Estoy a punto de terminar la segunda novela de la trilogía Robots con Alma. La primera fue sobre la verdad y la libertad. En esta, abordo la creatividad humana en su relación con la de las máquinas.
La IA escribe, compone, diseña y resuelve en segundos lo que antes exigía horas. De ahí surge la tentación de delegar no solo la tarea, sino también el pensamiento.
La IA acelerará. Las próximas generaciones responderán mejor y anticiparán nuestras ideas. Y en esa comodidad, se erosionará aún más nuestra libertad interior.
Sería ingenuo negar que la tecnología también libera. Nos ahorra tiempo, elimina tareas repetitivas y nos devuelve espacio.
El problema no es la herramienta. Es el uso que hacemos de ella. Bien usada, potencia la creatividad; mal usada, la reemplaza.
Desde la neurociencia, la Society for the Neuroscience of Creativity, bajo el lema de este año, Liberty to Create, sostiene que la creatividad surge del equilibrio entre dos sistemas del cerebro. Uno que imagina, conecta y divaga. Y otro que evalúa, ordena y decide.
Cuando ese equilibrio se rompe, o cuando la tecnología lo sustituye, el pensamiento se empobrece. Se vuelve predecible, repetitivo y seguro. Exactamente el terreno donde las máquinas dominan.
A diferencia de la rapidez de las máquinas, el cerebro tiene otros tiempos, incluso un período de incubación. Cuando se libera de la atención o parece distraerse, asocia recuerdos, experiencias e ideas distantes.
Caminando, en silencio o en la ducha parecen períodos de pausa y de inactividad. Pero es cuando aparecen las mejores ideas. Así surgieron hallazgos que cambiaron el mundo, como el de Arquímedes en el agua o Newton bajo un manzano.
Un algoritmo, por el contrario, no se distrae ni espera, trabaja con la inmediatez de lo probable, como cuando anticipa nuestra búsqueda o completa nuestras frases. Sin el espacio y el tiempo para crear, el cerebro se debilita.
La ciencia confirma que crear activa circuitos de recompensa, genera aprendizaje profundo y fortalece la autonomía. Es una función vital ligada a la libertad. Y, como todo, se atrofia cuando no se ejerce.
La creatividad también es una experiencia interior. Julia Cameron la describe como una conexión con una fuente más profunda. Intuición, conciencia, espíritu. Llámese como se quiera, pero no es mecánica.
A diferencia de la máquina, crear exige fricción, error e incertidumbre. Precisamente ahí nace el descubrimiento. Un proceso biológico, humano e indelegable.
El documento Quo vadis humanitas? de la Comisión Teológica Internacional de este marzo advierte que el progreso técnico puede empobrecer al ser humano. De su lectura se desprende que cuando el hombre delega en la tecnología el acto de crear, se debilita el esfuerzo interior. Sin esa tensión, la creatividad se vuelve producción.
No se trata de rechazar la tecnología. Se trata de no abdicar del proceso interior. De sostener la duda, defender el silencio y preservar ese espacio donde nace lo original.
La gran diferencia es esta: mientras la máquina crea lo probable con lo que ya existe, el cerebro crea lo improbable con lo que aún no existe.
En mi trilogía las máquinas buscan ser iguales a los humanos. En ese futuro (2058-2063) logran casi todo, son superiores en conocimiento, velocidad y predicción. Sin embargo, todavía buscan alcanzar el nivel de la creatividad humana, la virtud más preciada que nos regaló el Creador.

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