enero 28, 2026

Davos y CAF: paralelismo entre ficción y realidad

A medida que escribo el segundo libro de la trilogía Robots con Alma, avanzo en paralelo con una serie de ensayos de no ficción. Ese trabajo me permite explorar, aprender y contrastar el mundo narrativo que proyecto hacia el futuro, donde humanos y seres artificiales conviven en condiciones de igualdad.

En el reciente World Economic Forum de Davos, las conversaciones y diagnósticos me confirmaron que los cuatro pilares de mi ficción —verdad, libertad, bondad y creatividad— atraviesan de lleno los debates del presente y permiten interpretar con mayor claridad la realidad que habitamos.

En informes y discursos del foro aparecieron con nitidez los conflictos actuales y futuros. La desinformación y la mentira fueron señaladas como amenazas directas a la Verdad. La erosión de la democracia y del orden global, impulsada por liderazgos mesiánicos, volvió a poner en cuestión la Libertad. El debilitamiento del multilateralismo y el aumento de la desigualdad fueron leídos como una negación de la Bondad. Y, en relación con la Creatividad, surgieron fuertes reproches a una innovación acelerada de la inteligencia artificial, con el riesgo de derivar en un futuro tecnológicamente brillante, pero éticamente vacío.

Creo que estas mismas conversaciones orbitarán en torno a esas cuatro grandes áreas del pensamiento en el foro económico que en estos días celebra la CAF, el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe, en Panamá.

Estas conferencias muestran que hoy existe más claridad que antes sobre lo que no deberíamos tolerar. La mentira sistemática, la coacción y la censura, la desigualdad naturalizada o una creatividad tecnológica celebrada sin preguntarnos para qué ni cómo crea. El diagnóstico es más nítido que en el pasado. Lo que aún faltan son líneas de acción y soluciones capaces de poner a prueba, en la práctica, los marcos con los que pensamos el poder, la tecnología y lo humano.

enero 20, 2026

Trump: de adolescente rebelde a niño malcriado


Por Ricardo Trotti

Al cumplirse hoy el primer año de su segundo mandato, resulta inevitable mirar por el retrovisor y comparar al actual Donald Trump con aquel de 2017, el año de su debut en la Casa Blanca.

Si rebobinamos la cinta hasta su primera presidencia, para entender la metamorfosis del poder, encontramos a una figura con la energía caótica de un adolescente rebelde. Aquel Trump irrumpía en la capital con ínfulas de justiciero contra “la ciénaga de Washington”, decidido a romper con los “corruptos” opositores, los periodistas "enemigos del pueblo" y los inmigrantes “criminales y violadores”. Era el outsider ruidoso cuya retórica incendiaria en Twitter obligaba a todos, en el ámbito nacional, a tomar partido. Ladraba mucho, pero no mordía del todo.

Su rebeldía tenía objetivos relativamente convencionales dentro del conservadurismo. En su visión, Rusia y Corea del Norte eran enemigos que disuadir con esteroides presupuestarios para la maquinaria militar. Hacia el sur, su obsesión era desmantelar el legado de Obama. Se vanagloriaba de imponer “duras sanciones” a Venezuela y Cuba, apostando por la asfixia financiera antes que por la intervención directa.

En inmigración, quería un muro de cemento y acero, y llegó a ofrecer protección legal y ciudadanía para jóvenes inmigrantes indocumentados traídos de niños, los llamados dreamers, a cambio de fondos para construirlo y de un endurecimiento general del sistema migratorio.

Aquel Trump adolescente chocaba con las instituciones. Era ruidoso, molesto, generaba polarización extrema, pero estaba contenido por los contrapesos del sistema, ya sea desde los tribunales, la prensa, agencias gubernamentales independientes o incluso su propio partido.

Hoy, con un Congreso con viento a favor y contrapesos que aprendió a sortear a fuerza de decretos, Trump ha dejado atrás al adolescente revoltoso para convertirse en un niño con poder absoluto. Lo más sorprendente es que, nueve años después, lejos de desgastarse, parece tener aún más energía para imponer su voluntad, tanto en casa como en el mundo.

De la obsesión por el muro ha pasado a una política de deportaciones agresivas, al estilo Obama, pero con un tono vengativo. En ciudades gobernadas por la oposición, agentes del ICE son parte del paisaje y del abuso, como en el caso de Renée Good, ciudadana estadounidense muerta durante un operativo migratorio que la Casa Blanca calificó como “daño colateral”.

Pero donde más se evidencia la mutación es en su política exterior. Si en 2017 Rusia ocupaba el lugar central en su mapa de amenazas, hoy ha sumado a China como su principal antagonista, no solo por la rivalidad comercial, sino por la influencia global de su Nueva Ruta de la Seda. Trump justifica cada acción en esta supuesta guerra estratégica, desde los aranceles generalizados hasta su renovado empeño por anexionar Groenlandia. En su lógica, todo es parte de una cruzada geoeconómica por la supremacía, en la que ya no distingue entre aliados y rivales. Proclamó un “Día de la Liberación” comercial, impuso tasas universales que sacudieron los mercados y reactivó su ofensiva contra Europa, la OTAN y cualquier socio que cuestione su narrativa.

