marzo 15, 2026

Inteligencia artificial: el aula sin maestro

El mundo de las empresas de inteligencia artificial se parece a un aula cuando el maestro se ausenta. Sin autoridad presente, todos gritan a la vez y compiten para ver quién provoca más desorden.

En un ecosistema sin vigilancia ni frenos éticos o regulatorios, las compañías tecnológicas aceleran por miedo a quedarse atrás de la competencia. En esta carrera, el afán de dominio y el lucro mandan por encima de nuestro bienestar como usuarios.

Mientras las empresas juegan, quedamos a merced de sus “cajas negras”. Ignoramos cómo operan sus sistemas y si utilizan nuestros datos para conducirnos por caminos que nunca elegimos libremente.

La gran paradoja de nuestro tiempo es que la IA se nutre de la creatividad humana. Sin nuestro ingenio, estas máquinas serían cáscaras vacías. Bajo el mantra del progreso, la industria ha normalizado el mayor saqueo de propiedad intelectual de la historia, absorbiendo contenidos periodísticos, literarios, científicos y académicos. Sin esa apropiación masiva, estas compañías difícilmente habrían alcanzado su éxito ni sus valuaciones multimillonarias.

La lógica económica recuerda a la vieja fiebre del oro, aunque con una diferencia crucial. En el siglo XIX cualquiera con una batea podía probar suerte en un río. En la fiebre actual, las minas pertenecen a un puñado de gigantes que, tras amasar fortunas en la era del internet abierto, ahora explotan este nuevo filón en régimen casi monopólico.

Hasta hace poco el negocio de la IA marchaba sobre ruedas porque la batalla se libraba sobre todo a nivel cultural. Pero la geopolítica ha metido un palo entre las ruedas. Al abrir sus modelos a agencias de inteligencia y defensa, las tecnológicas han cruzado sus propias líneas rojas. Hoy la IA se utiliza para identificar objetivos militares, detectar migración irregular y, combinada con herramientas como Pegasus, espiar a periodistas y activistas. Estamos ante sistemas de vigilancia masiva y manipulación cognitiva donde la supervisión humana es cada vez más difusa.

En esta aula sin supervisión, algunas empresas intentan levantar tímidas murallas de contención. OpenAI busca reforzar la honestidad factual de sus modelos para reducir errores y alucinaciones, mientras Anthropic promueve una “IA Constitucional” que intenta integrar principios éticos en el código y ha resistido presiones del Pentágono para su uso militar. Otras compañías experimentan con auditorías externas y marcos de gobernanza para anticipar riesgos antes de que la tecnología llegue al público.

Las intenciones pueden ser buenas, pero el problema es la velocidad. Estas iniciativas avanzan con una lentitud inoperante frente a la aceleración tecnológica que las propias empresas impulsan. Se trata de una contradicción evidente entre los principios que proclaman y la urgencia con la que lanzan nuevos modelos al mercado. Mientras la ética y la regulación requieren reflexión y tiempo, el negocio de la IA solo sabe acelerar, dejando cualquier intento de contención como un adorno en una carrera sin frenos.

Desde afuera, los esfuerzos por imponer orden también se multiplican, aunque a un ritmo peligrosamente lento. Universidades como Oxford, MIT o Stanford advierten que no bastan los parches técnicos. Lo mismo señalan organismos como la UNESCO, la OCDE o el G7, que han trazado marcos éticos para proteger derechos fundamentales. Pero la burocracia institucional está lejos de competir con la agilidad del silicio.

Esa discordancia es peligrosa. Si la industria persiste en su mala conducta de estudiante sin supervisión, tarde o temprano chocará con regulaciones draconianas. En su afán por proteger derechos fundamentales, los gobiernos podrían reaccionar con marcos legales tan rígidos que terminen asfixiando la innovación.

Pasar del libertinaje a la madurez exige que la responsabilidad social vuelva al centro del debate. De lo contrario, el maestro llegará tarde… y lo hará con un castigo que nadie quiere recibir.

