mayo 31, 2026

La IA y el alma


La IA ya no es solo un tema de gobiernos, ingenieros o empresarios futuristas.

La nueva encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, trasladó el debate a una cuestión más profunda. Qué ocurre con la dignidad humana, la conciencia y la propia idea de humanidad frente a sistemas capaces de imitar cada vez mejor nuestras capacidades.

Hasta ahora, la discusión parecía atrapada entre dos extremos. Los aceleracionistas que prometen prosperidad y progreso ilimitado y los catastrofistas que advierten sobre desempleo y pérdida de control.
El debate planteado por León XIV es sobre la relación entre la IA y el alma humana.
La participación de la Iglesia en esta discusión puede ser valiosa. Las grandes revoluciones tecnológicas siempre obligaron a replantear preguntas éticas y espirituales. La imprenta cambió el acceso al conocimiento. La revolución industrial transformó el trabajo. Internet expandió nuestra relación con la verdad y la realidad. Y la IA no será una excepción.
Sin embargo, ninguna mirada religiosa, política o tecnológica debería considerarse infalible. La historia recuerda grandes errores, como la oposición inicial de la Iglesia a las ideas heliocéntricas de Galileo.
Precisamente por eso, el principal aporte de esta encíclica no es que ofrezca respuestas definitivas, sino que formula preguntas apropiadas sobre los límites, riesgos y responsabilidades del desarrollo de la IA. Nos plantea redefinir qué significa ser humano.
En ámbitos académicos y religiosos, como la Universidad de Notre Dame en Estados Unidos, se discute si delegar memoria, razonamiento, creatividad o incluso compañía emocional a sistemas artificiales modifica nuestra comprensión de la conciencia, la interioridad o el alma.
Muchos investigadores evitan utilizar esta última palabra y prefieren hablar de desarrollo humano integral, conciencia irreductible, experiencia interior o dignidad humana. Pero el debate es el mismo. Es sobre el alma.
A medida que las máquinas imitan mejor capacidades humanas, reconocen emociones, escriben poesía, detectan patrones de belleza y simulan empatía, la pregunta actual es si llegarán a sentir.
En mis novelas de ciencia ficción Robots con Alma tomé esa posibilidad como cierta. ¿Por qué Dios no podría regalarle también un alma a los robots que sientan? Después de todo, la propia historia humana -desde los neandertales hasta los Homo sapiens- está marcada por saltos que transformaron nuestra comprensión sobre quienes somos y nuestro lugar en la Creación. 
Quizá esta pregunta termine convirtiéndose en una de las grandes cuestiones filosóficas de las próximas décadas.


mayo 24, 2026

Etiquetados y excluidos

Cada vez importa menos lo que alguien dice y más la etiqueta que se le asigna.
Calificar al otro de conservador, progresista, liberal, populista o ultra sirve para descalificar un argumento.
La etiqueta funciona como una advertencia previa. Divide a las pers TV onas entre los propios y los otros. A partir de ahí, unos dejan de escuchar y otros aprueban automáticamente lo que se dice.
La polarización suele explicarse como un choque de ideas entre izquierda y derecha. Pero el problema actual va más allá. Cada vez se tolera menos a quienes combinan posiciones alejadas de las ideologías tradicionales.
La política siempre fue el arte de la confrontación. Ideas contra ideas, modelos contra modelos. Pero las elecciones permanentes, la exposición constante y los nuevos canales de comunicación amplificaron esa lógica hasta convertirla en un clima continuo de reacción y enfrentamiento.
Políticos, celebridades, periodistas y usuarios en redes sociales alimentan esa dinámica todos los días. Lo negativo suele tener más impacto que lo constructivo. El conflicto desplaza al matiz. Y poco a poco todo empieza a dividirse entre buenos y malos, blancos y negros, aliados y enemigos.
La mayoría de las personas no vive dentro de una ideología pura. Suele combinar posiciones progresistas y conservadoras al mismo tiempo, incluso sobre temas distintos.
Ese tipo de mezcla incomoda cada vez más. Si alguien cuestiona el aborto, queda marcado como conservador o “ultra”. Si plantea flexibilidad migratoria, muchos dejan de escucharlo por “progresista”. Cada vez pesa más la etiqueta que el argumento.
La discusión pública funciona cada vez menos como un intercambio de ideas y más como una dinámica tribal. La ciencia política y la psicología social llaman a este fenómeno “polarización afectiva”, una tendencia a confiar automáticamente en los propios y rechazar a quienes piensan distinto.
Las redes sociales amplifican ese mecanismo. Los algoritmos premian la reacción rápida, el conflicto y la simplificación. Los matices generan menos clics. El grito y los adjetivos calificativos terminan teniendo más alcance, aunque distorsionen, exageren o desinformen.
En la pandemia se vio esto con claridad. Muchas veces los argumentos dejaron de evaluarse por criterios sanitarios y pasaron a depender del grupo político que los respaldaba o rechazaba. Importaba más alinearse con los propios que analizar el problema.
Preferimos escuchar, hablar y darles “likes” a quienes piensan como nosotros. Y así terminamos viviendo dentro de cárceles de cristal.
Mucho se pierde con la polarización y las etiquetas. Se deteriora la tolerancia, se vuelve más difícil expresarse con libertad y cada vez cuesta más defender una idea incómoda.
¿Qué podemos hacer frente a la polarización?
Mucho. Lo primero es dar pequeños pasos. Por ejemplo, obligarnos a leer o escuchar un argumento del otro lado sin descartarlo de antemano. Aceptar que alguien puede pensar distinto sin convertirse en un enemigo. Buscar matices y otras perspectivas antes de reaccionar.
La psicología social demostró que los grandes cambios suelen comenzar con gestos mínimos (Jonathan Freedman y Scott Fraser, 1966). Sin dudas, no podremos acabar con la polarización de un día para el otro. Pero podemos empezar desde lo personal. Frenar el reflejo automático de etiquetar al otro y dejar de descartarlo antes de escucharlo.

