abril 19, 2026

La evolución de las alucinaciones

Hubo un tiempo en que las alucinaciones eran íntimas. Químicas, deliberadas, casi rituales.
 
Se buscaban en el ácido lisérgico, en la cocaína, en los hongos. Cada uno elegía su puerta de entrada y asumía el viaje. La distorsión de la realidad era un acto personal, una decisión. Podía ser destructiva, pero era propia.
 
Luego vino la propaganda, otra forma de alucinación menos visible, aunque más peligrosa. Sin necesidad de sustancias pasó a influir en las mentes de las masas.
 
Bastó con relatos repetidos miles de veces y con la exageración de los beneficios, como decía Joseph Gobbels. Los regímenes autoritarios la usaron para justificar ideologías y con ello justificaron horrores, masacres y hasta genocidios. Los credos religiosos mutaron en sectas y construyeron obediencia de moralidad propia y, de ahí, pasaron a tapar abusos sexuales y hasta programar suicidios colectivos. 
 
La propaganda operaba sobre multitudes, pero todavía necesitaba emisores, dictadores, nuevos mesías, así como imprentas, radios, y ministerios enteros de la mentira.
 
Con la llegada de internet, la mutación fue inevitable. La propaganda se volvió desinformación y la mentira evolucionó hacia la llamada posverdad, ese terreno donde los hechos importan menos que las emociones. Ya no se trata de convencer, sino de confundir y de erosionar la capacidad de discernir. Y, más peligroso aún, ahora cualquiera puede participar en la cadena de distribución de esas mentiras, así sean narrativas inventadas o de memes de presidentes convertidos en Jesucristo. A diferencia de la propaganda pura, aquí lo peligroso es que el receptor se volvió también emisor. Y, así, la mentira encontró velocidad de contagio viral a través de las redes sociales.
 
Y ahora estamos ante un nuevo eslabón en la cadena de la evolución de las mentiras. La inteligencia artificial alucina. Aunque no tenga intención de engañar, el sistema algorítmico es tan eficiente que siempre da una respuesta pese a no saberla. Alucina sobre fechas que no existieron, citas que nunca se dijeron, eventos que jamás ocurrieron, todo presentado con el mismo aplomo con que diría una verdad verificable. 
 
Y el mayor riesgo es que nosotros, confiados por la grandilocuente tecnología o apurados, convertimos la alucinación en verdad propia y la propagamos como verdad irrefutable.
 
En esta nueva época alucinante, en lugar de elegir nuestras alucinaciones, estamos dejando que los algoritmos las construyan por nosotros.

abril 12, 2026

Creatividad humana vs. artificial


Estoy a punto de terminar la segunda novela de la trilogía Robots con Alma. La primera fue sobre la verdad y la libertad. En esta, abordo la creatividad humana en su relación con la de las máquinas.

La IA escribe, compone, diseña y resuelve en segundos lo que antes exigía horas. De ahí surge la tentación de delegar no solo la tarea, sino también el pensamiento.

La IA acelerará. Las próximas generaciones responderán mejor y anticiparán nuestras ideas. Y en esa comodidad, se erosionará aún más nuestra libertad interior.

Sería ingenuo negar que la tecnología también libera. Nos ahorra tiempo, elimina tareas repetitivas y nos devuelve espacio.

El problema no es la herramienta. Es el uso que hacemos de ella. Bien usada, potencia la creatividad; mal usada, la reemplaza.

Desde la neurociencia, la Society for the Neuroscience of Creativity, bajo el lema de este año, Liberty to Create, sostiene que la creatividad surge del equilibrio entre dos sistemas del cerebro. Uno que imagina, conecta y divaga. Y otro que evalúa, ordena y decide.

Cuando ese equilibrio se rompe, o cuando la tecnología lo sustituye, el pensamiento se empobrece. Se vuelve predecible, repetitivo y seguro. Exactamente el terreno donde las máquinas dominan.

A diferencia de la rapidez de las máquinas, el cerebro tiene otros tiempos, incluso un período de incubación. Cuando se libera de la atención o parece distraerse, asocia recuerdos, experiencias e ideas distantes.

Caminando, en silencio o en la ducha parecen períodos de pausa y de inactividad. Pero es cuando aparecen las mejores ideas. Así surgieron hallazgos que cambiaron el mundo, como el de Arquímedes en el agua o Newton bajo un manzano.

Un algoritmo, por el contrario, no se distrae ni espera, trabaja con la inmediatez de lo probable, como cuando anticipa nuestra búsqueda o completa nuestras frases. Sin el espacio y el tiempo para crear, el cerebro se debilita.

