junio 29, 2026

250 años en busca de la felicidad

A diferencia de la formación de otras naciones, hace 250 años los fundadores de Estados Unidos tuvieron la visión de consagrar the pursuit of happiness, la búsqueda de la felicidad, en la Declaración de Independencia de 1776, junto al derecho a la vida y a la libertad.
Fue un enorme gesto filosófico de Thomas Jefferson. Recogió en esa frase siglos de pensamiento, desde los filósofos griegos y romanos que situaron la felicidad en el centro de la vida virtuosa, hasta los filósofos morales escoceses. Y fue aún más audaz al reemplazar la “propiedad” de la tríada clásica de John Locke —vida, libertad y propiedad— por la búsqueda de la felicidad, prefiriendo la aspiración del alma a lo material.

Esa aspiración también tuvo su origen en el Mayflower, el barco que en 1620 trajo a los primeros colonos a la nueva tierra, quienes huían de la opresión británica para salvar sus vidas y ser libres.

Para los padres fundadores, según explica Jeffrey Rosen en The Pursuit of Happiness (2024), esa felicidad no era placer ni bienestar personal, como suelen simplificarla los índices que cada año coronan a los países escandinavos como los más felices del mundo. Esas métricas miden servicios, seguridad y confort. Un país puede tener los mejores hospitales y asfixiar la disidencia. Puede ofrecer seguridad material y perseguir la fe. Puede garantizar el bienestar y restringir las libertades individuales.
Para los fundadores, la felicidad tenía más que ver con el autodominio, la mejora del carácter y el uso de la razón para alcanzar la tranquilidad necesaria para el crecimiento personal. En definitiva, no se trataba de sentirse bien, sino de ser buenas personas y buenos ciudadanos.
Franklin, Washington, Adams, Jefferson, Madison y Hamilton, los arquitectos de la república, la encarnaron cada uno a su manera. Franklin la vivió como una virtud activa y como un servicio a la comunidad. Adams, como responsabilidad moral. Washington, como sacrificio. Aunque podía gobernar de por vida, entregó el poder tras dos mandatos y sentó el precedente más importante de la democracia moderna.
Cuando los fundadores redactaron la Constitución y, poco después, la Primera Enmienda, la búsqueda de la felicidad quedó fuera de la estructura legal. Y, sin embargo, es el principio que las agrupa y les da sentido. La libertad de expresión, de prensa, de religión, de petición y de reunión solo cobran pleno significado si contribuyen a una vida virtuosa y plena.
La felicidad virtuosa debería ser la vara con la que medimos a nuestros gobernantes y a nosotros mismos como sociedad. No el PBI, ni las encuestas de satisfacción, ni los índices de bienestar. La pregunta que deberíamos hacerles a Trump, a los republicanos y a los demócratas, y a los gobernantes y partidos de cualquier país, es si están construyendo felicidad colectiva o simplemente administrando el presente con la vieja coartada de Bismarck, que la política es el arte de lo posible.
Los 250 años se celebrarán este 4 de julio con fuegos artificiales, pícnics y discursos que, como suele ocurrir, terminarán polarizando más que uniendo. Pero si nos sentamos mentalmente con aquellos fundadores y pensamos en lo que concibieron, su mandato trasciende las fronteras de una nación y nos interpela a todos los seres humanos y a los gobiernos del planeta.
La pregunta para los gobernantes es inevitable. ¿Están construyendo felicidad o simplemente administrando y acumulando poder?
Y para nosotros, los ciudadanos de aquí y del mundo, la pregunta es igual de incómoda. ¿La hemos perseguido como una empresa colectiva, o la hemos reducido a un scroll infinito de satisfacciones instantáneas? ¿Estamos tratando de ser buenas personas, o solo de sentirnos bien?
En un próximo post reflexionaré sobre la felicidad y la bondad, dos virtudes que van de la mano y que son, justamente, la esencia de mi tercer libro de la trilogía Robots con Alma.


junio 21, 2026

Resucitó Maradona


Diego Maradona volvió al Mundial. La plataforma BetWarrior lo resucitó con IA para que le ayudara a promocionar sus apuestas durante los
 cooling breaks. Sus herederos autorizaron la explotación de su imagen, aunque nadie sabe si él, quien bregó por “la pelota no se mancha”, lo habría hecho.
Más allá de la controversia sobre su imagen, el tema pasa por si es recomendable que jugadores, exjugadores y técnicos promocionen casas de apuestas. Algunos ejemplos: Messi, Otamendi y De Paul promueven Kalshi; Chicharito Hernández se sumó a DraftKings y Mourinho recomienda SportyBet.
Aunque la FIFA prohíbe esta publicidad en los estadios durante el Mundial, las casas de apuestas como Bet365 o FanDuel la inundan por doquier en cualquier momento del año.
Que jugadores y técnicos presten su imagen es un claro conflicto de intereses. Quien podría influir en un resultado no debería cobrar por fomentar apuestas sobre ese resultado. Ejemplos sobran: en 2023, el centrocampista italiano Sandro Tonali admitió haber apostado en partidos de su propio equipo, y el brasileño Lucas Paquetá fue investigado por recibir tarjetas amarillas deliberadas para favorecer a los apostadores. En 2009, una red criminal manipuló cerca de doscientos partidos en Europa, varios de la Champions League. En 1980, el escándalo italiano del Totonero arrastró a jugadores y dirigentes, entre ellos Paolo Rossi. En 1964, treinta y tres futbolistas ingleses fueron procesados por amañar encuentros de la Football League y diez terminaron en prisión. 
¿Y en otros deportes? En 2025, el tenis francés quedó sacudido por una red que manipuló 45 partidos entre 2018 y 2024. Y en 2007, el árbitro de la NBA, Tim Donaghy, fue a prisión por apostar en partidos que arbitraba durante cuatro temporadas seguidas.
Varios estudios académicos demuestran que las apuestas perjudican la salud. La Organización Mundial de la Salud reconoce la ludopatía como un trastorno adictivo, equiparable al daño que provocan sustancias como el cigarrillo; de ahí que los gobiernos hayan prohibido casi por completo la publicidad.
La publicidad de apuestas, como la de cigarrillos y vaporizadores con sabores, apunta a los adolescentes. El Maradona reconstruido con IA y su "acá se juega con pelotas" no es la excepción. UNICEF lleva tiempo denunciando este tipo de ataques contra la salud de los menores.
El fútbol mueve miles de millones. Precisamente por eso, la FIFA debería ser más enérgica e imponer límites a esta publicidad, sobre todo cuando todavía arrastra el desastre del FIFAgate de 2015, en el que 14 dirigentes fueron procesados, entre ellos Blatter, Platini y Valcke.
Lo mismo vale para las demás federaciones y asociaciones nacionales. Varias vinieron a este Mundial con el equipo bajo el brazo y causas judiciales en el bolsillo. La de Argentina y su presidente, Claudio Tapia, son el ejemplo más reciente. Pero no el único.
El fútbol siempre supo que el dinero lo rodea. Lo que agrava la situación ahora es que el conflicto de interés ya no se disimula. Se llama patrocinio y lleva la cara de nuestros ídolos más queridos.

Felicidad, bondad y contradicciones

La semana pasada comenté sobre la Declaración de Independencia de 1776 y su mandato de buscar la felicidad colectiva como fin prioritario de...