marzo 08, 2026

La IA y el “destape” creativo

    Durante siglos, crear arte, ciencia o conocimiento exigía esfuerzo, tiempo y talento manual. Hoy la inteligencia artificial generativa ha derrumbado muchos de esos límites de golpe y a una velocidad deslumbrante.
    Cada tecnología que expande nuestras capacidades suele recorrer un mismo ciclo. Primero la fascinación, luego el exceso y, con el tiempo, el aprendizaje que conduce a un equilibrio más responsable. Con la IA parece que estamos en esa fase de fascinación y exceso, donde la rapidez y la eliminación de los límites técnicos generan una ilusión de omnipotencia.
    Algo parecido ocurrió tras muchas dictaduras. Después de años de prohibiciones absurdas, desde la barba y el pelo largo hasta las minifaldas, llegó una época de “destape” en la que se exploró lo erótico, lo transgresor y también lo ilegal sin demasiado freno. Es la etapa del libertinaje que suele preceder a la libertad, cuando se asumen con mayor consciencia los límites y las responsabilidades.
    Con la IA parece estar ocurriendo algo similar. Vivimos un momento de “vale todo”, en el que crear imágenes, voces o escenas ficticias se ha vuelto trivial y donde muchas veces dejamos de preguntarnos si lo que circula es verdadero o falso.
    Los ejemplos abundan. Desde el papa Francisco con un abrigo de Balenciaga hasta Aitana López, la influencer española que nunca existió. Más recientemente apareció Xenia Monet, una cantante cuya voz mezcla matices de Beyoncé, Mariah Carey y Whitney Houston y que llegó a las listas de Billboard mientras su creadora en Misisipi firma contratos millonarios. O la pelea viral entre Brad Pitt y Tom Cruise, digna de una superproducción de Hollywood, creada con Seedance 2.0, una herramienta de IA vinculada a TikTok.
    Las protestas de artistas y productores no tardaron en llegar. Denunciaron que la creatividad artificial suplanta a la humana y temieron por el impacto laboral en sus industrias. Pero ese reclamo corporativo pasa por alto algo inquietante. Al público parece importarle cada vez menos si lo que consume es real o generado.
    El problema, en realidad, es más profundo. No tiene que ver con la “creatividad” de la máquina, sino con la posible atrofia de nuestra propia agencia cuando delegamos el pensamiento en algoritmos, con la normalización de la mentira en una época saturada de desinformación y con la erosión gradual de la confianza pública.
    Conviene, además, exonerar a la máquina de parte de esta discusión. Quien creó a Xenia Monet o la pelea entre Pitt y Cruise no escribió un simple prompt y listo. Como en cualquier proceso creativo, hubo ensayo, prueba, error y ajustes constantes hasta acercarse a lo imaginado.
    La IA es simplemente la última herramienta en una larga cadena de instrumentos que los humanos hemos utilizado para ampliar nuestras capacidades. Nuestros antepasados usaron piedras para producir fuego, mezclaron minerales para inventar metales o manipularon microorganismos para crear antibióticos.
    El libertinaje creativo actual se explica en buena medida por un desfase evidente. La tecnología avanzó mucho más rápido que los legisladores, educadores y pensadores encargados de construir los marcos éticos y legales. Sin esas referencias, distinguir entre lo aceptable y lo abusivo se vuelve cada vez más difícil.
    De ahí que el debate ético haya comenzado a ocupar espacio en universidades y foros internacionales. Organizaciones como la UNESCO impulsan marcos para el uso responsable de la inteligencia artificial, mientras muchas universidades han incorporado estos dilemas a sus programas de estudio. En Estados Unidos incluso se celebran jornadas como la “Ethics Week”, donde estudiantes y profesores debaten cómo preservar valores como la verdad y la libertad frente a la fascinación tecnológica y qué partes de nuestra humanidad no estamos dispuestos a delegar en las máquinas.
    Pasar del libertinaje a la madurez creativa implica asumir el control consciente de la herramienta. La IA puede generar el lienzo, el color o la melodía a una velocidad inédita, pero el propósito, el significado y la verdad que transmiten esas obras siguen siendo responsabilidad humana. Con el tiempo, a medida que la sociedad se familiarice con estas tecnologías, es probable que emerja un mayor equilibrio en el que la IA amplíe nuestras capacidades sin reemplazar el juicio ni el pensamiento crítico.
    En el próximo artículo abordaré el peligroso libertinaje de las empresas creadoras de IA.

febrero 28, 2026

Los medios juegan a la ruleta rusa de la desconfianza (post 4)

Cristo fue el único que predijo el futuro con acierto. No le creyeron y lo mataron. Nostradamus y George Orwell tuvieron algunos aciertos. Stephen Hawking, ya veremos. Predecir el futuro nunca fue destreza humana, y mucho menos negocio de los medios de comunicación. Hasta ahora.

Contra todos los pronósticos, los medios se están metiendo en el terreno resbaladizo de las predicciones y las apuestas. Tanto The Wall Street Journal como CNN, ESPN, Fox Sports o la cadena Globo en Brasil invitan a sus usuarios a entrar en un amplio casino donde noticias y pálpitos se confunden. ¿Qué película ganará el Oscar? ¿Cuánto durará la guerra contra Irán? ¿Quién ganará el Mundial? ¿Cuál será la inflación a fin de año?

Hasta hace poco, el periodismo intentaba anticipar el futuro con tendencias, análisis y datos. Ahora, empujado por la urgencia de monetizar tras haber perdido buena parte de su publicidad en internet, se adentra en el mundo de las apuestas. Las noticias aparecen integradas con códigos QR, gráficos de proyección y un botón que empuja al usuario a apostar sobre el desenlace de lo que acaba de leer.

Sin debate ético amplio en la industria, se ha debilitado la regla de oro del periodismo: la distancia. Durante décadas, el valor de un medio residía en su independencia, en informar sin ser parte del negocio que cubría. Al sellar alianzas con plataformas de predicción y apuestas como Polymarket, Kalshi o Bet, el medio deja de ser solo observador para convertirse en facilitador de apuestas, a cambio de una comisión por cada usuario que deriva a ese mercado.

Si la rentabilidad depende del volumen apostado sobre un evento, el rigor informativo queda bajo sospecha, o al menos su apariencia, que es donde se sostiene la confianza. Cuando dramatizar una noticia puede aumentar las apuestas, la tentación es evidente. El riesgo es que la información empiece a tratarse como un activo financiero.

No es la primera vez que el dinero erosiona la independencia. La publicidad estatal fue siempre un hierro caliente, usado por gobiernos para presionar líneas editoriales. Luego vinieron los vinos, las enciclopedias y las promociones. Más tarde el contenido patrocinado y los foros que los propios medios cubren con indulgencia. La frontera se fue moviendo. Pero nunca se había visto un cruce tan directo hacia el negocio que se informa.