La ciencia confirma que crear activa circuitos de recompensa, genera aprendizaje profundo y fortalece la autonomía. Es una función vital ligada a la libertad. Y, como todo, se atrofia cuando no se ejerce.

La creatividad también es una experiencia interior. Julia Cameron la describe como una conexión con una fuente más profunda. Intuición, conciencia, espíritu. Llámese como se quiera, pero no es mecánica.

A diferencia de la máquina, crear exige fricción, error e incertidumbre. Precisamente ahí nace el descubrimiento. Un proceso biológico, humano e indelegable.

El documento Quo vadis humanitas? de la Comisión Teológica Internacional de este marzo advierte que el progreso técnico puede empobrecer al ser humano. De su lectura se desprende que cuando el hombre delega en la tecnología el acto de crear, se debilita el esfuerzo interior. Sin esa tensión, la creatividad se vuelve producción.

No se trata de rechazar la tecnología. Se trata de no abdicar del proceso interior. De sostener la duda, defender el silencio y preservar ese espacio donde nace lo original.

La gran diferencia es esta: mientras la máquina crea lo probable con lo que ya existe, el cerebro crea lo improbable con lo que aún no existe.

En mi trilogía las máquinas buscan ser iguales a los humanos. En ese futuro (2058-2063) logran casi todo, son superiores en conocimiento, velocidad y predicción. Sin embargo, todavía buscan alcanzar el nivel de la creatividad humana, la virtud más preciada que nos regaló el Creador.


abril 04, 2026

La nueva prisión sin rejas

 


Hasta hace poco, el peor enemigo de nuestra libertad era visible y estridente. El régimen que censuraba, el patrón que explotaba, el juez que encarcelaba. Sabíamos contra quién defendernos.

Hoy la amenaza es invisible y silenciosa. No apunta a nuestros gestos, voces o movimientos, sino a la mente y atrofiar nuestra voluntad. La retención mental inducida por estímulos de dopamina se ha convertido en una de las formas más eficaces de dominación. 

Las plataformas digitales —redes sociales, algoritmos de recomendación, inteligencia artificial— ya no necesitan prohibir lo que pensamos. Hacen algo más sofisticado. Influyen en qué pensamos, cuánto tiempo lo hacemos y nos dificultan salir de sus cárceles de atención. Cada notificación, cada scroll, cada video que comienza automáticamente responde a sistemas diseñados para anticipar y moldear nuestra conducta.

En esta época en que la dopamina reemplazó a las cadenas, escapar de esta prisión sin rejas se vuelve más difícil.

Los tribunales han comenzado a reconocerlo. Recientes decisiones judiciales en Estados Unidos contra Meta y YouTube, en casos en California y Nuevo México, marcaron un giro relevante. Por primera vez, el foco no estuvo en el contenido de las plataformas, sino en su diseño. Los jueces entendieron que la captura de la atención no es un efecto colateral, sino el núcleo del modelo de negocio, construido sobre la explotación de vulnerabilidades neurológicas, especialmente en menores.

Lo que los jueces pusieron en el banquillo es la soberanía de la atención, el derecho a decidir, sin interferencias manipulativas, qué pensamos y hacia dónde dirigimos nuestro foco mental. Cuando esos derechos se erosionan, también se corroe el criterio, la percepción de la verdad y la capacidad de elegir con libertad.

En este contexto, el avance de los neuroderechos no es casual. La UNESCO advierte que las neurotecnologías pueden acceder e influir en procesos mentales y llama a crear nuevos marcos para proteger la autonomía cognitiva. La OEA va más lejos al afirmar que la actividad neuronal forma parte de la identidad personal, un derecho humano, y que no puede ser objeto de manipulación.

Estos derechos serán cada vez más centrales. No porque las plataformas busquen deliberadamente controlar la mente, sino porque su modelo de negocio depende de capturar la atención y convertirla en ingreso y ganancias. Lamentablemente, el incentivo económico termina produciendo el mismo efecto de manipulación, una interferencia constante sobre la libertad interior.

Más allá de regular, lo que se necesita es más comprensión y conciencia. La alfabetización mediática y digital es un frente de batalla ineludible. Entender cómo funcionan los mecanismos de recompensa del cerebro y cómo se moldea la conducta sin que lo advirtamos es parte de la defensa.

Además de regulaciones, lo que se necesitan es ciudadanos conscientes. Nuestra libertad depende de cómo podemos evitar o escapar de esta cárcel sin rejas.

La evolución de las alucinaciones

Hubo un tiempo en que las alucinaciones eran íntimas. Químicas, deliberadas, casi rituales.   Se buscaban en el ácido lisérgico, en la cocaí...