Cristo fue el único que predijo el futuro con acierto. No le creyeron y lo mataron. Nostradamus y George Orwell tuvieron algunos aciertos. Stephen Hawking, ya veremos. Predecir el futuro nunca fue destreza humana, y mucho menos negocio de los medios de comunicación. Hasta ahora.
Contra todos los
pronósticos, los medios se están metiendo en el terreno resbaladizo de las
predicciones y las apuestas. Tanto The Wall Street Journal como CNN, ESPN, Fox
Sports o la cadena Globo en Brasil invitan a sus usuarios a entrar en un amplio
casino donde noticias y pálpitos se confunden. ¿Qué película ganará el Oscar?
¿Cuánto durará la guerra contra Irán? ¿Quién ganará el Mundial? ¿Cuál será la
inflación a fin de año?
Hasta hace poco, el
periodismo intentaba anticipar el futuro con tendencias, análisis y datos.
Ahora, empujado por la urgencia de monetizar tras haber perdido buena parte de
su publicidad en internet, se adentra en el mundo de las apuestas. Las noticias
aparecen integradas con códigos QR, gráficos de proyección y un botón que
empuja al usuario a apostar sobre el desenlace de lo que acaba de leer.
Sin debate ético
amplio en la industria, se ha debilitado la regla de oro del periodismo: la
distancia. Durante décadas, el valor de un medio residía en su independencia,
en informar sin ser parte del negocio que cubría. Al sellar alianzas con
plataformas de predicción y apuestas como Polymarket, Kalshi o Bet, el medio
deja de ser solo observador para convertirse en facilitador de apuestas, a
cambio de una comisión por cada usuario que deriva a ese mercado.
Si la rentabilidad
depende del volumen apostado sobre un evento, el rigor informativo queda bajo
sospecha, o al menos su apariencia, que es donde se sostiene la confianza.
Cuando dramatizar una noticia puede aumentar las apuestas, la tentación es
evidente. El riesgo es que la información empiece a tratarse como un activo
financiero.
No es la primera vez
que el dinero erosiona la independencia. La publicidad estatal fue siempre un
hierro caliente, usado por gobiernos para presionar líneas editoriales. Luego
vinieron los vinos, las enciclopedias y las promociones. Más tarde el contenido
patrocinado y los foros que los propios medios cubren con indulgencia. La
frontera se fue moviendo. Pero nunca se había visto un cruce tan directo hacia
el negocio que se informa.
Estas alianzas con
plataformas de apuestas abren una caja de Pandora. ¿Puede un medio cubrir con
plena autonomía el debate sobre la expansión del juego o la regulación de un
casino en su comunidad? ¿Qué ocurrirá cuando la línea editorial afecte
directamente a su socio comercial?
El conflicto puede no
ser explícito, pero el lector lo percibe. Cuando la información se convierte en
insumo de un mercado de predicciones, la lógica cambia. El medio no controla
los hechos, pero sí el clima que los rodea. Y si obtiene ingresos de ese mercado,
la independencia deja de ser un principio y pasa a ser una variable de negocio.
La sostenibilidad de
los medios es esencial para la democracia. Pero la forma de alcanzarla define
su credibilidad. Al mezclar información con apuestas, los medios juegan a la
ruleta rusa. La única bala en el tambor es su independencia. Si la disparan, no
quedará nada que sostenga la confianza. Y sin confianza, no hay negocio que
sobreviva.

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