Estas alianzas con plataformas de apuestas abren una caja de Pandora. ¿Puede un medio cubrir con plena autonomía el debate sobre la expansión del juego o la regulación de un casino en su comunidad? ¿Qué ocurrirá cuando la línea editorial afecte directamente a su socio comercial?

El conflicto puede no ser explícito, pero el lector lo percibe. Cuando la información se convierte en insumo de un mercado de predicciones, la lógica cambia. El medio no controla los hechos, pero sí el clima que los rodea. Y si obtiene ingresos de ese mercado, la independencia deja de ser un principio y pasa a ser una variable de negocio.

La sostenibilidad de los medios es esencial para la democracia. Pero la forma de alcanzarla define su credibilidad. Al mezclar información con apuestas, los medios juegan a la ruleta rusa. La única bala en el tambor es su independencia. Si la disparan, no quedará nada que sostenga la confianza. Y sin confianza, no hay negocio que sobreviva.

 

febrero 21, 2026

El activismo periodístico: una herida autoinfligida (post 3)

Al analizar por qué la confianza en los medios y periodistas sigue en caída libre —tema que he venido explorando en las últimas semanas—, hoy quiero centrarme en una de las heridas más profundas que el periodismo se autoinflige: el activismo.

El periodismo no nació para salvar al mundo, sino para explicarlo. Al desdibujar esa frontera, se acelera la desconfianza de la audiencia. Es comprensible que muchos periodistas abracen causas legítimas ante la injusticia, como la defensa de la democracia, los derechos humanos, la inclusión o el medioambiente. Sin embargo, el problema surge cuando el periodista deja de ser un observador riguroso para convertirse en un interventor que busca forzar un resultado político o social.

Esto ocurre cuando una redacción se suma a una protesta como un actor político más; cuando denuncia el autoritarismo de un candidato, pero guarda un silencio indulgente ante su adversario. Sucede cuando un medio organiza eventos políticos y los cubre como si fueran relaciones públicas; cuando clausura el contraste de argumentos en debates científicos sobre vacunas o cambio climático bajo el pretexto de que ciertas posturas "no merecen espacio"; o, quizás lo más grave, cuando omite deliberadamente los datos que incomodan a su propia narrativa.

En estos casos, el activismo periodístico opera bajo una lógica idéntica a los algoritmos que tanto criticamos: aquellos que manipulan la atención, crean burbujas de filtro y moldean la conducta ajena. Bajo esta premisa, el periodista activista deja de informar para crear una narrativa orientada a un resultado previsible. Al seleccionar hechos de forma quirúrgica, enfatizar ángulos convenientes y omitir matices, se le roba al lector la posibilidad de elegir su camino. En vez de ofrecerle un mapa, se le indica la ruta y se le empuja hacia la dirección escogida.

Aunque el lector decida su rumbo, percibe el truco detrás de la narrativa. Esa sensación de que se manipule su capacidad de elección —en definitiva, su libertad— termina por dinamitar el vínculo de confianza entre ambos.

A veces, el activismo no es intencional, sino consecuencia de la falta de rigor y de los sesgos editoriales que nublan el juicio. Un ejemplo claro fue el caso Covington; The Washington Post se dejó llevar por el prejuicio de tensión racial al difundir un video fragmentado de redes sociales sin verificar el contexto. Al validar una narrativa preconcebida antes que los hechos, el medio terminó enfrentando demandas millonarias por difamación, demostrando la vulnerabilidad de la prensa cuando el sesgo sustituye a la verificación.

Con el activismo periodístico se suele cruzar otra línea peligrosa, la de actuar como influencers. El riesgo reside en la tentación de juzgarlo todo desde un pedestal moral propio. Cuando el periodista se siente el héroe de una causa, deja de informar para persuadir y de explicar para movilizar. En ese punto, adopta los vicios del influencer que no busca ciudadanos libres e informados, sino una legión de seguidores que validen su postura.

Al final del día, el periodista activista termina mimetizándose con aquello que jura combatir. Opera con la opacidad de un algoritmo que crea burbujas, con el narcisismo de un influencer que busca seguidores y con el autoritarismo del político que intenta moldear la realidad a su conveniencia. Es una forma de soberbia intelectual creer que nuestra causa es tan noble que nos da permiso para omitir datos, ignorar contextos o empujar al lector hacia una conclusión preestablecida.

La desconfianza actual no es gratuita; nace de ese instante en que el usuario deja de sentirse informado para sentirse manipulado por una estrategia que no eligió. Recuperar la credibilidad exige abandonar el rol de movilizador y regresar al rigor del observador. Estamos llamados a ser el mapa, no el guía; a ofrecer las herramientas para que el ciudadano ejerza su libertad de pensar y elegir.

febrero 13, 2026

“Algo bueno, por favor, algo bueno” (post II)

 

