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julio 19, 2026

El Mundial le vendió la pasión al mercado

Por Ricardo Trotti

A pocas horas de la final y antes de entrar en tema, cabe agradecer a Argentina y España por emocionarnos y alimentar nuestra pasión con buen fútbol, cada uno a su manera.

El fútbol es una pasión mundial y la FIFA se aprovecha de ella. Incluida la final de hoy, se batieron los récords de asistencia a los estadios y de precio de las entradas. Un Gianni Infantino, exultante, se dibuja como el rey de las finanzas que cualquier gobierno contrataría.

Sin embargo, todo tiene su contraparte. La de Infantino es la vieja tensión entre eficiencia y equidad que el economista Arthur Okun resumió con la imagen del balde agujereado, un mercado que gana en recaudación lo que pierde en justicia por el camino. Cuanto más eficientes son la asistencia a los estadios y la recaudación, menos equitativo es el acceso a ellos. Ahí está el hincha que cada semana estira el sueldo del mes para alentar a su equipo y que, en este Mundial, aunque viva en cualquiera de las sedes, no pudo pagar una entrada.

Infantino justificó los precios con la oferta y la demanda. La FIFA compite, según él, en el entretenimiento más desarrollado del mundo y, por eso, "tiene que aplicar las tarifas de mercado".

La frase suena a una ley económica inapelable. Pero el mercado que invoca lo construyó la propia FIFA. Implementó por primera vez en la historia un sistema de precios dinámicos, similar al de las aerolíneas, y abrió su propia plataforma de reventa con una comisión del 15 por ciento para el comprador y el vendedor. Así, le dio nombre oficial al mercado negro, le compite al verdadero y cuanto más suben los precios, más gana. Es un círculo vicioso que ella misma alimenta.

Aplica la oferta y la demanda cuando le conviene, pero ignora que ese mismo mercado, cuando se vuelve abusivo, debería tener un límite regulatorio. A diferencia de un concierto o incluso de un partido dominguero, un Mundial es un bien escaso. Se juega cada cuatro años, en un tiempo reducido, y se compite por una identidad colectiva, no por entretenimiento, como dice Infantino. Frente a esa escasez, varios países y estados sancionan el alza abusiva de precios durante emergencias declaradas, desde Estados Unidos hasta Australia y la Unión Europea, una lógica que, aunque pensada para el agua embotellada o el alojamiento, bien podría inspirar un límite similar para un bien tan escaso y disputado como una entrada al Mundial.

Michael Sandel, profesor de filosofía política en Harvard, advierte que ciertos bienes se corrompen cuando se les pone precio a aquello que no nació para venderse. El precio deja de medir su valor y pasa a determinar quién entra y quién queda afuera. El fútbol es uno de esos bienes. El comprador de una entrada no tiene mucho poder de elección entre un precio u otro; paga sin alternativa, lo que se parece más a un abuso de posición dominante que al libre mercado.

Ese mismo principio de equidad debería justificar un tope de precio para las entradas. La objeción clásica es que un techo de precios no borra la escasez, sino que solo cambia quién la administra. Pero esa objeción, lejos de tumbar la idea, señala el camino del Comité Olímpico Internacional, que publica sus precios por categoría sin dejarlos flotar con la demanda, bajo el argumento de que un evento pierde legitimidad si se convierte en un club exclusivo.

La FIFA descarta esa posición, y los números parecen darle la razón. Los 950 millones de dólares recaudados por entradas en Qatar saltan a 3.000 millones en este Mundial, incluido un "paquete de lujo" de hasta 73.200 dólares que hoy garantiza asiento, comida y bebida ilimitados, como si la fortuna necesitara además hot dogs gratis.

Infantino excusa el robo por el precio de las entradas como si el fin justificara los medios. La recaudación, dice, financia el desarrollo del fútbol en las federaciones más pobres. Como entidad privada, la FIFA es libre de gastar su dinero como quiera. El problema no es el destino, sino el origen. Consigue ese dinero como un monopolio cuya única competencia es el mercado negro que ella misma creó.

El extinto filósofo de Harvard, Robert Nozick, sostenía que un fin bueno no vuelve justo un medio injusto, tomar dinero sin consentimiento sigue siendo apropiación, aunque el propósito sea noble. Frente a ese monopolio, el hincha paga entre dos, tres, siete o diez mil dólares, sin otra alternativa.

La FIFA puede alimentar su generosidad con sus patrocinadores, con sus crecientes contratos por derechos televisivos o, de ahora en más, con ADI Predictstreet, la plataforma de pronósticos con la que acaba de firmar su primera alianza de este tipo y que vuelve aún más sucio el negocio del fútbol (tema para otra columna). Pero no debe hacerlo a costa del bolsillo de los hinchas.