A diferencia del Trump de 2017, que ladraba, el de 2026 muerde. Ordenó el bombardeo de instalaciones nucleares en Irán, intervino militarmente en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro y colocó bajo supervisión directa la producción petrolera del “nuevo chavismo”. A sus socios más fieles, como Canadá y México, los ridiculiza, al proponer anexar a los canadienses como estado 51 y amenazar con incursiones armadas en territorio mexicano si no frenan el flujo de fentanilo. Todo bajo su versión personalista de la Doctrina Monroe, la bautizada “Doctrina Donroe”, que redibuja el mapa hemisférico y proclama que América es para los americanos… pero bajo el mandato de Washington, como demostró al reactivar su presión sobre Panamá para expulsar inversiones chinas del Canal.

Sin reelección a la vista, Trump gobierna como si dirigiera una empresa, no un país. No le interesan los equilibrios ni la independencia de poderes, y exige subordinación. Lo ha dejado claro al embestir contra Jerome Powell y la Reserva Federal, presionando al Tesoro como si fuera una gerencia más bajo su control. No rinde cuentas a nadie, al menos hasta que las elecciones intermedias de noviembre próximo puedan marcarle algún límite. Por el momento se siente envalentonado por sus propias decisiones y reclama genuflexiones y validación constante.

En esa búsqueda obsesiva de validación, Trump raya en lo ridículo y, lo peor, es que no le importa. Hace unos días, calificó de “hermoso gesto” que María Corina Machado le compartiera su medalla del Nobel de la Paz, como si el galardón pudiera transferirse por simpatía. Y en una reciente conversación con el primer ministro de Noruega, se jactó de que ya no le interesa recibir el Nobel, porque, según él, eso lo exime de cualquier obligación de buscar la paz.

Con la psicología de un niño que todavía no ha aprendido a compartir, Trump no solo quiere todos los juguetes para él, sino que además los rebautiza con su nombre. Rediseñó la Secretaría de Defensa bajo el título de “Secretaría de Guerra”, rebautizó el Golfo de México como “Golfo de América”, le puso su apellido al Kennedy Center como si fuera uno más de sus edificios y mandó demoler un ala de la Casa Blanca para construir un salón de baile con su nombre. En su universo simbólico, el poder se marca, se adueña y se exhibe.

Trump se desboca a diario en Truth Social, la red que él mismo creó tras acusar a los gigantes tecnológicos de conspirar contra su primera presidencia. Allí opina, ordena, ridiculiza y anticipa sus jugadas sin filtros. Esta verborrea constante, que muchos consideran un acto de egolatría o simple histrionismo, lo convierte, paradójicamente, en el político más transparente del momento.

A diferencia de otros líderes que se amparan en el lenguaje diplomático para disfrazar sus verdaderas intenciones, Trump las exhibe, las grita, las sobreactúa. Le da igual si lo acusan de hacer el ridículo. Hoy mismo circuló una imagen generada con inteligencia artificial en la que aparece plantando una bandera estadounidense en Groenlandia sobre un mapa redibujado a su antojo.

Pero esa transparencia brutal, por más que nos exaspere, nos divida o nos agote, también nos permite conocer sus verdaderos movimientos sin maquillaje. Y aunque sus métodos puedan parecer peligrosos, incluso corrosivos para la democracia, vale preguntarse si esta exposición incómoda, ruidosa y directa no es preferible a una política que, en nombre de la diplomacia, se esconde de su pueblo o solo emerge cuando hay elecciones.

Quizás lo más preocupante no sea ver lo que hace Trump, sino no ver lo que hacen los demás.

enero 17, 2026

Un viejo anhelo, hecho realidad:


Quiero anunciarles una transformación importante en mi sitio de arte, que ahora integra también mis escritos, en coherencia con un lema que me acompaña desde hace tiempo: el arte como mensaje y el mensaje como arte.

Este viejo anhelo se hizo realidad gracias a mi amigo Rodrigo Rotonda, fundador de Artic y director del Grupo Rotonda en Argentina, y a la maestría de Leandro Folino y su equipo, que lograron traducir una estructura compleja en la sencillez de un diseño contemporáneo.

Bajo la dualidad de Art&Prose, este espacio me obliga a seguir creciendo y buscando a través de colores y palabras.

Bienvenidos a www.ricardotrotti.com

enero 09, 2026

La seducción de la "mano dura"

La captura de Nicolás Maduro por parte del gobierno de Estados Unidos desató reacciones y análisis de todo tipo, atravesados por lecturas políticas, ideológicas y emocionales.

Prefiero detenerme en otra lectura, la de un cóctel peligroso. La de una opinión pública crecientemente seducida por liderazgos fuertes y, al mismo tiempo, atravesada por una fatiga democrática que ya no disimula.

Ese cruce entre el aplauso a los resultados firmes y el desencanto con la democracia, como muestran encuestas desde distintos ángulos, revela un patrón claro. Cuando pesan la inseguridad, la falta de bienestar económico, la corrupción persistente y la sensación de estancamiento, el atractivo se desplaza hacia figuras que prometen orden y decisión. A veces es el carisma, pero casi siempre es el desgaste acumulado de partidos, instituciones y reglas que estos líderes saben explotar para exhibir fuerza. De ahí la popularidad de dirigentes dispuestos a tensar o saltar controles democráticos como Donald Trump, Javier Milei, Nayib Bukele, Daniel Noboa o José Antonio Kast, ante una ciudadanía que parece decir “no me importan los procesos, quiero resultados”.