Esta semana el caricaturista El Roto, en el diario El País, captó el clima con exactitud. Un lector, lupa en mano, frente al diario, reclama: “Algo bueno, por favor, algo bueno”.
La escena retrata lo que muchas personas sienten. Las noticias se han vuelto tóxicas. Violencia, escándalo, conflicto, confrontación, indignación permanente. El cansancio frente a ese bombardeo se ha transformado en distancia, y esa distancia en desconfianza.
Gallup sitúa la confianza en los medios en solo 28 %. El Reuters Institute documenta que el 40 % evita las noticias para proteger su ánimo, porque les generan estrés o frustración, algo que coincide con lo que señalan varios estudios biológicos y con lo que la Asociación Estadounidense de Psicología denomina news stress. Ante una exposición prolongada, el organismo opta por permanecer en alerta constante o por desconectarse emocionalmente. Ambas son formas de autoprotección frente a una sensación continua de amenaza.
Durante más de treinta años en Miami he visto repetirse un mismo formato de noticiero televisivo con tragedias, accidentes y escándalos. Tal vez una fórmula eficaz para sostener audiencia y facturación, aunque dudo que haya generado confianza. En mi caso, más de una vez me cuestioné si había elegido bien al emigrar con mi familia.
Entiendo, como gran parte del público, que el periodismo tiene un papel incómodo. Mostrar problemas, exponer fallas y señalar lo que no funciona es parte de su función social. Pero lo que se percibe como tóxico es que toda la realidad se presente como un contraste en blanco y negro, hasta que el debate público termina pareciéndose al conflicto político que cubrimos.
Ahí quedamos atrapados periodistas y ciudadanos. Informar sobre el problema es necesario. Vivir permanentemente dentro del problema desgasta.
A veces los periodistas atribuimos la desconfianza a la polarización, a la estigmatización de la profesión, a las redes sociales o a la inteligencia artificial. Todos influyen. Pero no explican todo.
En las redacciones se ensayan múltiples estrategias para retener audiencias: ajustar contenidos, optimizar formatos, apoyarse en tecnología. Hace unos días respondí una encuesta de un medio al que estoy suscrito. Me preguntaron por qué lo elijo, qué consumo y si renovaría. No me preguntaron si percibo sesgo, si el contenido está más pensado para los algoritmos que para el lector, o si confío en su cobertura. Midieron mi fidelidad comercial, pero no mi confianza.
Ahí aparece una cierta miopía. Suscribirse no implica adhesión automática, del mismo modo que nacionalizarse en un país no impide reconocer sus debilidades. Cuando las métricas se convierten en brújula principal, se corre el riesgo de confundir volumen con confianza. Más suscriptores no implican validación plena del criterio editorial.
La confianza pertenece a otra dimensión. Es cualitativa. Se consolida cuando el lector percibe respeto intelectual, equilibrio y profundidad; cuando advierte que el criterio editorial no deriva en activismo y que existe disposición a mostrar matices, incluso en quienes el medio suele cuestionar. Y, sobre todo, cuando la independencia frente al poder político y económico es práctica visible y no eslogan.
Cuando la realidad se presenta con sus grises y no como un campo dividido en bandos, el lector deja de sentirse cifra o reacción ocasional frente a una elección o una catástrofe. Parte de la confianza se reconstruye cuando el ciudadano se siente sujeto activo y no accesorio dramático o estadístico.
El tema es complejo. No existe una bala de plata para revertir una desconfianza creciente. Las recomendaciones son conocidas: más transparencia, correcciones visibles, clara separación entre información y opinión y mayor periodismo de servicio.
Y creo que la audiencia no pide menos rigor, sino menos estridencia y más comprensión, más contexto y más utilidad práctica para su vida. Ahí es donde grita más fuerte el “algo bueno, por favor” de El Roto.

febrero 05, 2026

La verdad sin neutralidad resta libertad (post1):

Esta es la primera de una serie de reflexiones sobre la verdad periodística. Nace de una preocupación que se ha ido acentuando con los años al escuchar, en foros, seminarios y debates públicos, a periodistas y directores de medios hablar de la verdad con un tono que roza el marketing. Se la invoca como sello de calidad y como rasgo distintivo frente a otros medios, las redes sociales o la inteligencia artificial.

En periodismo solemos afirmar que la verdad periodística, basada en la verificación, el contraste de fuentes y la responsabilidad pública, es suficiente para neutralizar un mundo de postverdad construido sobre mentiras, desinformación y teorías conspirativas. Nuestra verdad, se repite, sería el antídoto para frenar la polarización, salvar la democracia y recomponer el vínculo y la confianza con la sociedad.

Durante mucho tiempo dimos por sentado que decir la verdad alcanzaba. Esa convicción es incompleta y necesita una revisión honesta.

Desde que pisé por primera vez una sala de redacción me acompaña una incomodidad persistente. La sensación de que los periodistas y los medios hablamos mucho de la ética de los otros, pero poco de la propia. Defendemos con razón la verdad frente a la mentira, pero rara vez nos detenemos a pensar cómo contamos esa verdad y qué efecto tiene esa forma de contarla en la libertad del lector.

La manera en que vemos y narramos la realidad se apoya en la libertad de prensa. De allí surgen el criterio editorial, la pluralidad de miradas y la diversidad de medios, todas legítimas. Pero es la libertad de expresión la que debe guiar ese ejercicio, porque es la que le permite al lector pensar la verdad con criterio propio.

Solemos ampararnos en que nuestra verdad responde a un criterio editorial, al ADN del medio. Eso es válido. Ningún medio observa la realidad desde el vacío. El problema aparece cuando ese criterio deja de ordenar los hechos y empieza a conducirlos. Cuando los hechos se ajustan a una idea previa de cómo deben ser contados, la verdad deja de abrirse al lector y se le entrega ya interpretada.

Una verdad con sesgo no necesita mentir. Le basta con seleccionar, enfatizar, omitir o adjetivar. Los datos pueden ser correctos, pero la mirada ya no es limpia. La emoción se impone sobre la comprensión y el camino del juicio propio del lector queda cerrado de antemano.

