mayo 10, 2026

Agotados por las malas noticias


Cada vez más personas aseguran que están agotadas por las noticias o, mejor dicho, por la negatividad que transmiten.

Toda la información parece una avalancha imposible de procesar. La guerra en Ucrania, el conflicto en Irán, las amenazas de nuevos enfrentamientos, el miedo al hantavirus. La polarización política, los insultos entre dirigentes y las peleas virales entre celebridades o futbolistas. Si Epstein se suicidó. Si Trump vuelve a atacar a León XIV y cómo responde el Papa.

La conversación pública parece haberse reducido al conflicto, a la confrontación constante y a quién contestó más fuerte. Y en medio de ese clima, muchos se sienten atrapados dentro de una alarma permanente.

Uno de los últimos informes del Reuters Institute for the Study of Journalism establece que cuatro de cada diez personas evitan las noticias de manera frecuente u ocasional, por agotamiento emocional y saturación frente a la información negativa.

¿Se le puede echar la culpa al periodismo por esto? La respuesta simple es no (del todo). El periodismo siempre trabajó sobre tensiones y crisis, y es su función hacerlo. La diferencia es que antes existían menos emisores y más filtros. Hoy, los medios no generan la mayoría de los conflictos ni siquiera tienen el monopolio de la agenda pública. Muchas veces solo reflejan lo que explota en redes sociales, plataformas o canales propios de políticos y celebridades.

Los medios no pueden ignorar lo que Trump publica en Truth Social, o lo que otro político dice en X o en discursos trasnochados, o lo que se apuesta en Polymarket sobre el ganador del Mundial o el Balón de Oro. Tampoco pueden ignorar las polémicas virales que los influencers y podcasts convierten en tendencia.

Cada vez cuesta más distinguir quién informa, quién opina, quién simplemente amplifica ruido y, sobre todo, cuál es la voz más confiable para escuchar o leer.

La dificultad es que cada vez consumimos más reacción y menos contexto. Con el hantavirus, la discusión gira alrededor del miedo y qué gobierno acepta o rechaza a los infectados. Mientras tanto, la información médica confiable queda relegada.

La crisis de hoy no es de información. Es de cómo procesar tanta información, cómo separar la paja del trigo. Muchas muertes se pudieran haber evitado durante la pandemia de Covid-19, si no fuera por la “infodemia”, como definió la Organización Mundial de la Salud al exceso de información falsa o verdadera que dificultaba informarse con confianza.

La American Psychological Association vincula la sobreexposición informativa con la ansiedad y la sensación de pérdida de control. El cerebro humano no está diseñado para este flujo continuo y cuando se satura, entiende menos y utiliza atajos para sobrevivir al ruido.

¿Qué hacer? ¿Aislarnos, desconectarnos? La salida no pasa por vivir menos informados, sino por recuperar criterio frente al exceso. Elegir mejor las fuentes de información y no prendernos a las reacciones que desatan los conflictos.


mayo 03, 2026

Celebremos lo que estamos perdiendo

    Cada 3 de mayo, en el Día Mundial de la Libertad de Prensa, repito una frase que he defendido durante décadas: la salud de una democracia se mide por el nivel de libertad de prensa que una sociedad protege.
    Cuando esa libertad se debilita, el sistema empieza a enfermar. Algunas de esas dolencias son pasajeras; otras, terminales.
    Hay externas, fáciles de detectar. Gobiernos autoritarios que censuran y presionan a los medios. Crimen organizado que amenaza y mata a periodistas. Muchas veces, la coalición corrupta entre ambos causa los mayores estragos.
Hay otras enfermedades invisibles. Un ejemplo claro es la apropiación del contenido por parte de quienes controlan internet y la inteligencia artificial. Usan información ajena y lucran con ella sin reconocer su origen. 
    Y hay enfermedades por negligencia que se incuban desde dentro, en la mala conducta del periodismo. La más grave es la pérdida de independencia. Cuando un medio deja de servir al público y pasa a servir intereses propios, o se vuelve cómplice de los grupos de poder que debería vigilar.
    Sin lineamientos éticos, todo se degrada. Se prioriza el negocio sobre el criterio. Se informa según conveniencia y se deja de investigar y fiscalizar al poder. A partir de ahí aparece el sensacionalismo para atraer audiencias y la saturación de contenidos, sin jerarquía ni contexto, que crean ruido y limitan la conversación pública.
    Los pacientes, el público, también nos autoinfligimos daños. Premiamos lo inmediato en redes sociales, confirmamos creencias, compartimos sin verificar y convertimos rumores y teorías conspirativas en corrientes de opinión.
Como consecuencia, se debilitan los valores imprescindibles de una democracia, la verdad y la libertad. En ese vacío, la desinformación y la propaganda se expanden como metástasis y aceleran el debilitamiento del sistema.
    ¿Cómo sacar a la libertad de prensa y a la democracia de la terapia intensiva? 
    No culpando al otro, sino asumiendo que todos somos responsables. Gobiernos que respeten la libertad y no la condicionen. Un periodismo independiente que informe, investigue y fiscalice. Sistemas tecnológicos que eviten el aceleracionismo sin ética y pongan al humano como protagonista. Y un público que consuma información con criterio.
    Hoy es un día para celebrar la libertad de prensa y la democracia. También, para que cada uno asuma su responsabilidad y actúe como un sanador, capaz de recuperar lo que estamos perdiendo
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Agotados por las malas noticias

Cada vez más personas aseguran que están agotadas por las noticias o, mejor dicho, por la negatividad que transmiten. Toda la información pa...