Esta es la primera de una serie de reflexiones sobre la verdad periodística. Nace de una preocupación que se ha ido acentuando con los años al escuchar, en foros, seminarios y debates públicos, a periodistas y directores de medios hablar de la verdad con un tono que roza el marketing. Se la invoca como sello de calidad y como rasgo distintivo frente a otros medios, las redes sociales o la inteligencia artificial.
En periodismo solemos afirmar que la verdad
periodística, basada en la verificación, el contraste de fuentes y la
responsabilidad pública, es suficiente para neutralizar un mundo de postverdad
construido sobre mentiras, desinformación y teorías conspirativas. Nuestra
verdad, se repite, sería el antídoto para frenar la polarización, salvar la
democracia y recomponer el vínculo y la confianza con la sociedad.
Durante mucho tiempo dimos por sentado que decir la
verdad alcanzaba. Esa convicción es incompleta y necesita una revisión honesta.
Desde que pisé por primera vez una sala de redacción
me acompaña una incomodidad persistente. La sensación de que los periodistas y
los medios hablamos mucho de la ética de los otros, pero poco de la propia.
Defendemos con razón la verdad frente a la mentira, pero rara vez nos detenemos
a pensar cómo contamos esa verdad y qué efecto tiene esa forma de contarla en
la libertad del lector.
La manera en que vemos y narramos la realidad se apoya
en la libertad de prensa. De allí surgen el criterio editorial, la pluralidad
de miradas y la diversidad de medios, todas legítimas. Pero es la libertad de
expresión la que debe guiar ese ejercicio, porque es la que le permite al
lector pensar la verdad con criterio propio.
Solemos
ampararnos en que nuestra verdad responde a un criterio editorial, al ADN del
medio. Eso es válido. Ningún medio observa la realidad desde el vacío. El
problema aparece cuando ese criterio deja de ordenar los hechos y empieza a
conducirlos. Cuando los hechos se ajustan a una idea previa de cómo deben ser
contados, la verdad deja de abrirse al lector y se le entrega ya interpretada.
Una verdad con sesgo no necesita mentir. Le basta con
seleccionar, enfatizar, omitir o adjetivar. Los datos pueden ser correctos,
pero la mirada ya no es limpia. La emoción se impone sobre la comprensión y el
camino del juicio propio del lector queda cerrado de antemano.
Sin neutralidad, la verdad informa, pero reduce la
libertad o, lo que es peor, no construye ciudadanos libres.
La neutralidad no es ingenuidad ni renuncia al
criterio editorial. Es una práctica profesional exigente. Supone disciplina y
contención. Implica resistir el impulso de empujar al otro hacia una conclusión
y dejar espacio para que el lector piense, dude y decida.
Esta convicción me llevó a publicar en 1993 La
dolorosa libertad de prensa. En busca de una ética perdida. Allí señalaba mi
preocupación por la ausencia de autocrítica y de una conversación sostenida
sobre ética profesional que nos debemos los periodistas.
La preocupación sigue abierta. En esta era es
necesario debatir cómo sostener un criterio editorial sin perder neutralidad. En
especial, cómo contar la realidad sin quitarle al lector la libertad de
pensarla por sí mismo.

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