Sin neutralidad, la verdad informa, pero reduce la libertad o, lo que es peor, no construye ciudadanos libres.

La neutralidad no es ingenuidad ni renuncia al criterio editorial. Es una práctica profesional exigente. Supone disciplina y contención. Implica resistir el impulso de empujar al otro hacia una conclusión y dejar espacio para que el lector piense, dude y decida.

Esta convicción me llevó a publicar en 1993 La dolorosa libertad de prensa. En busca de una ética perdida. Allí señalaba mi preocupación por la ausencia de autocrítica y de una conversación sostenida sobre ética profesional que nos debemos los periodistas.

La preocupación sigue abierta. En esta era es necesario debatir cómo sostener un criterio editorial sin perder neutralidad. En especial, cómo contar la realidad sin quitarle al lector la libertad de pensarla por sí mismo.

enero 31, 2026

Presos políticos y las cosas por su nombre

Ayer fue un día importante para la democracia y los derechos humanos en América Latina. Tras 27 años, el régimen chavista decretó la liberación de todos los presos políticos.

Varios medios presentaron la noticia como un gesto de buena voluntad del nuevo gobierno que encabeza Delcy Rodríguez. Se sostuvo incluso que el decreto había sido firmado por Nicolás Maduro antes de su captura el 3 de enero, en un intento por preservar la reputación del líder en desgracia. Otros, con un persistente romanticismo hacia la izquierda, volvieron a salvar la figura de Hugo Chávez y a endilgar exclusivamente a Maduro los atropellos a los derechos humanos del chavismo.

Ese relato omite un dato esencial. Fue Chávez quien, desde 1999, instauró el andamiaje político, institucional y represivo que hizo posible todo lo que vino después. Culpar solo a Maduro es tan falaz como responsabilizar a Díaz-Canel del fracaso de Cuba para exonerar a Fidel Castro y a su hermano.

Hay dos cosas que no conviene perder de vista. La liberación de los presos políticos es una exigencia reiterada de la oposición venezolana y de la comunidad internacional. Pero, sobre todo, es una respuesta directa a lo ocurrido el 3 de enero y al tutelaje efectivo que Estados Unidos ejerce sobre Venezuela desde entonces.

Que no nos guste Donald Trump, o que nos incomode el intervencionismo estadounidense, es una cosa. Ignorar que esta liberación no habría ocurrido sin la presión del gobierno de Estados Unidos es otra muy distinta. Como también lo es pasar por alto que el chavismo, en apenas tres días, avanzó en la privatización del sector petrolero del que se aferró durante décadas para generar corrupción y proyectar su modelo de control político a otros países.

enero 28, 2026

Davos y CAF: paralelismo entre ficción y realidad

A medida que escribo el segundo libro de la trilogía Robots con Alma, avanzo en paralelo con una serie de ensayos de no ficción. Ese trabajo me permite explorar, aprender y contrastar el mundo narrativo que proyecto hacia el futuro, donde humanos y seres artificiales conviven en condiciones de igualdad.

En el reciente World Economic Forum de Davos, las conversaciones y diagnósticos me confirmaron que los cuatro pilares de mi ficción —verdad, libertad, bondad y creatividad— atraviesan de lleno los debates del presente y permiten interpretar con mayor claridad la realidad que habitamos.

En informes y discursos del foro aparecieron con nitidez los conflictos actuales y futuros. La desinformación y la mentira fueron señaladas como amenazas directas a la Verdad. La erosión de la democracia y del orden global, impulsada por liderazgos mesiánicos, volvió a poner en cuestión la Libertad. El debilitamiento del multilateralismo y el aumento de la desigualdad fueron leídos como una negación de la Bondad. Y, en relación con la Creatividad, surgieron fuertes reproches a una innovación acelerada de la inteligencia artificial, con el riesgo de derivar en un futuro tecnológicamente brillante, pero éticamente vacío.

Creo que estas mismas conversaciones orbitarán en torno a esas cuatro grandes áreas del pensamiento en el foro económico que en estos días celebra la CAF, el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe, en Panamá.

Estas conferencias muestran que hoy existe más claridad que antes sobre lo que no deberíamos tolerar. La mentira sistemática, la coacción y la censura, la desigualdad naturalizada o una creatividad tecnológica celebrada sin preguntarnos para qué ni cómo crea. El diagnóstico es más nítido que en el pasado. Lo que aún faltan son líneas de acción y soluciones capaces de poner a prueba, en la práctica, los marcos con los que pensamos el poder, la tecnología y lo humano.

enero 20, 2026

Trump: de adolescente rebelde a niño malcriado


Por Ricardo Trotti

Al cumplirse hoy el primer año de su segundo mandato, resulta inevitable mirar por el retrovisor y comparar al actual Donald Trump con aquel de 2017, el año de su debut en la Casa Blanca.

Si rebobinamos la cinta hasta su primera presidencia, para entender la metamorfosis del poder, encontramos a una figura con la energía caótica de un adolescente rebelde. Aquel Trump irrumpía en la capital con ínfulas de justiciero contra “la ciénaga de Washington”, decidido a romper con los “corruptos” opositores, los periodistas "enemigos del pueblo" y los inmigrantes “criminales y violadores”. Era el outsider ruidoso cuya retórica incendiaria en Twitter obligaba a todos, en el ámbito nacional, a tomar partido. Ladraba mucho, pero no mordía del todo.