Tensar o cruzar límites democráticos para alcanzar objetivos no es una novedad. En América Latina, esta licencia que el pueblo concede en un primer momento a líderes mesiánicos suele inscribirse en un movimiento pendular conocido. Hasta hace poco, la mano fuerte tuvo otros nombres, como Cristina Fernández de Kirchner, Rafael Correa y Evo Morales. Debilitaron de manera sistemática los controles institucionales y justificaron sus avances en nombre de la voluntad popular y de una supuesta eficacia política. Con el agravante y pecado histórico de haberse apoyado política, económica y estratégicamente en la dictadura de Hugo Chávez y de Maduro, e ideológicamente en una de las dictaduras más longevas y represivas del continente, la de los hermanos Castro y Miguel Díaz-Canel.

La historia confirma que conceder estas licencias a gobernantes de mano dura es una apuesta riesgosa. El caso de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo lo demuestra con crudeza. La anuencia inicial suele derivar en el avasallamiento de las instituciones, la colonización de los poderes públicos, la persecución de la prensa y la oposición, o en reformas electorales diseñadas para perpetuarse en el poder o para que sirvan de cosmética democrática. No es casual que hoy las cárceles latinoamericanas estén pobladas de expresidentes que pasaron del mesianismo al abuso de poder.

Reclamar respuestas firmes y rápidas es comprensible. Aceptarlas a costa de la democracia, en cambio, ha demostrado ser una trampa. Tarde o temprano, el efecto búmeran vuelve contra quienes creyeron que la mano dura era un atajo.


enero 04, 2026

Chavismo descabezado y las incertidumbres del momento

El fin que despertó la incertidumbre

Siento la satisfacción de la certeza. El chavismo ha sido descabezado.

Dediqué gran parte de mi trabajo a combatir un régimen que durante 27 años conculcó la libertad de prensa y de expresión, secuestró los poderes públicos y vació de sentido el derecho al voto frente a liderazgos legítimos como los de Juan Guaidó y Edmundo González Urrutia. Una “revolución” que encarceló disidentes, devoró a la oposición y exportó una ideología enfermiza financiada con petrodólares. Su mayor “logro” fue una tragedia histórica, convertir la riqueza en miseria y expulsar a más de ocho millones de venezolanos de su tierra.

Pero tras la certeza aparece la ansiedad por lo incierto. ¿Está realmente muerto este monstruo de mil cabezas? ¿El chavismo se sostenía solo en Nicolás Maduro? ¿Puede la vicepresidenta del chavismo, Delcy Rodríguez, abrir las puertas a la oposición? ¿De verdad María Corina Machado o González Urrutia carecen del consenso necesario para liderar una transición, como sugirió Donald Trump? ¿Qué pasará con los líderes chavistas a quienes EE.UU. acusa de los mismos delitos que pesan sobre Maduro y su esposa? ¿Convertirá EE.UU. a Venezuela en un protectorado durante la transición? ¿Habrá, siquiera, una transición?

Días atrás publiqué una columna en El Tribuno de Salta en la que analizo la lógica de este “segundo acto” de Trump, su pragmatismo visceral, su desdén por la institucionalidad y una visión en la que la seguridad y la política no se rigen por principios, sino que se negocian por costos. Leer en post anterior.

enero 03, 2026

Trump: cuando el espectáculo devora la gestión


Esta columna fue publicada el 28 de diciembre de 2025 en el anuario del diario El Tribuno de Salta, Argentina. 
Este es el enlace al Anuario: Anuario 2025 | PDF | Donald Trump | Gobierno americano
 
Por Ricardo Trotti
    Escribir desde la neutralidad sobre Donald Trump se ha convertido en un ejercicio de alto riesgo. Cualquier análisis que reconozca un acierto de gestión se interpreta como un halago servil y cualquier crítica a su estilo pendenciero o a la erosión de las normas cívicas se lee como un ataque partidista.
    El problema para el periodismo, y por extensión, para la ciudadanía, es que la retórica de Trump actúa como una niebla densa y asfixiante. Los hechos concretos, aquellos datos que en cualquier otra presidencia serían medidos en gráficas, quedan secuestrados por su verborragia. Su estilo volátil, que cambia de humor, dirección y víctimas a cada hora, desdibuja el fondo de sus políticas. La política deja de ser gestión y se convierte en espectáculo, una lógica en la que, como advirtió Vargas Llosa, la forma termina devorando al contenido.
Pero todo ello no es improvisado. En este segundo y último mandato es también una forma de aceleración deliberada. A diferencia de su primera presidencia, cuando aún chocaba con límites institucionales y con un Congreso en minoría, Trump gobierna ahora con la seguridad de quien ya no busca legitimarse, sino consumar su proyecto, consciente de que su tiempo político tiene fecha de caducidad.