El economista y sociólogo noruego-estadounidense Thorstein Veblen definió en 1899 el "bien de Veblen", un producto que, cuanto más caro, más se desea, porque el precio mismo se convierte en un símbolo de estatus, como estamos viendo en este Mundial. Eso es hoy la pasión por el fútbol en manos de la FIFA, un bien de Veblen del que nadie puede escapar.

Es verdad que la especulación de la gente común también maltrata al fútbol, aquellos que compran entradas para revender hasta el último momento. Pero ese precio no lo impone el mercado, sino la FIFA. Antes de lanzar esta columna, a pocas horas de la final, el precio promedio de una entrada es de 18.822 dólares, el más alto jamás pagado por un evento deportivo, con un rango de 10.000 a 60.000 dólares.

La FIFA terminó por vender el corazón del fútbol al cálculo frío del mercado.

julio 13, 2026

Un VAR para el periodismo deportivo, por favor

El fútbol tiene VAR. La tecnología revisa al árbitro, corrige el offside, los córneres y, aunque a veces falla, devuelve la justicia a la cancha.

El periodismo deportivo necesita algo así, pero no la tecnología detrás del VAR, sino la filosofía de justicia que la sustenta. Esa filosofía tiene nombre propio en el oficio, neutralidad, independencia y honestidad, valores que no deberían perderse ni con un Mundial de por medio.Hoy el algoritmo premia que el dato clave llegue tarde, después de trescientas palabras de relleno, porque cada segundo extra en la página vale plata. Esa fue la trampa del clickbait que tendieron Google e internet, y los medios la abrazaron. Ahora se les volvió búmerang, el usuario, cansado del bla bla, ya ni entra al medio, le pide un resumen a un chat de inteligencia artificial y lo tiene en segundos.

El periodismo ya le ganó una vez a la tecnología. Cuando el telégrafo era poco confiable, en la Guerra de Secesión, los reporteros aprendieron a poner el dato más importante al principio de la nota, y nació la pirámide invertida, la fórmula que puso al lector primero. Hoy, el periodismo que abrazó la tecnología de la atención como la panacea, termina perdiendo por goleada. Según un estudio de Chartbeat, el 38 por ciento de los lectores abandona la nota sin leer una sola línea, porque el título promete algo que el texto tarda en cumplir.

Las transmisiones son aún peores. Relatores y comentaristas se ríen de sus propios chistes, mientras el espectador mira una fiesta privada a la que no fue invitado. Y después está el grito; el relator sigue cantando un gol interminable, atrapado en un formato radial previo a la televisión.

Algunos relatores y exfutbolistas convertidos en comentaristas confunden pasión con relato y juzgan todo desde el fanatismo y el patriotismo, sin apego a la neutralidad esperada. Hay quienes hasta se ufanan de ese sesgo y suben videos llorando por un gol de su selección, casi afónicos y con malas palabras, para mostrarse genuinos, prefiriendo los likes, al VAR interno de los principios tradicionales.

Esa justicia que el VAR le devuelve a la cancha tiene un nombre más viejo, el juego limpio. El fútbol evolucionó de esta manera para evitar otra “mano de Dios”. En este Mundial, el juego limpio ayudó a expulsar a un jugador suizo que simuló una falta, anuló un gol a Croacia por un contacto invisible al ojo humano, gracias al chip de la Trionda, y revirtió córneres y offside mal cobrados. Cuarenta años le tomó al fútbol blindar ese valor con tecnología, aun con la polémica que genera cada revisión larga y cada festejo cortado a mitad de camino.

El periodismo deportivo también necesita juego limpio, y no hace falta tecnología para lograrlo; alcanza con aplicar la fórmula que se inventó hace más de un siglo, cuando puso al lector primero.

Pero sigue jugando con mañas de potrero, el título que no cumple, el chiste que excluye, el grito que llega tarde, el forofismo que se disfraza de pasión. Cree que su disciplina lo exime de los valores tradicionales del oficio, pero estos también se aplican a cualquier otra vertiente del periodismo. El salto que debe dar no es tecnológico, es dejar de considerarse una excepción y jugar limpio, como debería jugar todo el periodismo.

Para que al periodismo deportivo no le saquen la tarjeta roja, conviene que los ombudsman y los defensores del lector se metan en este partido. Los códigos de ética y los manuales de estilo son claros, alcanza con aplicarlos para jugar limpio.

Detectores de humo: whistleblowers

Un whistleblower funciona como un detector de humo de corrupción. Alguien que, desde dentro de una empresa o institución, detecta algo dañin...