Su rebeldía tenía objetivos relativamente convencionales dentro del conservadurismo. En su visión, Rusia y Corea del Norte eran enemigos que disuadir con esteroides presupuestarios para la maquinaria militar. Hacia el sur, su obsesión era desmantelar el legado de Obama. Se vanagloriaba de imponer “duras sanciones” a Venezuela y Cuba, apostando por la asfixia financiera antes que por la intervención directa.

En inmigración, quería un muro de cemento y acero, y llegó a ofrecer protección legal y ciudadanía para jóvenes inmigrantes indocumentados traídos de niños, los llamados dreamers, a cambio de fondos para construirlo y de un endurecimiento general del sistema migratorio.

Aquel Trump adolescente chocaba con las instituciones. Era ruidoso, molesto, generaba polarización extrema, pero estaba contenido por los contrapesos del sistema, ya sea desde los tribunales, la prensa, agencias gubernamentales independientes o incluso su propio partido.

Hoy, con un Congreso con viento a favor y contrapesos que aprendió a sortear a fuerza de decretos, Trump ha dejado atrás al adolescente revoltoso para convertirse en un niño con poder absoluto. Lo más sorprendente es que, nueve años después, lejos de desgastarse, parece tener aún más energía para imponer su voluntad, tanto en casa como en el mundo.

De la obsesión por el muro ha pasado a una política de deportaciones agresivas, al estilo Obama, pero con un tono vengativo. En ciudades gobernadas por la oposición, agentes del ICE son parte del paisaje y del abuso, como en el caso de Renée Good, ciudadana estadounidense muerta durante un operativo migratorio que la Casa Blanca calificó como “daño colateral”.

Pero donde más se evidencia la mutación es en su política exterior. Si en 2017 Rusia ocupaba el lugar central en su mapa de amenazas, hoy ha sumado a China como su principal antagonista, no solo por la rivalidad comercial, sino por la influencia global de su Nueva Ruta de la Seda. Trump justifica cada acción en esta supuesta guerra estratégica, desde los aranceles generalizados hasta su renovado empeño por anexionar Groenlandia. En su lógica, todo es parte de una cruzada geoeconómica por la supremacía, en la que ya no distingue entre aliados y rivales. Proclamó un “Día de la Liberación” comercial, impuso tasas universales que sacudieron los mercados y reactivó su ofensiva contra Europa, la OTAN y cualquier socio que cuestione su narrativa.

A diferencia del Trump de 2017, que ladraba, el de 2026 muerde. Ordenó el bombardeo de instalaciones nucleares en Irán, intervino militarmente en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro y colocó bajo supervisión directa la producción petrolera del “nuevo chavismo”. A sus socios más fieles, como Canadá y México, los ridiculiza, al proponer anexar a los canadienses como estado 51 y amenazar con incursiones armadas en territorio mexicano si no frenan el flujo de fentanilo. Todo bajo su versión personalista de la Doctrina Monroe, la bautizada “Doctrina Donroe”, que redibuja el mapa hemisférico y proclama que América es para los americanos… pero bajo el mandato de Washington, como demostró al reactivar su presión sobre Panamá para expulsar inversiones chinas del Canal.

Sin reelección a la vista, Trump gobierna como si dirigiera una empresa, no un país. No le interesan los equilibrios ni la independencia de poderes, y exige subordinación. Lo ha dejado claro al embestir contra Jerome Powell y la Reserva Federal, presionando al Tesoro como si fuera una gerencia más bajo su control. No rinde cuentas a nadie, al menos hasta que las elecciones intermedias de noviembre próximo puedan marcarle algún límite. Por el momento se siente envalentonado por sus propias decisiones y reclama genuflexiones y validación constante.

En esa búsqueda obsesiva de validación, Trump raya en lo ridículo y, lo peor, es que no le importa. Hace unos días, calificó de “hermoso gesto” que María Corina Machado le compartiera su medalla del Nobel de la Paz, como si el galardón pudiera transferirse por simpatía. Y en una reciente conversación con el primer ministro de Noruega, se jactó de que ya no le interesa recibir el Nobel, porque, según él, eso lo exime de cualquier obligación de buscar la paz.

Con la psicología de un niño que todavía no ha aprendido a compartir, Trump no solo quiere todos los juguetes para él, sino que además los rebautiza con su nombre. Rediseñó la Secretaría de Defensa bajo el título de “Secretaría de Guerra”, rebautizó el Golfo de México como “Golfo de América”, le puso su apellido al Kennedy Center como si fuera uno más de sus edificios y mandó demoler un ala de la Casa Blanca para construir un salón de baile con su nombre. En su universo simbólico, el poder se marca, se adueña y se exhibe.

Trump se desboca a diario en Truth Social, la red que él mismo creó tras acusar a los gigantes tecnológicos de conspirar contra su primera presidencia. Allí opina, ordena, ridiculiza y anticipa sus jugadas sin filtros. Esta verborrea constante, que muchos consideran un acto de egolatría o simple histrionismo, lo convierte, paradójicamente, en el político más transparente del momento.

A diferencia de otros líderes que se amparan en el lenguaje diplomático para disfrazar sus verdaderas intenciones, Trump las exhibe, las grita, las sobreactúa. Le da igual si lo acusan de hacer el ridículo. Hoy mismo circuló una imagen generada con inteligencia artificial en la que aparece plantando una bandera estadounidense en Groenlandia sobre un mapa redibujado a su antojo.