Felicidad de bolsillo
    En el terreno económico es donde la dicotomía entre el personaje y el ejecutor es más compleja. Trump ganó la elección porque entendió que los demócratas, en su torre de marfil de estadísticas macroeconómicas, ignoraron la felicidad del bolsillo. Mientras hablaban de la defensa abstracta de la democracia o de cifras de desempleo, Trump le habló al ciudadano que veía con angustia cómo su compra semanal de supermercado costaba más que el año anterior.
    Ahora, en el poder, la paradoja se agudiza. Ganó prometiendo pelear contra la inflación y los altos costos de los medicamentos, pero su guerra de tarifas, ese “tarifazo” al mundo que usa los aranceles como herramienta de negociación geopolítica y que muchos viven como extorsión, presiona los precios internos al alza. Aunque el proteccionismo tiene un costo que paga el consumidor final, esa misma agresividad ha logrado que industrias estadounidenses que habían huido hacia la mano de obra barata en el extranjero vuelvan a invertir en el país, seducidas por la desregulación o aterradas por las sanciones.
    Trump ha aplicado la filosofía conservadora de Ronald Reagan —menos impuestos, Estado más chico— pero inyectada con una dosis de populismo nacionalista. Sin embargo, la promesa de desmantelar la burocracia, encomendada con bombos y platillos a Elon Musk como emblema de una eficiencia radical, se ha topado con la realidad. El gasto público sigue prácticamente intacto y la reducción prometida no se ha materializado.
    A Trump no le preocupa el déficit ni la ortodoxia fiscal. Le importa la percepción de bonanza inmediata. Esa lógica lo lleva incluso a negar la experiencia cotidiana, como cuando afirmó hace poco que la crisis de accesibilidad “es una mentira”, en abierta contradicción con lo que cualquier ciudadano constata frente a la góndola del supermercado. Para su base, sin embargo, esa “verdad” pesa más que los hechos.

enero 01, 2026

Dejemos que el 2026 se despliegue solo

Parece que cada inicio de año el mundo se llena de aspirantes a Nostradamus. Expertos, influencers, periodistas y gurús de redes sociales compiten por ver quién lanza la predicción más audaz, convirtiendo los análisis de tendencias en simples horóscopos de poca monta.
He decidido dejar de consumir ese ruido. Las predicciones no son más que la fallida esperanza que ponemos en la compra de un billete de lotería, una ilusión de control sobre un futuro que, por suerte, no nos pertenece.
 
En realidad, estas supuestas "visiones" son otra cara de la mentira con la que nos venden certezas empaquetadas para calmar una ansiedad que retroalimentan cada año. Es una forma de posverdad que ignora la realidad de los "Cisnes Negros". Nadie fue capaz de predecir una pandemia que detuvo el planeta, ni la mutación hacia el trabajo remoto, ni el maremoto de una IA que hoy lo redefine todo.
 
El futuro no se anuncia; simplemente sucede mientras los analistas nos distraen con ficciones convenientes.
Prefiero rescatar la imperfección de la incertidumbre. Hay algo profundamente humano y liberador en no saber qué pasará mañana. Es en ese vacío donde realmente podemos construir algo propio, sin el guion de otros.
Menos predicciones, más presente. Dejemos que el año se despliegue a su ritmo, con toda su bendita incertidumbre.

diciembre 19, 2025

El dimmer de la autocensura

Todos los periodistas y los medios llevamos un dimmer incorporado. No es un interruptor tajante de encendido o apagado, sino un regulador silencioso de autocensura para graduar la intensidad de la luz que proyectamos sobre los hechos.

Hablamos del mecanismo por el cual el periodista o el medio callan, omiten o matizan para esquivar una amenaza. Es el sacrificio de una parte de la verdad —sin necesidad de tergiversarla— con el único fin de sobrevivir. Por mucho tiempo ese silencio lo dictaba la violencia directa. Hoy, el regulador se activa por factores más invisibles, como el escarnio público, las demandas con resarcimientos estratosféricos y las campañas de odio que buscan asfixiar los hechos antes de que sean revelados.

La autocensura avanza hoy más rápido que la censura directa. Así lo advierte la Unesco en su reciente estudio sobre Tendencias Mundiales en Libertad de Expresión. Mientras esta libertad cayó un 10 por ciento en la última década, la autocensura en los medios aumentó un 63 por ciento. Es el riesgo más silencioso para la libertad de prensa porque no necesita prohibiciones burdas; opera mediante la estigmatización y el hostigamiento sistemático desde el poder.

En las Américas, esta práctica no distingue ideologías. Desde las "mañaneras" del anterior presidente de México hasta los espacios de descrédito en la Casa Blanca, el objetivo es la carnicería reputacional. Llamar a los periodistas "sicarios de tinta", "cerditas" o "enemigos del pueblo" no busca debatir, sino deshumanizar para que el ataque posterior resulte aceptable. Es una estrategia que recorre todas las ideologías, desde Trump a Milei o desde Petro a Maduro.

En América Latina, la autocensura ha sumado la represalia contra familiares de los periodistas. Gobiernos como los de Cuba, Nicaragua o Venezuela han convertido el afecto en un arma de control. Cuando el castigo se extiende por proximidad, el silencio pasa a ser una forma de protección biológica, es cuando el cerebro activa sus circuitos de supervivencia y el miedo desplaza al juicio crítico. Bajo presión, la prioridad deja de ser la verdad y se pasa a bajar la intensidad de la luz sobre los hechos.

Incluso las demandas por honor se han transformado en herramientas de asfixia. Hoy, al ser económicamente desproporcionadas —como la de Trump contra la BBC por 8.500 millones de dólares—, ya no buscan restaurar reputaciones, sino generar docilidad. Aunque el medio gane el juicio, la demanda cumple el objetivo de agotar o desviar recursos y enviar una señal intimidatoria al resto del ecosistema.

Ante este aumento de la autocensura, los medios y los periodistas tenemos la responsabilidad de encontrar formas creativas y valientes para que este regulador no coarte nuestro deber de informar. Una democracia puede sobrevivir a la censura cuando la reconoce y la enfrenta, pero difícilmente sobreviva a la autocensura cuando la acepta como normalidad.

