julio 31, 2026

Muy agradecido por el Maria Moors Cabot

Me siento profundamente honrado por el reconocimiento de los Premios Maria Moors Cabot 2026, otorgado por la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, en Nueva York, por mi labor en defensa de la libertad de prensa, junto a prestigiosos periodistas de las Américas.

Los premios son individuales y, por eso, injustos, ya que para conseguirlos se requiere del trabajo de muchas personas y equipos. Quiero agradecer a todos los que me han ayudado durante todas estas décadas. Primero, a mi esposa, quien se hizo cargo del cuidado y la formación de nuestros hijos mientras yo debía cumplir mis compromisos. Segundo, a mis colegas de la Sociedad Interamericana de Prensa; sin ellos, mi labor hubiese sido insignificante. Tercero, a los periodistas y medios socios de la institución, porque siguen creyendo en la relevancia de defender el periodismo independiente y la libertad de prensa. Cuarto, a todas las autoridades, presidentes y presidentas —muchos que ya no están entre nosotros—, y líderes de comisiones y proyectos, que han liderado y siguen liderando la misión de la institución de forma voluntaria y desinteresada.

Y dedico este premio a los familiares de más de 500 periodistas asesinados en las últimas décadas en nuestras Américas, en particular a las familias con quienes hemos golpeado las puertas de los gobiernos, los poderes judiciales e instituciones internacionales de derechos humanos en busca de la justicia que todavía se les niega. También a todos los periodistas perseguidos, encarcelados y exiliados, y a los medios de comunicación que han sufrido acoso, censura y ataques. 

Nadie merece ser violentado por investigar, denunciar, opinar o defender el derecho del público a saber. El premio que de verdad importa es que nadie deba pagar con su vida por ejercer el periodismo.

Aquí debajo, los enlaces oficiales:

En Español

https://journalism.columbia.edu/news/ganadores-de-los-premios-maria-moors-cabot-2026

In English:

https://journalism.columbia.edu/news/2026-cabot-winners

 

julio 27, 2026

Fútbol, agua y estrellas

En Estados Unidos, las encuestas muestran que el Mundial impulsará el soccer masculino, pero se necesitará más agua y estrellas para que el negocio sea redondo.

Las pausas de hidratación le dieron a la televisión el espacio publicitario que los cortes de cualquier otro deporte estadounidense le otorgan. Aunque escasos en tiempo, tres minutos cada uno bastaron para que Fox embolsara al menos 250 millones de dólares solo con esas ventanas.

Sin estas pausas o sin la creatividad para crear otros espacios, no le resultará fácil al soccer competir con otros deportes. La transmisión televisiva del fútbol americano dura, en promedio, unas tres horas y doce minutos, con un tiempo total de juego de 60 minutos. La NBA reparte sus 48 minutos en cancha para una transmisión total de cerca de dos horas y media. Esos tiempos se extienden porque siempre hay que definir al ganador, cuando en el soccer basta con un empate para terminar el juego a los 90 minutos.

Más allá del agua, en la era de la saturación de la atención y del magnetismo, otro fenómeno lo representaron las celebridades. Terminaron por validar y aumentar una audiencia masiva en los estadios y en la televisión.

¿Por qué las celebridades convierten todo en oro? Jack Fuller lo explica desde la neurociencia en "What Is Happening to News". Las celebridades regalan una ilusión de intimidad y, con solo aparecer y por contagio, certifican lo que tocan.

Ese contagio, como el de Beyoncé, Kylie Jenner, Timothée Chalamet, Brad Pitt y Javier Bardem, entre otras estrellas, otorga a un evento, en especial a nuevos espectadores, una certificación que ninguna publicidad puede comprar.

Los futbolistas también atraen por su magnetismo de estrellas (Mbappé, Haaland, Bellingham, Kane, Ronaldo o Messi), como si fueran luminarias de Hollywood. 

Hasta hace poco, la conjunción deportista-estrella en Estados Unidos era exclusiva de personajes como LeBron James y Tom Brady. Pero el fútbol cambió de escala cuando Messi llegó al Inter Miami en 2023 y LeBron y Serena Williams, entre muchos otros, asistieron a su debut. Decenas de figuras del mundo deportivo y hollywoodense lo visitan cuando juega como visitante, en estadios repletos y reservados para deportes mayores, como si el Inter Miami jugara de local.

Ahora, la MLS, como antes lo hizo con Pelé en Nueva York o con Beckham en Los Ángeles, también sigue atrayendo a grandes estrellas que, aunque ya no son tan fulgurantes, todavía tienen tiempo para atraer multitudes, como los últimos fichajes de Griezmann en Orlando y de Lewandowski en Chicago.