Pero esa transparencia brutal, por más que nos exaspere, nos divida o nos agote, también nos permite conocer sus verdaderos movimientos sin maquillaje. Y aunque sus métodos puedan parecer peligrosos, incluso corrosivos para la democracia, vale preguntarse si esta exposición incómoda, ruidosa y directa no es preferible a una política que, en nombre de la diplomacia, se esconde de su pueblo o solo emerge cuando hay elecciones.

Quizás lo más preocupante no sea ver lo que hace Trump, sino no ver lo que hacen los demás.

enero 17, 2026

Un viejo anhelo, hecho realidad:


Quiero anunciarles una transformación importante en mi sitio de arte, que ahora integra también mis escritos, en coherencia con un lema que me acompaña desde hace tiempo: el arte como mensaje y el mensaje como arte.

Este viejo anhelo se hizo realidad gracias a mi amigo Rodrigo Rotonda, fundador de Artic y director del Grupo Rotonda en Argentina, y a la maestría de Leandro Folino y su equipo, que lograron traducir una estructura compleja en la sencillez de un diseño contemporáneo.

Bajo la dualidad de Art&Prose, este espacio me obliga a seguir creciendo y buscando a través de colores y palabras.

Bienvenidos a www.ricardotrotti.com

enero 09, 2026

La seducción de la "mano dura"

La captura de Nicolás Maduro por parte del gobierno de Estados Unidos desató reacciones y análisis de todo tipo, atravesados por lecturas políticas, ideológicas y emocionales.

Prefiero detenerme en otra lectura, la de un cóctel peligroso. La de una opinión pública crecientemente seducida por liderazgos fuertes y, al mismo tiempo, atravesada por una fatiga democrática que ya no disimula.

Ese cruce entre el aplauso a los resultados firmes y el desencanto con la democracia, como muestran encuestas desde distintos ángulos, revela un patrón claro. Cuando pesan la inseguridad, la falta de bienestar económico, la corrupción persistente y la sensación de estancamiento, el atractivo se desplaza hacia figuras que prometen orden y decisión. A veces es el carisma, pero casi siempre es el desgaste acumulado de partidos, instituciones y reglas que estos líderes saben explotar para exhibir fuerza. De ahí la popularidad de dirigentes dispuestos a tensar o saltar controles democráticos como Donald Trump, Javier Milei, Nayib Bukele, Daniel Noboa o José Antonio Kast, ante una ciudadanía que parece decir “no me importan los procesos, quiero resultados”.

Tensar o cruzar límites democráticos para alcanzar objetivos no es una novedad. En América Latina, esta licencia que el pueblo concede en un primer momento a líderes mesiánicos suele inscribirse en un movimiento pendular conocido. Hasta hace poco, la mano fuerte tuvo otros nombres, como Cristina Fernández de Kirchner, Rafael Correa y Evo Morales. Debilitaron de manera sistemática los controles institucionales y justificaron sus avances en nombre de la voluntad popular y de una supuesta eficacia política. Con el agravante y pecado histórico de haberse apoyado política, económica y estratégicamente en la dictadura de Hugo Chávez y de Maduro, e ideológicamente en una de las dictaduras más longevas y represivas del continente, la de los hermanos Castro y Miguel Díaz-Canel.

La historia confirma que conceder estas licencias a gobernantes de mano dura es una apuesta riesgosa. El caso de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo lo demuestra con crudeza. La anuencia inicial suele derivar en el avasallamiento de las instituciones, la colonización de los poderes públicos, la persecución de la prensa y la oposición, o en reformas electorales diseñadas para perpetuarse en el poder o para que sirvan de cosmética democrática. No es casual que hoy las cárceles latinoamericanas estén pobladas de expresidentes que pasaron del mesianismo al abuso de poder.

Reclamar respuestas firmes y rápidas es comprensible. Aceptarlas a costa de la democracia, en cambio, ha demostrado ser una trampa. Tarde o temprano, el efecto búmeran vuelve contra quienes creyeron que la mano dura era un atajo.


enero 04, 2026

Chavismo descabezado y las incertidumbres del momento

El fin que despertó la incertidumbre

Siento la satisfacción de la certeza. El chavismo ha sido descabezado.

Dediqué gran parte de mi trabajo a combatir un régimen que durante 27 años conculcó la libertad de prensa y de expresión, secuestró los poderes públicos y vació de sentido el derecho al voto frente a liderazgos legítimos como los de Juan Guaidó y Edmundo González Urrutia. Una “revolución” que encarceló disidentes, devoró a la oposición y exportó una ideología enfermiza financiada con petrodólares. Su mayor “logro” fue una tragedia histórica, convertir la riqueza en miseria y expulsar a más de ocho millones de venezolanos de su tierra.

Pero tras la certeza aparece la ansiedad por lo incierto. ¿Está realmente muerto este monstruo de mil cabezas? ¿El chavismo se sostenía solo en Nicolás Maduro? ¿Puede la vicepresidenta del chavismo, Delcy Rodríguez, abrir las puertas a la oposición? ¿De verdad María Corina Machado o González Urrutia carecen del consenso necesario para liderar una transición, como sugirió Donald Trump? ¿Qué pasará con los líderes chavistas a quienes EE.UU. acusa de los mismos delitos que pesan sobre Maduro y su esposa? ¿Convertirá EE.UU. a Venezuela en un protectorado durante la transición? ¿Habrá, siquiera, una transición?