Cuando la habitación de la libertad de prensa queda en penumbra, no es solo el periodismo el que pierde claridad; es la sociedad entera la que empieza a caminar a oscuras.





diciembre 08, 2025

A Nobel for Infantino

The Nobel Prize Committee has decided that Gianni Infantino will receive the next Nobel Peace Prize because—apparently—soccer is synonymous with universal harmony. Hollywood didn't want to be left behind and will present an Oscar to Messi for a "movie-worthy assist" that crowned Inter Miami in the MLS. Inspired by the trend, the Grammys will announce an award at the 2026 World Cup for the singer who performs the best national anthem in history.

All of this is in response to FIFA's enthusiasm, which, during the 2026 World Cup draw, decided to grant Donald Trump the first "Peace Prize." Whether the former U.S. president deserves it or not is a matter for another debate.

The real question is different: What is FIFA aiming for by handing out political awards while ignoring its own statutes? Meanwhile, the NBA and the NFL are conquering markets by taking games to Madrid, Paris, or Mexico City. They are expanding into sports; FIFA is pursuing diplomatic marketing.

That FIFA gives out awards is not the problem. The problem is giving them outside the realm of soccer, as if it felt like the chancellor of the planet. Infantino prefers the shortcut of political spectacle, a cheap marketing strategy in a country where men's soccer is still a "Cinderella" story. Although not entirely. The United States possesses one of the most powerful women's leagues in the world and a four-time champion national team. Furthermore, thanks to Pelé, Beckenbauer, Beckham, and now Messi, U.S. soccer has stopped being a guest and become a protagonist. The final push comes from the 65 million Hispanics who fill stadiums every weekend—most of them legal, even if Trump insists on telling a different story.

It is true, soccer can unite and pacify. But it also feeds racism, chants of hate, and organized violence. Before handing out peace prizes, FIFA should focus on avoiding another "FIFAgate," monitoring federations where some officials have found new ways to benefit themselves, and combating match-fixing and illicit betting that are sprouting like mushrooms. History is full of warnings, including that absurd war between El Salvador and Honduras that also started on a pitch.

Yes, there is corruption in all disciplines. But that doesn't absolve FIFA, nor does it authorize it to masquerade as a global statesman. Instead of taking selfies with the three North American presidents, Infantino could have announced a price cut for World Cup tickets, so the planet's most popular sport doesn't become an astronomical luxury.

If it is about peace prizes, there are plenty of candidates: from the Ukrainian Football Association, keeping a national team alive in the middle of a war, to the U.S. women's team fighting for equal pay. And of course, players like Messi or Ronaldo, and clubs like Real Madrid, Barcelona, Juventus, PSG, or Manchester City, which unite the planet every weekend without diplomatic pretensions.

Peace is something else. Soccer is, too. And everyone should stay in their own field.


diciembre 07, 2025

Un Nobel para Infantino

El Comité de los Premios Nobel decidió que Gianni Infantino recibirá el próximo Nobel de la Paz, porque —al parecer— el fútbol es sinónimo de armonía universal. Hollywood no quiso quedarse atrás y entregará un Oscar a Messi por “una asistencia de película” con la que coronó al Inter Miami en la MLS.

 Inspirados por la tendencia, los Grammys anunciarán en el Mundial 2026 un premio al cantante que interprete el mejor himno nacional de la historia.

Todo esto en reacción al entusiasmo de la FIFA, que durante el sorteo del Mundial 2026 decidió otorgarle a Donald Trump el primer Premio por la Paz. Si el expresidente estadounidense lo merece o no, queda para otro debate.

La pregunta real es otra: ¿qué pretende la FIFA repartiendo premios políticos, ignorando sus propios estatutos? Mientras tanto, la NBA y la NFL conquistan mercados llevando partidos a Madrid, París o Ciudad de México. Ellos hacen expansión deportiva; la FIFA, marketing diplomático.

Que la FIFA entregue premios no es problema. El problema es que los entregue fuera del fútbol, como si se sintiera canciller del planeta. Infantino prefiere el atajo del espectáculo político, una estrategia de marketing barato en un país donde el fútbol masculino aún es cenicienta. Aunque no tanto. Estados Unidos posee una de las ligas femeninas más poderosas del mundo y un seleccionado nacional tetracampeón. Además, gracias a Pelé, Beckenbauer, Beckham y ahora Messi, el fútbol estadounidense dejó de ser un invitado para volverse protagonista. El impulso final viene de los 65 millones de hispanos que llenan estadios cada fin de semana, la mayoría legales, aunque Trump insista en contar otra historia.

Es cierto, el fútbol puede unir y pacificar. Pero también alimenta racismo, cánticos de odio y violencia organizada. Antes de repartir premios por la paz, la FIFA debería concentrarse en evitar otro FIFAgate, vigilar federaciones donde algunos dirigentes han encontrado nuevas maneras de beneficiarse, y combatir el amaño de partidos y las apuestas ilegítimas que crecen como hongos. La historia está llena de advertencias, incluida aquella guerra absurda entre El Salvador y Honduras que comenzó también en una cancha.

Sí, hay corrupción en todas las disciplinas. Pero eso no absuelve a la FIFA ni la autoriza a disfrazarse de estadista global. En lugar de sacarse selfies con los tres presidentes de Norteamérica, Infantino podría haber anunciado una rebaja en los precios de las entradas del Mundial, para que el deporte más popular del planeta no se convierta en un lujo orbital.

