influencer
que busca seguidores y con el autoritarismo del político que intenta moldear la
realidad a su conveniencia. Es una forma de soberbia intelectual creer que
nuestra causa es tan noble que nos da permiso para omitir datos, ignorar
contextos o empujar al lector hacia una conclusión preestablecida.
La desconfianza actual no es
gratuita; nace de ese instante en que el usuario deja de sentirse informado
para sentirse manipulado por una estrategia que no eligió. Recuperar la
credibilidad exige abandonar el rol de movilizador y regresar al rigor del observador.
Estamos llamados a ser el mapa, no el guía; a ofrecer las herramientas para que
el ciudadano ejerza su libertad de pensar y elegir.

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