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enero 01, 2026

Dejemos que el 2026 se despliegue solo

Parece que cada inicio de año el mundo se llena de aspirantes a Nostradamus. Expertos, influencers, periodistas y gurús de redes sociales compiten por ver quién lanza la predicción más audaz, convirtiendo los análisis de tendencias en simples horóscopos de poca monta.
He decidido dejar de consumir ese ruido. Las predicciones no son más que la fallida esperanza que ponemos en la compra de un billete de lotería, una ilusión de control sobre un futuro que, por suerte, no nos pertenece.
 
En realidad, estas supuestas "visiones" son otra cara de la mentira con la que nos venden certezas empaquetadas para calmar una ansiedad que retroalimentan cada año. Es una forma de posverdad que ignora la realidad de los "Cisnes Negros". Nadie fue capaz de predecir una pandemia que detuvo el planeta, ni la mutación hacia el trabajo remoto, ni el maremoto de una IA que hoy lo redefine todo.
 
El futuro no se anuncia; simplemente sucede mientras los analistas nos distraen con ficciones convenientes.
Prefiero rescatar la imperfección de la incertidumbre. Hay algo profundamente humano y liberador en no saber qué pasará mañana. Es en ese vacío donde realmente podemos construir algo propio, sin el guion de otros.
Menos predicciones, más presente. Dejemos que el año se despliegue a su ritmo, con toda su bendita incertidumbre.

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