La mayor atracción de estas estrellas también se juega en las vallas publicitarias. En este Mundial, lleno de exfutbolistas y exmundialistas, solo Beckham facturó 25 millones por promocionar 13 empresas.

Más allá del tiempo en pantalla y del impacto de las celebridades, subestimar a Estados Unidos en cualquier deporte puede ser un error.

La prueba está en que tiene la selección de soccer femenino más laureada del mundo, con cuatro Copas del Mundo (1991, 1999, 2015 y 2019), cinco medallas de oro olímpicas (1996, 2004, 2008, 2012 y 2024) y trece años en el top del ranking de la FIFA para mujeres desde que se inauguró en 2003.

Esto no se consiguió ni con agua ni con estrellas. Después del Mundial de 1994, el fútbol se instaló entre los niños mediante programas en todo el país y floreció aún más entre las niñas.

El desarrollo del fútbol masculino avanza despacio, pero no deja de ser auspicioso. Una encuesta de Ipsos revela que el 57% de los estadounidenses cree que este Mundial aumentará el interés general por el fútbol. Otra, de YouGov, publicada la víspera de la final, ya lo ubica como el tercer deporte favorito del país, detrás de la NFL y la NBA.

Por ahora, a Estados Unidos le basta con haber convertido el Mundial en el negocio más rentable de su historia deportiva. Habrá que ver si basta con el agua y las estrellas o si asume los valores del fútbol femenino para seguir recorriendo el camino.

julio 19, 2026

El Mundial le vendió la pasión al mercado

Por Ricardo Trotti

A pocas horas de la final y antes de entrar en tema, cabe agradecer a Argentina y España por emocionarnos y alimentar nuestra pasión con buen fútbol, cada uno a su manera.

El fútbol es una pasión mundial y la FIFA se aprovecha de ella. Incluida la final de hoy, se batieron los récords de asistencia a los estadios y de precio de las entradas. Un Gianni Infantino, exultante, se dibuja como el rey de las finanzas que cualquier gobierno contrataría.

Sin embargo, todo tiene su contraparte. La de Infantino es la vieja tensión entre eficiencia y equidad que el economista Arthur Okun resumió con la imagen del balde agujereado, un mercado que gana en recaudación lo que pierde en justicia por el camino. Cuanto más eficientes son la asistencia a los estadios y la recaudación, menos equitativo es el acceso a ellos. Ahí está el hincha que cada semana estira el sueldo del mes para alentar a su equipo y que, en este Mundial, aunque viva en cualquiera de las sedes, no pudo pagar una entrada.

Infantino justificó los precios con la oferta y la demanda. La FIFA compite, según él, en el entretenimiento más desarrollado del mundo y, por eso, "tiene que aplicar las tarifas de mercado".

La frase suena a una ley económica inapelable. Pero el mercado que invoca lo construyó la propia FIFA. Implementó por primera vez en la historia un sistema de precios dinámicos, similar al de las aerolíneas, y abrió su propia plataforma de reventa con una comisión del 15 por ciento para el comprador y el vendedor. Así, le dio nombre oficial al mercado negro, le compite al verdadero y cuanto más suben los precios, más gana. Es un círculo vicioso que ella misma alimenta.

Aplica la oferta y la demanda cuando le conviene, pero ignora que ese mismo mercado, cuando se vuelve abusivo, debería tener un límite regulatorio. A diferencia de un concierto o incluso de un partido dominguero, un Mundial es un bien escaso. Se juega cada cuatro años, en un tiempo reducido, y se compite por una identidad colectiva, no por entretenimiento, como dice Infantino. Frente a esa escasez, varios países y estados sancionan el alza abusiva de precios durante emergencias declaradas, desde Estados Unidos hasta Australia y la Unión Europea, una lógica que, aunque pensada para el agua embotellada o el alojamiento, bien podría inspirar un límite similar para un bien tan escaso y disputado como una entrada al Mundial.

Michael Sandel, profesor de filosofía política en Harvard, advierte que ciertos bienes se corrompen cuando se les pone precio a aquello que no nació para venderse. El precio deja de medir su valor y pasa a determinar quién entra y quién queda afuera. El fútbol es uno de esos bienes. El comprador de una entrada no tiene mucho poder de elección entre un precio u otro; paga sin alternativa, lo que se parece más a un abuso de posición dominante que al libre mercado.

Ese mismo principio de equidad debería justificar un tope de precio para las entradas. La objeción clásica es que un techo de precios no borra la escasez, sino que solo cambia quién la administra. Pero esa objeción, lejos de tumbar la idea, señala el camino del Comité Olímpico Internacional, que publica sus precios por categoría sin dejarlos flotar con la demanda, bajo el argumento de que un evento pierde legitimidad si se convierte en un club exclusivo.