Días atrás publiqué una columna en El Tribuno de Salta en la que analizo la lógica de este “segundo acto” de Trump, su pragmatismo visceral, su desdén por la institucionalidad y una visión en la que la seguridad y la política no se rigen por principios, sino que se negocian por costos. Leer en post anterior.

enero 03, 2026

Trump: cuando el espectáculo devora la gestión


Esta columna fue publicada el 28 de diciembre de 2025 en el anuario del diario El Tribuno de Salta, Argentina. 
Este es el enlace al Anuario: Anuario 2025 | PDF | Donald Trump | Gobierno americano
 
Por Ricardo Trotti
    Escribir desde la neutralidad sobre Donald Trump se ha convertido en un ejercicio de alto riesgo. Cualquier análisis que reconozca un acierto de gestión se interpreta como un halago servil y cualquier crítica a su estilo pendenciero o a la erosión de las normas cívicas se lee como un ataque partidista.
    El problema para el periodismo, y por extensión, para la ciudadanía, es que la retórica de Trump actúa como una niebla densa y asfixiante. Los hechos concretos, aquellos datos que en cualquier otra presidencia serían medidos en gráficas, quedan secuestrados por su verborragia. Su estilo volátil, que cambia de humor, dirección y víctimas a cada hora, desdibuja el fondo de sus políticas. La política deja de ser gestión y se convierte en espectáculo, una lógica en la que, como advirtió Vargas Llosa, la forma termina devorando al contenido.
Pero todo ello no es improvisado. En este segundo y último mandato es también una forma de aceleración deliberada. A diferencia de su primera presidencia, cuando aún chocaba con límites institucionales y con un Congreso en minoría, Trump gobierna ahora con la seguridad de quien ya no busca legitimarse, sino consumar su proyecto, consciente de que su tiempo político tiene fecha de caducidad.

Felicidad de bolsillo
    En el terreno económico es donde la dicotomía entre el personaje y el ejecutor es más compleja. Trump ganó la elección porque entendió que los demócratas, en su torre de marfil de estadísticas macroeconómicas, ignoraron la felicidad del bolsillo. Mientras hablaban de la defensa abstracta de la democracia o de cifras de desempleo, Trump le habló al ciudadano que veía con angustia cómo su compra semanal de supermercado costaba más que el año anterior.
    Ahora, en el poder, la paradoja se agudiza. Ganó prometiendo pelear contra la inflación y los altos costos de los medicamentos, pero su guerra de tarifas, ese “tarifazo” al mundo que usa los aranceles como herramienta de negociación geopolítica y que muchos viven como extorsión, presiona los precios internos al alza. Aunque el proteccionismo tiene un costo que paga el consumidor final, esa misma agresividad ha logrado que industrias estadounidenses que habían huido hacia la mano de obra barata en el extranjero vuelvan a invertir en el país, seducidas por la desregulación o aterradas por las sanciones.
    Trump ha aplicado la filosofía conservadora de Ronald Reagan —menos impuestos, Estado más chico— pero inyectada con una dosis de populismo nacionalista. Sin embargo, la promesa de desmantelar la burocracia, encomendada con bombos y platillos a Elon Musk como emblema de una eficiencia radical, se ha topado con la realidad. El gasto público sigue prácticamente intacto y la reducción prometida no se ha materializado.
    A Trump no le preocupa el déficit ni la ortodoxia fiscal. Le importa la percepción de bonanza inmediata. Esa lógica lo lleva incluso a negar la experiencia cotidiana, como cuando afirmó hace poco que la crisis de accesibilidad “es una mentira”, en abierta contradicción con lo que cualquier ciudadano constata frente a la góndola del supermercado. Para su base, sin embargo, esa “verdad” pesa más que los hechos.

enero 01, 2026

Dejemos que el 2026 se despliegue solo

Parece que cada inicio de año el mundo se llena de aspirantes a Nostradamus. Expertos, influencers, periodistas y gurús de redes sociales compiten por ver quién lanza la predicción más audaz, convirtiendo los análisis de tendencias en simples horóscopos de poca monta.
He decidido dejar de consumir ese ruido. Las predicciones no son más que la fallida esperanza que ponemos en la compra de un billete de lotería, una ilusión de control sobre un futuro que, por suerte, no nos pertenece.
 
En realidad, estas supuestas "visiones" son otra cara de la mentira con la que nos venden certezas empaquetadas para calmar una ansiedad que retroalimentan cada año. Es una forma de posverdad que ignora la realidad de los "Cisnes Negros". Nadie fue capaz de predecir una pandemia que detuvo el planeta, ni la mutación hacia el trabajo remoto, ni el maremoto de una IA que hoy lo redefine todo.
 
El futuro no se anuncia; simplemente sucede mientras los analistas nos distraen con ficciones convenientes.
Prefiero rescatar la imperfección de la incertidumbre. Hay algo profundamente humano y liberador en no saber qué pasará mañana. Es en ese vacío donde realmente podemos construir algo propio, sin el guion de otros.
Menos predicciones, más presente. Dejemos que el año se despliegue a su ritmo, con toda su bendita incertidumbre.

Inteligencia artificial: el aula sin maestro

El mundo de las empresas de inteligencia artificial se parece a un aula cuando el maestro se ausenta. Sin autoridad presente, todos gritan a...