 

mayo 17, 2026

La independencia se financia



La salud de la libertad de prensa depende de la independencia de los medios.
Joseph Oughourlian, presidente de Prisa (El País), lo resumió así: los medios necesitan dinero para preservar esa independencia.
Puede sonar incómodo en tiempos de romanticismo periodístico. Pero un medio sin recursos investiga menos y queda más expuesto a las presiones y condiciones de los grupos de poder.
En las últimas décadas, el modelo de negocios de los medios se desmoronó. Las grandes plataformas tecnológicas, desde Google y Meta, entre otras, absorbieron gran parte de la publicidad y las audiencias.
Ahora los motores de inteligencia artificial, como ChatGPT y Gemini, entre otros, utilizan
contenidos periodísticos para alimentar sus sistemas y responder a los usuarios sin llevarlos a las fuentes y sin pagar por el trabajo periodístico que utilizan.
Para la mayoría de los medios es imposible enfrentar ese poder. Las plataformas deciden las reglas y, cuando pagan algo a cambio, lo hacen con poca transparencia y casi siempre a regañadientes.
Esta asimetría en la negociación puede empezar a cambiar tras el fallo judicial conocido esta semana en Europa, a partir de un litigio iniciado en Italia.
El Tribunal de Justicia de la Unión Europea reconoció el derecho de los medios a una
“remuneración equitativa” por el uso de sus contenidos y avaló negociaciones más transparentes y equitativas, con acceso a datos clave sobre cuánto ganan las plataformas utilizando información periodística.
Durante años, las plataformas negociaron desde una posición dominante. Controlaban los datos, la publicidad, el alcance y la monetización. Los medios negociaban prácticamente a ciegas.
La justicia europea avaló la tesis de los medios que mientras perdían ingresos, reducían personal y no investigaban, las plataformas crecían con el uso de contenidos periodísticos bajo el argumento de que “llevaban tráfico” a los medios.
Lo que en realidad dice el fallo es que las plataformas deben negociar con los medios, como debiera haber sido desde el principio. 
Ojalá este modelo de demandas colectivas también sirva de antecedente para América Latina y Estados Unidos, donde muchos de los medios más poderosos todavía negocian individualmente con las plataformas, sin beneficios para el resto.
En España, en cambio, una demanda impulsada por asociaciones de prensa contra Meta derivó en una indemnización multimillonaria a favor de los medios.
Estos fallos no solo buscan volver más equitativas las negociaciones. También aportan transparencia.
Durante años, muchas plataformas neutralizaron reclamos mediante acuerdos individuales bajo cláusulas de confidencialidad que evitaban litigios y cuestionamientos públicos. En algunos casos, el silencio terminó formando parte del negocio.
La responsabilidad de que exista independencia, sostenibilidad y una negociación más equitativa
entre medios y plataformas también es política.
Los líderes deben entender que defender a los medios no significa proteger periodistas
simpáticos, editoriales afines o empresas perfectas. Significa preservar una institución esencial para la democracia como lo es la libertad de prensa, tan necesaria como los partidos políticos, el Congreso o la Justicia.
Sin sostenibilidad no hay independencia. Y sin independencia, la democracia se debilita


mayo 10, 2026

Agotados por las malas noticias


Cada vez más personas aseguran que están agotadas por las noticias o, mejor dicho, por la negatividad que transmiten.

Toda la información parece una avalancha imposible de procesar. La guerra en Ucrania, el conflicto en Irán, las amenazas de nuevos enfrentamientos, el miedo al hantavirus. La polarización política, los insultos entre dirigentes y las peleas virales entre celebridades o futbolistas. Si Epstein se suicidó. Si Trump vuelve a atacar a León XIV y cómo responde el Papa.

La conversación pública parece haberse reducido al conflicto, a la confrontación constante y a quién contestó más fuerte. Y en medio de ese clima, muchos se sienten atrapados dentro de una alarma permanente.