La FIFA descarta esa posición, y los números parecen darle la razón. Los 950 millones de dólares recaudados por entradas en Qatar saltan a 3.000 millones en este Mundial, incluido un "paquete de lujo" de hasta 73.200 dólares que hoy garantiza asiento, comida y bebida ilimitados, como si la fortuna necesitara además hot dogs gratis.

Infantino excusa el robo por el precio de las entradas como si el fin justificara los medios. La recaudación, dice, financia el desarrollo del fútbol en las federaciones más pobres. Como entidad privada, la FIFA es libre de gastar su dinero como quiera. El problema no es el destino, sino el origen. Consigue ese dinero como un monopolio cuya única competencia es el mercado negro que ella misma creó.

El extinto filósofo de Harvard, Robert Nozick, sostenía que un fin bueno no vuelve justo un medio injusto, tomar dinero sin consentimiento sigue siendo apropiación, aunque el propósito sea noble. Frente a ese monopolio, el hincha paga entre dos, tres, siete o diez mil dólares, sin otra alternativa.

La FIFA puede alimentar su generosidad con sus patrocinadores, con sus crecientes contratos por derechos televisivos o, de ahora en más, con ADI Predictstreet, la plataforma de pronósticos con la que acaba de firmar su primera alianza de este tipo y que vuelve aún más sucio el negocio del fútbol (tema para otra columna). Pero no debe hacerlo a costa del bolsillo de los hinchas.

El economista y sociólogo noruego-estadounidense Thorstein Veblen definió en 1899 el "bien de Veblen", un producto que, cuanto más caro, más se desea, porque el precio mismo se convierte en un símbolo de estatus, como estamos viendo en este Mundial. Eso es hoy la pasión por el fútbol en manos de la FIFA, un bien de Veblen del que nadie puede escapar.

Es verdad que la especulación de la gente común también maltrata al fútbol, aquellos que compran entradas para revender hasta el último momento. Pero ese precio no lo impone el mercado, sino la FIFA. Antes de lanzar esta columna, a pocas horas de la final, el precio promedio de una entrada es de 18.822 dólares, el más alto jamás pagado por un evento deportivo, con un rango de 10.000 a 60.000 dólares.

La FIFA terminó por vender el corazón del fútbol al cálculo frío del mercado.

julio 13, 2026

Un VAR para el periodismo deportivo, por favor

El fútbol tiene VAR. La tecnología revisa al árbitro, corrige el offside, los córneres y, aunque a veces falla, devuelve la justicia a la cancha.

El periodismo deportivo necesita algo así, pero no la tecnología detrás del VAR, sino la filosofía de justicia que la sustenta. Esa filosofía tiene nombre propio en el oficio, neutralidad, independencia y honestidad, valores que no deberían perderse ni con un Mundial de por medio.Hoy el algoritmo premia que el dato clave llegue tarde, después de trescientas palabras de relleno, porque cada segundo extra en la página vale plata. Esa fue la trampa del clickbait que tendieron Google e internet, y los medios la abrazaron. Ahora se les volvió búmerang, el usuario, cansado del bla bla, ya ni entra al medio, le pide un resumen a un chat de inteligencia artificial y lo tiene en segundos.

El periodismo ya le ganó una vez a la tecnología. Cuando el telégrafo era poco confiable, en la Guerra de Secesión, los reporteros aprendieron a poner el dato más importante al principio de la nota, y nació la pirámide invertida, la fórmula que puso al lector primero. Hoy, el periodismo que abrazó la tecnología de la atención como la panacea, termina perdiendo por goleada. Según un estudio de Chartbeat, el 38 por ciento de los lectores abandona la nota sin leer una sola línea, porque el título promete algo que el texto tarda en cumplir.

Las transmisiones son aún peores. Relatores y comentaristas se ríen de sus propios chistes, mientras el espectador mira una fiesta privada a la que no fue invitado. Y después está el grito; el relator sigue cantando un gol interminable, atrapado en un formato radial previo a la televisión.

Algunos relatores y exfutbolistas convertidos en comentaristas confunden pasión con relato y juzgan todo desde el fanatismo y el patriotismo, sin apego a la neutralidad esperada. Hay quienes hasta se ufanan de ese sesgo y suben videos llorando por un gol de su selección, casi afónicos y con malas palabras, para mostrarse genuinos, prefiriendo los likes, al VAR interno de los principios tradicionales.

Esa justicia que el VAR le devuelve a la cancha tiene un nombre más viejo, el juego limpio. El fútbol evolucionó de esta manera para evitar otra “mano de Dios”. En este Mundial, el juego limpio ayudó a expulsar a un jugador suizo que simuló una falta, anuló un gol a Croacia por un contacto invisible al ojo humano, gracias al chip de la Trionda, y revirtió córneres y offside mal cobrados. Cuarenta años le tomó al fútbol blindar ese valor con tecnología, aun con la polémica que genera cada revisión larga y cada festejo cortado a mitad de camino.

