febrero 21, 2026

El activismo periodístico: una herida autoinfligida (post 3)

Al analizar por qué la confianza en los medios y periodistas sigue en caída libre —tema que he venido explorando en las últimas semanas—, hoy quiero centrarme en una de las heridas más profundas que el periodismo se autoinflige: el activismo.

El periodismo no nació para salvar al mundo, sino para explicarlo. Al desdibujar esa frontera, se acelera la desconfianza de la audiencia. Es comprensible que muchos periodistas abracen causas legítimas ante la injusticia, como la defensa de la democracia, los derechos humanos, la inclusión o el medioambiente. Sin embargo, el problema surge cuando el periodista deja de ser un observador riguroso para convertirse en un interventor que busca forzar un resultado político o social.

Esto ocurre cuando una redacción se suma a una protesta como un actor político más; cuando denuncia el autoritarismo de un candidato, pero guarda un silencio indulgente ante su adversario. Sucede cuando un medio organiza eventos políticos y los cubre como si fueran relaciones públicas; cuando clausura el contraste de argumentos en debates científicos sobre vacunas o cambio climático bajo el pretexto de que ciertas posturas "no merecen espacio"; o, quizás lo más grave, cuando omite deliberadamente los datos que incomodan a su propia narrativa.

En estos casos, el activismo periodístico opera bajo una lógica idéntica a los algoritmos que tanto criticamos: aquellos que manipulan la atención, crean burbujas de filtro y moldean la conducta ajena. Bajo esta premisa, el periodista activista deja de informar para crear una narrativa orientada a un resultado previsible. Al seleccionar hechos de forma quirúrgica, enfatizar ángulos convenientes y omitir matices, se le roba al lector la posibilidad de elegir su camino. En vez de ofrecerle un mapa, se le indica la ruta y se le empuja hacia la dirección escogida.

Aunque el lector decida su rumbo, percibe el truco detrás de la narrativa. Esa sensación de que se manipule su capacidad de elección —en definitiva, su libertad— termina por dinamitar el vínculo de confianza entre ambos.

A veces, el activismo no es intencional, sino consecuencia de la falta de rigor y de los sesgos editoriales que nublan el juicio. Un ejemplo claro fue el caso Covington; The Washington Post se dejó llevar por el prejuicio de tensión racial al difundir un video fragmentado de redes sociales sin verificar el contexto. Al validar una narrativa preconcebida antes que los hechos, el medio terminó enfrentando demandas millonarias por difamación, demostrando la vulnerabilidad de la prensa cuando el sesgo sustituye a la verificación.

Con el activismo periodístico se suele cruzar otra línea peligrosa, la de actuar como influencers. El riesgo reside en la tentación de juzgarlo todo desde un pedestal moral propio. Cuando el periodista se siente el héroe de una causa, deja de informar para persuadir y de explicar para movilizar. En ese punto, adopta los vicios del influencer que no busca ciudadanos libres e informados, sino una legión de seguidores que validen su postura.

Al final del día, el periodista activista termina mimetizándose con aquello que jura combatir. Opera con la opacidad de un algoritmo que crea burbujas, con el narcisismo de un influencer que busca seguidores y con el autoritarismo del político que intenta moldear la realidad a su conveniencia. Es una forma de soberbia intelectual creer que nuestra causa es tan noble que nos da permiso para omitir datos, ignorar contextos o empujar al lector hacia una conclusión preestablecida.

La desconfianza actual no es gratuita; nace de ese instante en que el usuario deja de sentirse informado para sentirse manipulado por una estrategia que no eligió. Recuperar la credibilidad exige abandonar el rol de movilizador y regresar al rigor del observador. Estamos llamados a ser el mapa, no el guía; a ofrecer las herramientas para que el ciudadano ejerza su libertad de pensar y elegir.

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