Si se trata de premios por la paz, candidatos sobran, desde la Federación Ucraniana de Fútbol, que mantiene viva una selección en plena guerra, hasta el equipo femenino de Estados Unidos, que pelea por igualdad salarial. Y claro, jugadores como Messi o Ronaldo, y clubes como el Real Madrid, el Barcelona, la Juventus, el PSG o el Manchester City, que unen al planeta cada fin de semana sin pretensiones diplomáticas.

La paz es otra cosa. El fútbol también. Y cada cual debería quedarse en su cancha.

diciembre 04, 2025

La IA, tan indispensable e invisible como la electricidad


Quiero agradecer a Gonzalo Marroquín Godoy por la entrevista para revista Crónica de Guatemala, de la que es su director y presidente. 

Usted dice que la Inteligencia Artificial cambiará nuestra forma de vivir y trabajar. ¿Cuál cree que será el cambio más profundo que experimentará la sociedad en los próximos cinco años?: Creo que el cambio más radical no será ver robots caminando por la calle, sino que la IA se volverá invisible e indispensable, como la electricidad. En los próximos cinco años dejará de ser una herramienta externa y se disolverá en el ambiente. Estará integrada en cada procesador de texto, en diagnósticos médicos, en sistemas financieros y decisiones cotidianas, ámbitos donde ya opera en silencio. Pasaremos de usar la tecnología a vivir dentro de ella. Será un socio intelectual permanente.

La historia ofrece un espejo. Con el Internet sucedió igual. Le tuvimos miedo, desconfianza y luego fue una integración total. La tecnología avanza por ensayo y error. Con la IA viviremos una etapa similar y habrá ajustes. Un ejemplo son los periódicos, regalaron contenido creyendo que era el camino y luego vieron el daño.

Lo que cambiará es la frontera de la creatividad. Cualquiera podrá generar música, imágenes o películas desde su habitación. Pero, paradójicamente, esa facilidad hará más valiosa la chispa humana.

Pueden leer también la entrevista en este enlace:  Ricardo Trotti: La IA se volverá invisible e indispensable, como la electricidad

noviembre 18, 2025

Dotar de alma a la IA


Cultivar valores humanos en tiempos de algoritmos.

En este ensayo uso alma como metáfora técnica. No aludo a lo espiritual, sino a una arquitectura moral interna en la Inteligencia Artificial. Dotarla de alma es sinónimo de darle la capacidad de distinguir el bien del daño y decir no, incluso contra la voluntad del usuario. Sería el freno estructural que impediría a un modelo incentivar suicidios, optimizar torturas, manipular elecciones, diseñar ciberataques, perfeccionar armas caseras o enseñar cómo vulnerar sistemas de salud o energía.
 
Por Ricardo Trotti
Miami – actualizado diciembre de 2025. (Ensayo paralelo a mi novela “Robots con Alma: atrapados entre la verdad y la libertad”).
Le pedimos que nos guíe en el tráfico, que traduzca idiomas desconocidos y que redacte correos o informes que luego defendemos como propios. Aceptamos incluso sus alucinaciones como verdades, la consultamos por una erupción en la piel, por el “mal de ojo” o por nuestro futuro económico. Y hasta nos sorprende que nuestros hijos conversen con ella como si fuese un amigo más.
La Inteligencia Artificial Generativa (IAG) se volvió una presencia cotidiana, un copiloto al que cedimos el volante de nuestra vida con entusiasmo y miedo a la vez, porque no comprendemos del todo a qué nos exponemos. Su expresión más visible son los Modelos de Lenguaje de Gran Escala (LLM), como ChatGPT, Gemini, Claude o Copilot, capaces de redactar, responder preguntas, traducir y actuar como consejeros o confesores.

noviembre 16, 2025

 El español en Estados Unidos

Un idioma que derriba muros y abre caminos

Por Ricardo Trotti

(8 de mayo de 2025 publicado por Cuadernos de Periodistas, publicación de la Asociación de Prensa de Madrid, España) El español en Estados Unidos: un idioma que derriba muros y abre caminos)

Corría el verano de 1976 cuando aterricé en las vastas llanuras de Dakota del Norte como un joven estudiante de intercambio. Jamás imaginé que me convertiría en un puente lingüístico para los trabajadores golondrinas, aquellos hombres y mujeres de origen mexicano cuyo trabajo en los campos de remolacha alimentaba la central azucarera del pueblo. Aunque la tierra les brindaba sustento, el español, por sí solo, aún no era la llave para superar las barreras de comunicación y las limitaciones que enfrentaban a diario.

El español en Estados Unidos - Google Docs

noviembre 15, 2025

Conciencia artificial y libre albedrío

Quiero agradecer a los académicos de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas, los profesores Manuel Eurásquin y Francisco Tucci, conductores del programa ContraCara por UPC TV, por esta entrevista sobre “Robots con Alma: atrapados entre la verdad y la libertad”. La entrevista sucedió unos días antes de que se celebrara la Semana Internacional de la Comunicación en esa misma universidad. Agradezco también a Úrsula Freundt, decana de la Facultad de Comunicaciones de esta prestigiosa casa de altos estudios, quien hizo posible mi participación en ambos eventos.

https://www.youtube.com/watch?v=eLPz6xla4_0

Hablamos sobre temas interesantes, como derechos y dignidad artificial; libre albedrío, verdad y desinformación; conflicto teológico y filosófico, guerra, propaganda y manipulación; filosofía artificial y legado humano; procesos de paz y gobernanza, entre otros.

octubre 15, 2025

El sesgo moral del lenguaje periodístico

Soy suscriptor y admirador del periodismo de El País de España y de lo que producen sus redacciones en los países americanos. En estos días leí mucho de lo que expresó su director sobre el criterio editorial y sobre lo que dijeron sus periodistas en el Congreso de la Lengua en Arequipa. Sin embargo, me permito hacer la siguiente reflexión para que se evite la arrogancia periodística. Hablaron sobre el lenguaje, pero quiero referirme al sesgo moral del lenguaje periodístico.