El periodismo deportivo también necesita juego limpio, y no hace falta tecnología para lograrlo; alcanza con aplicar la fórmula que se inventó hace más de un siglo, cuando puso al lector primero.

Pero sigue jugando con mañas de potrero, el título que no cumple, el chiste que excluye, el grito que llega tarde, el forofismo que se disfraza de pasión. Cree que su disciplina lo exime de los valores tradicionales del oficio, pero estos también se aplican a cualquier otra vertiente del periodismo. El salto que debe dar no es tecnológico, es dejar de considerarse una excepción y jugar limpio, como debería jugar todo el periodismo.

Para que al periodismo deportivo no le saquen la tarjeta roja, conviene que los ombudsman y los defensores del lector se metan en este partido. Los códigos de ética y los manuales de estilo son claros, alcanza con aplicarlos para jugar limpio.

julio 05, 2026

Felicidad, bondad y contradicciones

La semana pasada comenté sobre la Declaración de Independencia de 1776 y su mandato de buscar la felicidad colectiva como fin prioritario de un gobierno, por encima del poder, la riqueza o la gloria militar, según lo definió John Adams, uno de sus firmantes.

Inspirados en los filósofos y en los primeros colonos que llegaron a bordo del Mayflower 156 años antes, escapando de la persecución británica, los fundadores entendían que esa felicidad era inseparable de la bondad, es decir, de vivir con virtud, de contribuir al bien común y de actuar conforme a principios morales. Ese binomio es el más exigente de todo lo que dejaron por escrito y también el más incumplido, empezando por ellos mismos, ya que entre la teoría y la práctica siempre hubo la misma distancia.

La historia de la humanidad está llena de principios proclamados y traicionados. Constituciones que consagran derechos y son reformadas para satisfacer a los gobiernos de turno. Revoluciones que se levantan contra la opresión y terminan imponiendo una peor. Líderes religiosos que predican la moral y amparan la pederastia. Políticos que combaten a otros tiranos y terminan ejerciendo tiranías propias. El poeta romano Ovidio, en su obra Metamorfosis, lo expresó con una brutalidad que no ha envejecido: "Veo lo mejor y lo apruebo, pero hago lo peor". Sus palabras cobran valor universal al apelar a una condición permanente del ser humano, sin importar la época.

Jeffrey Rosen, en The Pursuit of Happiness, muestra que los fundadores no fueron ajenos a esa contradicción ni la negaron. Patrick Henry, una de las voces más elocuentes de la revolución, reconoció que la esclavitud violaba los derechos naturales que él mismo defendía, y aun así fue dueño de esclavos, sin intentar justificarlo.

No fue solo él. Thomas Jefferson redactó algunas de las frases más hermosas sobre la dignidad humana del siglo XVIII y fue dueño de más de seiscientos esclavos. George Washington tuvo trescientos. También los tuvo James Madison, el arquitecto de la Constitución, entre otros.

La esclavitud no era la única contradicción. La expansión hacia el oeste se hizo sobre los pueblos que habitaban ese territorio desde mucho antes de que existiera la palabra América. Fueron desplazados, masacrados y confinados. El derecho a la vida, proclamado en la Declaración, no era para todos.

Ahí está el nudo que los fundadores dejaron sin resolver. La felicidad virtuosa no se alcanza sin bondad. Y la bondad no puede ser solo una declaración. Es una práctica diaria, incómoda, costosa. Una nación, como una persona, puede proclamar lo mejor de sí misma y vivir de manera opuesta.

En esta celebración del 4 de julio, académicos y periodistas de todo el mundo han vuelto a interpretar la historia de los fundadores, cada uno desde su propia trinchera. Unos los reivindican, otros los condenan. El juicio depende más de dónde se para quien mira que de los hechos en sí. Y así seguirá siendo, porque cada generación juzga con los valores de su tiempo.

Lo importante es no confundir la conducta de los hombres con la validez de los principios. Los Diez Mandamientos llevan milenios sin cumplirse del todo y nadie propone abolirlos. Su valor no está en la obediencia perfecta, sino en que existen, en que nombran el bien y trazan una línea entre lo correcto y lo incorrecto. 

Los principios de la Declaración funcionan igual, son el marco desde el que medimos la distancia entre lo que somos y lo que deberíamos ser. 

Hoy, 250 años después, siguen siendo la vara con la que cualquier sociedad puede medirse. Lo que importa no es si los fundadores estuvieron a la altura de sus palabras, sino si cada uno de nosotros lo está.

 

Más dolorosa que hace 33 años

La libertad de prensa está hoy peor que hace tres décadas. A los asesinatos y agresiones contra periodistas, males que la región nunca logró...