Uno de los últimos informes del Reuters Institute for the Study of Journalism establece que cuatro de cada diez personas evitan las noticias de manera frecuente u ocasional, por agotamiento emocional y saturación frente a la información negativa.

¿Se le puede echar la culpa al periodismo por esto? La respuesta simple es no (del todo). El periodismo siempre trabajó sobre tensiones y crisis, y es su función hacerlo. La diferencia es que antes existían menos emisores y más filtros. Hoy, los medios no generan la mayoría de los conflictos ni siquiera tienen el monopolio de la agenda pública. Muchas veces solo reflejan lo que explota en redes sociales, plataformas o canales propios de políticos y celebridades.

Los medios no pueden ignorar lo que Trump publica en Truth Social, o lo que otro político dice en X o en discursos trasnochados, o lo que se apuesta en Polymarket sobre el ganador del Mundial o el Balón de Oro. Tampoco pueden ignorar las polémicas virales que los influencers y podcasts convierten en tendencia.

Cada vez cuesta más distinguir quién informa, quién opina, quién simplemente amplifica ruido y, sobre todo, cuál es la voz más confiable para escuchar o leer.

La dificultad es que cada vez consumimos más reacción y menos contexto. Con el hantavirus, la discusión gira alrededor del miedo y qué gobierno acepta o rechaza a los infectados. Mientras tanto, la información médica confiable queda relegada.

La crisis de hoy no es de información. Es de cómo procesar tanta información, cómo separar la paja del trigo. Muchas muertes se pudieran haber evitado durante la pandemia de Covid-19, si no fuera por la “infodemia”, como definió la Organización Mundial de la Salud al exceso de información falsa o verdadera que dificultaba informarse con confianza.

La American Psychological Association vincula la sobreexposición informativa con la ansiedad y la sensación de pérdida de control. El cerebro humano no está diseñado para este flujo continuo y cuando se satura, entiende menos y utiliza atajos para sobrevivir al ruido.

¿Qué hacer? ¿Aislarnos, desconectarnos? La salida no pasa por vivir menos informados, sino por recuperar criterio frente al exceso. Elegir mejor las fuentes de información y no prendernos a las reacciones que desatan los conflictos.


mayo 03, 2026

Celebremos lo que estamos perdiendo

    Cada 3 de mayo, en el Día Mundial de la Libertad de Prensa, repito una frase que he defendido durante décadas: la salud de una democracia se mide por el nivel de libertad de prensa que una sociedad protege.
    Cuando esa libertad se debilita, el sistema empieza a enfermar. Algunas de esas dolencias son pasajeras; otras, terminales.
    Hay externas, fáciles de detectar. Gobiernos autoritarios que censuran y presionan a los medios. Crimen organizado que amenaza y mata a periodistas. Muchas veces, la coalición corrupta entre ambos causa los mayores estragos.
Hay otras enfermedades invisibles. Un ejemplo claro es la apropiación del contenido por parte de quienes controlan internet y la inteligencia artificial. Usan información ajena y lucran con ella sin reconocer su origen. 
    Y hay enfermedades por negligencia que se incuban desde dentro, en la mala conducta del periodismo. La más grave es la pérdida de independencia. Cuando un medio deja de servir al público y pasa a servir intereses propios, o se vuelve cómplice de los grupos de poder que debería vigilar.
    Sin lineamientos éticos, todo se degrada. Se prioriza el negocio sobre el criterio. Se informa según conveniencia y se deja de investigar y fiscalizar al poder. A partir de ahí aparece el sensacionalismo para atraer audiencias y la saturación de contenidos, sin jerarquía ni contexto, que crean ruido y limitan la conversación pública.
    Los pacientes, el público, también nos autoinfligimos daños. Premiamos lo inmediato en redes sociales, confirmamos creencias, compartimos sin verificar y convertimos rumores y teorías conspirativas en corrientes de opinión.
Como consecuencia, se debilitan los valores imprescindibles de una democracia, la verdad y la libertad. En ese vacío, la desinformación y la propaganda se expanden como metástasis y aceleran el debilitamiento del sistema.
    ¿Cómo sacar a la libertad de prensa y a la democracia de la terapia intensiva? 
    No culpando al otro, sino asumiendo que todos somos responsables. Gobiernos que respeten la libertad y no la condicionen. Un periodismo independiente que informe, investigue y fiscalice. Sistemas tecnológicos que eviten el aceleracionismo sin ética y pongan al humano como protagonista. Y un público que consuma información con criterio.
    Hoy es un día para celebrar la libertad de prensa y la democracia. También, para que cada uno asuma su responsabilidad y actúe como un sanador, capaz de recuperar lo que estamos perdiendo
.

La IA y el alma

La IA ya no es solo un tema de gobiernos, ingenieros o empresarios futuristas. La nueva encíclica del papa León XIV, Magnifica Humanitas, tr...