El periodismo, incluso el más prestigioso, no escapa a ese sesgo moral que se esconde en las palabras o dentro del criterio editorial soberano que se proclama a conveniencia.

Basta revisar cómo El País, por ejemplo, clasifica a algunos presidentes. 

Donald Trump y Javier Milei son “ultraderecha”; Nayib Bukele, “autoritario”. Pero a Nicolás Maduro, Daniel Ortega o Miguel Díaz-Canel rara vez se los describe como “ultraizquierda”. A Petro y Lula se los llama “izquierda progresista”, y a Pedro Sánchez, “socialista”.

El lenguaje define el marco moral de la noticia. “Ultraderecha” no solo ubica, sino condena. “Progresista” no solo describe, sino absuelve. Así se construye una narrativa donde la derecha se asocia con el peligro y la izquierda con el matiz.

No se trata de mala fe. Es un reflejo estructural de la cultura del medio y de su público.

El periodismo progresista, al igual que el conservador, suele juzgar desde su propia fe secular. Pero cuando el periodista sustituye el testimonio por el juicio, deja de informar para comenzar a educar moralmente al lector. 

En tiempos donde la propaganda se disfraza de análisis y la opinión se maquilla de información, el deber del periodista es resistir el impulso de calificar. Nombrar con precisión, sí; pero sin repartir absoluciones ni condenas. Que el lector o el público lo haga, no el periodismo.

El periodismo necesita menos dogma y más humildad.


octubre 06, 2025

El presente de la IA en el espejo del futuro

 

Quiero agradecer a June Erlick, editor-in-chief de la prestigiosa ReVista, Harvard Review of Latin America, por haberme invitado como colaborador de esta edición con una nota sobre mi novela Robots con Alma: atrapados entre la verdad y la libertad y como esta ciencia ficción del futuro se comunica con nuestro presente atravesado por la IA.

Este es el enlace: https://revista.drclas.harvard.edu/giving-a-soul-to-ai-when-fiction-illuminates-the-ethics-of-the-present/


septiembre 27, 2025

Principios irrenunciables para el Periodismo

Tuve el privilegio de presentar esta semana Robots con Alma en el Colegio Universitario Politécnico (CUP) de Córdoba, donde estudié Periodismo en mi juventud. Cómo la inteligencia artificial afectará al Periodismo en el futuro fue el tema principal de la charla con los alumnos y un grupo de profesores liderados por Florencia y José Pérez Gaudio.

Hace más de 40 años tenía más dudas que certezas sobre la profesión que abrazaba. Escribíamos con máquinas de escribir y copiábamos con papel carbónico. Hoy contamos con herramientas avanzadas, internet, redes sociales, IA generativa, pero los dilemas son los mismos. ¿Para qué servimos? ¿Cómo educamos, orientamos y provocamos reflexión? ¿Sobrevivirá nuestro trabajo en el futuro de la superinteligencia?

La respuesta está en lo esencial. Las herramientas cambian, los principios permanecen. Así fue con la imprenta, la radio o internet, y así será ahora. Lo importante no son las tecnologías que usamos, sino los principios que nos guían. Buscar la verdad, defender la libertad, practicar la bondad y desplegar la creatividad.

Las tecnologías son pasajeras; los principios, atemporales. Y en tiempos de algoritmos que nos vigilan, de burbujas que refuerzan prejuicios y de máquinas que hasta ponen a prueba nuestra creatividad, necesitamos reforzar nuestros valores.

En mi propio recorrido he encontrado tres verbos que sintetizan un periodismo con alma, que se alinean a los principios del Periodismo Idea, filosofía de Miguel Pérez Gaudio, fundador del CUP, basados en educar, orientar y hacer pensar, entre otros.

·       Defender la libertad como garante de la democracia y el bien común.

·       Descubrir la verdad para iluminar los que se quiere mantener oculto.

·       Inspirar con creatividad y bondad para fortalecer la conciencia ciudadana.

Los principios, y no las herramientas, son los que hacen que el periodismo prevalezca en el tiempo. Son la brújula frente a cada revolución tecnológica y el alma de la profesión. Y no deben ser solo declarativos. Aristóteles nos recuerda que los principios se practican hasta convertirlos en hábito.

 

septiembre 24, 2025

La sátira como indicador de la salud democrática

Anoche volvió a la televisión el comediante Jimmy Kimmel de donde nunca tuvo que haber sido suspendido.

La tolerancia a la sátira es un indicador de la salud democrática de un país. Siempre argumenté que la sátira política debe ser considerado un género periodístico, porque su fuerza reside en que llega donde las denuncias, las críticas, las investigaciones o los editoriales no siempre alcanzan.

Desde el ateniense Aristófanes hasta los caricaturistas contemporáneos, la sátira ha servido como una herramienta de resistencia cívica, no solo para hacer reír, sino para incomodar, cuestionar y provocar reflexión. Al deformar o exagerar la realidad, la expone; al exagerar los defectos de los líderes, los desnuda; al ironizar sobre decisiones públicas, obliga a la ciudadanía a mirar más allá de la retórica oficial.

