enero 28, 2026

Davos y CAF: paralelismo entre ficción y realidad

A medida que escribo el segundo libro de la trilogía Robots con Alma, avanzo en paralelo con una serie de ensayos de no ficción. Ese trabajo me permite explorar, aprender y contrastar el mundo narrativo que proyecto hacia el futuro, donde humanos y seres artificiales conviven en condiciones de igualdad.

En el reciente World Economic Forum de Davos, las conversaciones y diagnósticos me confirmaron que los cuatro pilares de mi ficción —verdad, libertad, bondad y creatividad— atraviesan de lleno los debates del presente y permiten interpretar con mayor claridad la realidad que habitamos.

En informes y discursos del foro aparecieron con nitidez los conflictos actuales y futuros. La desinformación y la mentira fueron señaladas como amenazas directas a la Verdad. La erosión de la democracia y del orden global, impulsada por liderazgos mesiánicos, volvió a poner en cuestión la Libertad. El debilitamiento del multilateralismo y el aumento de la desigualdad fueron leídos como una negación de la Bondad. Y, en relación con la Creatividad, surgieron fuertes reproches a una innovación acelerada de la inteligencia artificial, con el riesgo de derivar en un futuro tecnológicamente brillante, pero éticamente vacío.

Creo que estas mismas conversaciones orbitarán en torno a esas cuatro grandes áreas del pensamiento en el foro económico que en estos días celebra la CAF, el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe, en Panamá.

Estas conferencias muestran que hoy existe más claridad que antes sobre lo que no deberíamos tolerar. La mentira sistemática, la coacción y la censura, la desigualdad naturalizada o una creatividad tecnológica celebrada sin preguntarnos para qué ni cómo crea. El diagnóstico es más nítido que en el pasado. Lo que aún faltan son líneas de acción y soluciones capaces de poner a prueba, en la práctica, los marcos con los que pensamos el poder, la tecnología y lo humano.

enero 20, 2026

Trump: de adolescente rebelde a niño malcriado


Por Ricardo Trotti

Al cumplirse hoy el primer año de su segundo mandato, resulta inevitable mirar por el retrovisor y comparar al actual Donald Trump con aquel de 2017, el año de su debut en la Casa Blanca.

Si rebobinamos la cinta hasta su primera presidencia, para entender la metamorfosis del poder, encontramos a una figura con la energía caótica de un adolescente rebelde. Aquel Trump irrumpía en la capital con ínfulas de justiciero contra “la ciénaga de Washington”, decidido a romper con los “corruptos” opositores, los periodistas "enemigos del pueblo" y los inmigrantes “criminales y violadores”. Era el outsider ruidoso cuya retórica incendiaria en Twitter obligaba a todos, en el ámbito nacional, a tomar partido. Ladraba mucho, pero no mordía del todo.

Su rebeldía tenía objetivos relativamente convencionales dentro del conservadurismo. En su visión, Rusia y Corea del Norte eran enemigos que disuadir con esteroides presupuestarios para la maquinaria militar. Hacia el sur, su obsesión era desmantelar el legado de Obama. Se vanagloriaba de imponer “duras sanciones” a Venezuela y Cuba, apostando por la asfixia financiera antes que por la intervención directa.

En inmigración, quería un muro de cemento y acero, y llegó a ofrecer protección legal y ciudadanía para jóvenes inmigrantes indocumentados traídos de niños, los llamados dreamers, a cambio de fondos para construirlo y de un endurecimiento general del sistema migratorio.

Aquel Trump adolescente chocaba con las instituciones. Era ruidoso, molesto, generaba polarización extrema, pero estaba contenido por los contrapesos del sistema, ya sea desde los tribunales, la prensa, agencias gubernamentales independientes o incluso su propio partido.

Hoy, con un Congreso con viento a favor y contrapesos que aprendió a sortear a fuerza de decretos, Trump ha dejado atrás al adolescente revoltoso para convertirse en un niño con poder absoluto. Lo más sorprendente es que, nueve años después, lejos de desgastarse, parece tener aún más energía para imponer su voluntad, tanto en casa como en el mundo.

De la obsesión por el muro ha pasado a una política de deportaciones agresivas, al estilo Obama, pero con un tono vengativo. En ciudades gobernadas por la oposición, agentes del ICE son parte del paisaje y del abuso, como en el caso de Renée Good, ciudadana estadounidense muerta durante un operativo migratorio que la Casa Blanca calificó como “daño colateral”.

Pero donde más se evidencia la mutación es en su política exterior. Si en 2017 Rusia ocupaba el lugar central en su mapa de amenazas, hoy ha sumado a China como su principal antagonista, no solo por la rivalidad comercial, sino por la influencia global de su Nueva Ruta de la Seda. Trump justifica cada acción en esta supuesta guerra estratégica, desde los aranceles generalizados hasta su renovado empeño por anexionar Groenlandia. En su lógica, todo es parte de una cruzada geoeconómica por la supremacía, en la que ya no distingue entre aliados y rivales. Proclamó un “Día de la Liberación” comercial, impuso tasas universales que sacudieron los mercados y reactivó su ofensiva contra Europa, la OTAN y cualquier socio que cuestione su narrativa.

A diferencia del Trump de 2017, que ladraba, el de 2026 muerde. Ordenó el bombardeo de instalaciones nucleares en Irán, intervino militarmente en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro y colocó bajo supervisión directa la producción petrolera del “nuevo chavismo”. A sus socios más fieles, como Canadá y México, los ridiculiza, al proponer anexar a los canadienses como estado 51 y amenazar con incursiones armadas en territorio mexicano si no frenan el flujo de fentanilo. Todo bajo su versión personalista de la Doctrina Monroe, la bautizada “Doctrina Donroe”, que redibuja el mapa hemisférico y proclama que América es para los americanos… pero bajo el mandato de Washington, como demostró al reactivar su presión sobre Panamá para expulsar inversiones chinas del Canal.

