Mostrando entradas con la etiqueta declaración de la independencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta declaración de la independencia. Mostrar todas las entradas

julio 05, 2026

Felicidad, bondad y contradicciones

La semana pasada comenté sobre la Declaración de Independencia de 1776 y su mandato de buscar la felicidad colectiva como fin prioritario de un gobierno, por encima del poder, la riqueza o la gloria militar, según lo definió John Adams, uno de sus firmantes.

Inspirados en los filósofos y en los primeros colonos que llegaron a bordo del Mayflower 156 años antes, escapando de la persecución británica, los fundadores entendían que esa felicidad era inseparable de la bondad, es decir, de vivir con virtud, de contribuir al bien común y de actuar conforme a principios morales. Ese binomio es el más exigente de todo lo que dejaron por escrito y también el más incumplido, empezando por ellos mismos, ya que entre la teoría y la práctica siempre hubo la misma distancia.

La historia de la humanidad está llena de principios proclamados y traicionados. Constituciones que consagran derechos y son reformadas para satisfacer a los gobiernos de turno. Revoluciones que se levantan contra la opresión y terminan imponiendo una peor. Líderes religiosos que predican la moral y amparan la pederastia. Políticos que combaten a otros tiranos y terminan ejerciendo tiranías propias. El poeta romano Ovidio, en su obra Metamorfosis, lo expresó con una brutalidad que no ha envejecido: "Veo lo mejor y lo apruebo, pero hago lo peor". Sus palabras cobran valor universal al apelar a una condición permanente del ser humano, sin importar la época.

Jeffrey Rosen, en The Pursuit of Happiness, muestra que los fundadores no fueron ajenos a esa contradicción ni la negaron. Patrick Henry, una de las voces más elocuentes de la revolución, reconoció que la esclavitud violaba los derechos naturales que él mismo defendía, y aun así fue dueño de esclavos, sin intentar justificarlo.

No fue solo él. Thomas Jefferson redactó algunas de las frases más hermosas sobre la dignidad humana del siglo XVIII y fue dueño de más de seiscientos esclavos. George Washington tuvo trescientos. También los tuvo James Madison, el arquitecto de la Constitución, entre otros.

La esclavitud no era la única contradicción. La expansión hacia el oeste se hizo sobre los pueblos que habitaban ese territorio desde mucho antes de que existiera la palabra América. Fueron desplazados, masacrados y confinados. El derecho a la vida, proclamado en la Declaración, no era para todos.

Ahí está el nudo que los fundadores dejaron sin resolver. La felicidad virtuosa no se alcanza sin bondad. Y la bondad no puede ser solo una declaración. Es una práctica diaria, incómoda, costosa. Una nación, como una persona, puede proclamar lo mejor de sí misma y vivir de manera opuesta.

En esta celebración del 4 de julio, académicos y periodistas de todo el mundo han vuelto a interpretar la historia de los fundadores, cada uno desde su propia trinchera. Unos los reivindican, otros los condenan. El juicio depende más de dónde se para quien mira que de los hechos en sí. Y así seguirá siendo, porque cada generación juzga con los valores de su tiempo.

Lo importante es no confundir la conducta de los hombres con la validez de los principios. Los Diez Mandamientos llevan milenios sin cumplirse del todo y nadie propone abolirlos. Su valor no está en la obediencia perfecta, sino en que existen, en que nombran el bien y trazan una línea entre lo correcto y lo incorrecto. 

Los principios de la Declaración funcionan igual, son el marco desde el que medimos la distancia entre lo que somos y lo que deberíamos ser. 

Hoy, 250 años después, siguen siendo la vara con la que cualquier sociedad puede medirse. Lo que importa no es si los fundadores estuvieron a la altura de sus palabras, sino si cada uno de nosotros lo está.

