La censura tradicional persiste, como denunció esta semana la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). Presidentes que insultan, presionan o demandan para forzar la autocensura. Grupos de poder que bloquean investigaciones por corrupción. Crimen organizado que asesina periodistas.
Ahora se afianzó un nuevo modelo de censura.
Los motores de internet, las redes sociales y la inteligencia artificial dejaron de distribuir contenidos y de llevar al público a las fuentes. Pasaron de ser intermediarios a editores y propietarios de la información. La ordenan, la sintetizan y la empaquetan como propia.
Al consumirse el contenido periodístico fuera de su origen, se rompe algo esencial. Se debilita el vínculo entre quien investiga y quien recibe la información. El control pasa a manos de quienes deciden cómo se presenta.
La evidencia académica es concluyente. La verdad no desaparece, pero los algoritmos la definen y la entregan reinterpretada.
En ese proceso, todo lo que no eligen o dejan fuera es una forma sofisticada de censura.
El Reuters Institute advirtió una caída del 43 por ciento en el tráfico hacia los medios. Los usuarios consumen resúmenes generados por motores de internet y plataformas de inteligencia artificial sin acceder a la fuente original.
Hoy los medios y los periodistas sostienen un sistema que ya no controlan. Son la base invisible de una cadena de valor invertida. Investigan, verifican y escriben, pero el tráfico, la atención y los ingresos quedan en manos de quienes capturan, procesan y distribuyen esa información.
Es una forma indirecta de explotación. No en jornadas ni salarios, sino en la apropiación del valor. El trabajo intelectual se diluye en sistemas que lo empaquetan y lo presentan como propio, sin pagar por los contenidos periodísticos que lo hacen posible.
La ONG Open Markets Institute advierte que el poder informativo ya no está en la producción, sino en el control del acceso a la información. Quien define el orden de aparición define qué importa. Quien define qué importa moldea la percepción.
Estas mega plataformas tecnológicas operan como lobos en piel de oveja. Ofrecen tecnología e innovación a los medios para que produzcan más y mejor, pero terminan beneficiándose a costa de ellos. Han destruido su modelo de negocios, han absorbido su publicidad y ahora absorben su audiencia. Un círculo vicioso desvergonzado.
Más allá de lo sofisticadas que parezcan las nuevas tecnologías, en materia de información periodística estamos ante una nueva forma de censura y explotación indirectas.
Los reyes tecnológicos son, en la práctica, los nuevos propietarios de la información y, en muchos casos, también dueños de medios. Tema para otra columna.
Ahora se afianzó un nuevo modelo de censura.
Los motores de internet, las redes sociales y la inteligencia artificial dejaron de distribuir contenidos y de llevar al público a las fuentes. Pasaron de ser intermediarios a editores y propietarios de la información. La ordenan, la sintetizan y la empaquetan como propia.
Al consumirse el contenido periodístico fuera de su origen, se rompe algo esencial. Se debilita el vínculo entre quien investiga y quien recibe la información. El control pasa a manos de quienes deciden cómo se presenta.
La evidencia académica es concluyente. La verdad no desaparece, pero los algoritmos la definen y la entregan reinterpretada.
En ese proceso, todo lo que no eligen o dejan fuera es una forma sofisticada de censura.
El Reuters Institute advirtió una caída del 43 por ciento en el tráfico hacia los medios. Los usuarios consumen resúmenes generados por motores de internet y plataformas de inteligencia artificial sin acceder a la fuente original.
Hoy los medios y los periodistas sostienen un sistema que ya no controlan. Son la base invisible de una cadena de valor invertida. Investigan, verifican y escriben, pero el tráfico, la atención y los ingresos quedan en manos de quienes capturan, procesan y distribuyen esa información.
Es una forma indirecta de explotación. No en jornadas ni salarios, sino en la apropiación del valor. El trabajo intelectual se diluye en sistemas que lo empaquetan y lo presentan como propio, sin pagar por los contenidos periodísticos que lo hacen posible.
La ONG Open Markets Institute advierte que el poder informativo ya no está en la producción, sino en el control del acceso a la información. Quien define el orden de aparición define qué importa. Quien define qué importa moldea la percepción.
Estas mega plataformas tecnológicas operan como lobos en piel de oveja. Ofrecen tecnología e innovación a los medios para que produzcan más y mejor, pero terminan beneficiándose a costa de ellos. Han destruido su modelo de negocios, han absorbido su publicidad y ahora absorben su audiencia. Un círculo vicioso desvergonzado.
Más allá de lo sofisticadas que parezcan las nuevas tecnologías, en materia de información periodística estamos ante una nueva forma de censura y explotación indirectas.
Los reyes tecnológicos son, en la práctica, los nuevos propietarios de la información y, en muchos casos, también dueños de medios. Tema para otra columna.

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