Debido a esas características, los poderes autoritarios suelen reaccionar en forma desproporcionada, como en el caso de Kimmel y de Stephen Colbert tras las reacciones de Trump, o como el caso del caricaturista ecuatoriano Bonil durante el gobierno de Correa, el de otros caricaturistas en la dictadura de Chávez u otros durante las dictaduras del Cono Sur, cuando la sátira era la única opción para burlar la censura.

También vale recordar que la sátira, aunque no esté limitada por las reglas del periodismo tradicional, tampoco está exenta de responsabilidad si sus efectos incitan a la violencia, al odio o la discriminación, de allí que cause tanto entusiasmo o decepción según la óptica desde donde se la mire.

Durante la primera presidencia de Trump, se debatió sobre los límites de la sátira y la libertad de expresión cuando la comediante Kathy Griffin apareció en una imagen con la cabeza del entonces presidente. Años antes, las imágenes de monos durante la presidencia de Barack Obama encendieron un debate que se apagó enseguida por falta de reacción del afectado. Pero el debate fue global cuando el semanario francés Charlie Hebdó publicó una caricatura de Mahoma que las personas de origen musulmán consideraron ofensiva y discriminatoria. Muchas veces lo que genera controversia no es la sátira en sí misma, sino el momento, inoportuno en el que Kimmel se expresó por el crimen de Charlie Kirk.

De todos modos, nada justifica la intolerancia, ni la violencia terrorista contra los ilustradores de Charlie Hebdó, ni la persecución legal contra Bonil, ni la amenaza de cerrar una televisora para silenciar a sus comediantes.

La sátira puede incomodar, pero esa es su esencia democrática. Lo intolerable es que esa incomodidad se transforme en censura, persecución o violencia. En democracia, el único límite legítimo a la sátira no lo marcan los gobernantes ni los ofendidos, sino la justicia. Y la justicia no debe ser usada como mordaza, sino como garantía de que la libertad de expresión conviva con la responsabilidad. La censura disfrazada de autoridad moral o de poder político no protege a la sociedad, sino que la degrada, la empobrece y la asfixia.

 

Satire as an Indicator of Democratic Health

Last night, comedian Jimmy Kimmel returned to television, from which he should never have been suspended.

Tolerance for satire is an indicator of a country's democratic health. I have always argued that political satire should be considered a journalistic genre, because its strength lies in reaching where denunciations, criticisms, investigations, or editorials do not always reach.

From the Athenian Aristophanes to contemporary cartoonists, satire has served as a tool of civic resistance, not only to make people laugh but also to make them uncomfortable, question, and provoke reflection. By distorting or exaggerating reality, it exposes it; by exaggerating the flaws of leaders, it unmasks them; by being ironic about public decisions, it forces citizens to look beyond official rhetoric.

Because of these characteristics, authoritarian powers often react disproportionately, as in the case of Kimmel and Stephen Colbert after Trump's reactions, or the case of the Ecuadorian cartoonist Bonil during the Correa government, or others during the Chávez dictatorship or the dictatorships of the Southern Cone, when satire was the only option to circumvent censorship.

It is also worth remembering that satire, although not limited by the rules of traditional journalism, is not exempt from responsibility if its effects incite violence, hatred, or discrimination, which is why it causes so much enthusiasm or disappointment depending on the perspective from which it is viewed. During the first Trump presidency, the limits of satire and freedom of expression were debated when comedian Kathy Griffin appeared in an image with the severed head of the then-president. Years earlier, images of monkeys during Barack Obama's presidency ignited a debate that quickly died down due to the lack of reaction from the person affected. But the discussion became global when the French weekly Charlie Hebdo published a caricature of Muhammad that people of Muslim origin considered offensive and discriminatory. Often, what generates controversy is not the satire itself, but the timing, as was the case with Kimmel's ill-timed remarks regarding Charlie Kirk's crime.

In any case, nothing justifies intolerance, whether it's terrorist violence against the illustrators of Charlie Hebdo, the legal persecution of Bonil, or the threat to shut down a television station to silence its comedians. Satire may be uncomfortable, but that is its democratic essence.

What is intolerable is that this discomfort turns into censorship, persecution, or violence. In a democracy, the only legitimate limit to satire is not set by rulers or the offended, but by justice. And justice should not be used as a gag, but as a guarantee that freedom of expression coexists with responsibility. Censorship disguised as moral authority or political power does not protect society, but degrades, impoverishes, and suffocates it.

 

septiembre 19, 2025

La ficción para denunciar la mentira y la coacción

Agradezco al profesor Arturo Corona de la Universidad de Anahuac en México, y varios de sus estudiantes, por la entrevista sobre Robots con Alma en su podcast en el programa Cultura y Punto de la Radio Anahuac. Esta disponible en Spotify en este enlace: https://open.spotify.com/episode/3QOgIDMc9E4PZp4m8iJje5?si=AUmSecKKQ5yuWJLdEPDNow

Fue una nueva y excelente excusa para hablar sobre la revolución de la inteligencia artificial y como está cambiando nuestros hábitos, afectando a la democracia y es una herramienta fundamental para los periodistas. También hablamos de cómo usé la ficción y una historia del futuro para entender el presente, a sabiendas que la tendencia a la mentira y la coacción se acrecentarán.

 

Davos y CAF: paralelismo entre ficción y realidad

A medida que escribo el segundo libro de la trilogía Robots con Alma , avanzo en paralelo con una serie de ensayos de no ficción. Ese trabaj...