 

junio 29, 2026

250 años en busca de la felicidad

A diferencia de la formación de otras naciones, hace 250 años los fundadores de Estados Unidos tuvieron la visión de consagrar the pursuit of happiness, la búsqueda de la felicidad, en la Declaración de Independencia de 1776, junto al derecho a la vida y a la libertad.
Fue un enorme gesto filosófico de Thomas Jefferson. Recogió en esa frase siglos de pensamiento, desde los filósofos griegos y romanos que situaron la felicidad en el centro de la vida virtuosa, hasta los filósofos morales escoceses. Y fue aún más audaz al reemplazar la “propiedad” de la tríada clásica de John Locke —vida, libertad y propiedad— por la búsqueda de la felicidad, prefiriendo la aspiración del alma a lo material.

Esa aspiración también tuvo su origen en el Mayflower, el barco que en 1620 trajo a los primeros colonos a la nueva tierra, quienes huían de la opresión británica para salvar sus vidas y ser libres.

Para los padres fundadores, según explica Jeffrey Rosen en The Pursuit of Happiness (2024), esa felicidad no era placer ni bienestar personal, como suelen simplificarla los índices que cada año coronan a los países escandinavos como los más felices del mundo. Esas métricas miden servicios, seguridad y confort. Un país puede tener los mejores hospitales y asfixiar la disidencia. Puede ofrecer seguridad material y perseguir la fe. Puede garantizar el bienestar y restringir las libertades individuales.
Para los fundadores, la felicidad tenía más que ver con el autodominio, la mejora del carácter y el uso de la razón para alcanzar la tranquilidad necesaria para el crecimiento personal. En definitiva, no se trataba de sentirse bien, sino de ser buenas personas y buenos ciudadanos.
Franklin, Washington, Adams, Jefferson, Madison y Hamilton, los arquitectos de la república, la encarnaron cada uno a su manera. Franklin la vivió como una virtud activa y como un servicio a la comunidad. Adams, como responsabilidad moral. Washington, como sacrificio. Aunque podía gobernar de por vida, entregó el poder tras dos mandatos y sentó el precedente más importante de la democracia moderna.
Cuando los fundadores redactaron la Constitución y, poco después, la Primera Enmienda, la búsqueda de la felicidad quedó fuera de la estructura legal. Y, sin embargo, es el principio que las agrupa y les da sentido. La libertad de expresión, de prensa, de religión, de petición y de reunión solo cobran pleno significado si contribuyen a una vida virtuosa y plena.
La felicidad virtuosa debería ser la vara con la que medimos a nuestros gobernantes y a nosotros mismos como sociedad. No el PBI, ni las encuestas de satisfacción, ni los índices de bienestar. La pregunta que deberíamos hacerles a Trump, a los republicanos y a los demócratas, y a los gobernantes y partidos de cualquier país, es si están construyendo felicidad colectiva o simplemente administrando el presente con la vieja coartada de Bismarck, que la política es el arte de lo posible.
Los 250 años se celebrarán este 4 de julio con fuegos artificiales, pícnics y discursos que, como suele ocurrir, terminarán polarizando más que uniendo. Pero si nos sentamos mentalmente con aquellos fundadores y pensamos en lo que concibieron, su mandato trasciende las fronteras de una nación y nos interpela a todos los seres humanos y a los gobiernos del planeta.
La pregunta para los gobernantes es inevitable. ¿Están construyendo felicidad o simplemente administrando y acumulando poder?
Y para nosotros, los ciudadanos de aquí y del mundo, la pregunta es igual de incómoda. ¿La hemos perseguido como una empresa colectiva, o la hemos reducido a un scroll infinito de satisfacciones instantáneas? ¿Estamos tratando de ser buenas personas, o solo de sentirnos bien?
En un próximo post reflexionaré sobre la felicidad y la bondad, dos virtudes que van de la mano y que son, justamente, la esencia de mi tercer libro de la trilogía Robots con Alma.


Felicidad, bondad y contradicciones

La semana pasada comenté sobre la Declaración de Independencia de 1776 y su mandato de buscar la felicidad colectiva como fin prioritario de...