Sin reelección a la vista, Trump gobierna como si dirigiera una empresa, no un país. No le interesan los equilibrios ni la independencia de poderes, y exige subordinación. Lo ha dejado claro al embestir contra Jerome Powell y la Reserva Federal, presionando al Tesoro como si fuera una gerencia más bajo su control. No rinde cuentas a nadie, al menos hasta que las elecciones intermedias de noviembre próximo puedan marcarle algún límite. Por el momento se siente envalentonado por sus propias decisiones y reclama genuflexiones y validación constante.

En esa búsqueda obsesiva de validación, Trump raya en lo ridículo y, lo peor, es que no le importa. Hace unos días, calificó de “hermoso gesto” que María Corina Machado le compartiera su medalla del Nobel de la Paz, como si el galardón pudiera transferirse por simpatía. Y en una reciente conversación con el primer ministro de Noruega, se jactó de que ya no le interesa recibir el Nobel, porque, según él, eso lo exime de cualquier obligación de buscar la paz.

Con la psicología de un niño que todavía no ha aprendido a compartir, Trump no solo quiere todos los juguetes para él, sino que además los rebautiza con su nombre. Rediseñó la Secretaría de Defensa bajo el título de “Secretaría de Guerra”, rebautizó el Golfo de México como “Golfo de América”, le puso su apellido al Kennedy Center como si fuera uno más de sus edificios y mandó demoler un ala de la Casa Blanca para construir un salón de baile con su nombre. En su universo simbólico, el poder se marca, se adueña y se exhibe.

Trump se desboca a diario en Truth Social, la red que él mismo creó tras acusar a los gigantes tecnológicos de conspirar contra su primera presidencia. Allí opina, ordena, ridiculiza y anticipa sus jugadas sin filtros. Esta verborrea constante, que muchos consideran un acto de egolatría o simple histrionismo, lo convierte, paradójicamente, en el político más transparente del momento.

A diferencia de otros líderes que se amparan en el lenguaje diplomático para disfrazar sus verdaderas intenciones, Trump las exhibe, las grita, las sobreactúa. Le da igual si lo acusan de hacer el ridículo. Hoy mismo circuló una imagen generada con inteligencia artificial en la que aparece plantando una bandera estadounidense en Groenlandia sobre un mapa redibujado a su antojo.

Pero esa transparencia brutal, por más que nos exaspere, nos divida o nos agote, también nos permite conocer sus verdaderos movimientos sin maquillaje. Y aunque sus métodos puedan parecer peligrosos, incluso corrosivos para la democracia, vale preguntarse si esta exposición incómoda, ruidosa y directa no es preferible a una política que, en nombre de la diplomacia, se esconde de su pueblo o solo emerge cuando hay elecciones.

Quizás lo más preocupante no sea ver lo que hace Trump, sino no ver lo que hacen los demás.

enero 17, 2026

Un viejo anhelo, hecho realidad:


Quiero anunciarles una transformación importante en mi sitio de arte, que ahora integra también mis escritos, en coherencia con un lema que me acompaña desde hace tiempo: el arte como mensaje y el mensaje como arte.

Este viejo anhelo se hizo realidad gracias a mi amigo Rodrigo Rotonda, fundador de Artic y director del Grupo Rotonda en Argentina, y a la maestría de Leandro Folino y su equipo, que lograron traducir una estructura compleja en la sencillez de un diseño contemporáneo.

Bajo la dualidad de Art&Prose, este espacio me obliga a seguir creciendo y buscando a través de colores y palabras.

Bienvenidos a www.ricardotrotti.com

enero 09, 2026

La seducción de la "mano dura"

La captura de Nicolás Maduro por parte del gobierno de Estados Unidos desató reacciones y análisis de todo tipo, atravesados por lecturas políticas, ideológicas y emocionales.

Prefiero detenerme en otra lectura, la de un cóctel peligroso. La de una opinión pública crecientemente seducida por liderazgos fuertes y, al mismo tiempo, atravesada por una fatiga democrática que ya no disimula.

Ese cruce entre el aplauso a los resultados firmes y el desencanto con la democracia, como muestran encuestas desde distintos ángulos, revela un patrón claro. Cuando pesan la inseguridad, la falta de bienestar económico, la corrupción persistente y la sensación de estancamiento, el atractivo se desplaza hacia figuras que prometen orden y decisión. A veces es el carisma, pero casi siempre es el desgaste acumulado de partidos, instituciones y reglas que estos líderes saben explotar para exhibir fuerza. De ahí la popularidad de dirigentes dispuestos a tensar o saltar controles democráticos como Donald Trump, Javier Milei, Nayib Bukele, Daniel Noboa o José Antonio Kast, ante una ciudadanía que parece decir “no me importan los procesos, quiero resultados”.

Tensar o cruzar límites democráticos para alcanzar objetivos no es una novedad. En América Latina, esta licencia que el pueblo concede en un primer momento a líderes mesiánicos suele inscribirse en un movimiento pendular conocido. Hasta hace poco, la mano fuerte tuvo otros nombres, como Cristina Fernández de Kirchner, Rafael Correa y Evo Morales. Debilitaron de manera sistemática los controles institucionales y justificaron sus avances en nombre de la voluntad popular y de una supuesta eficacia política. Con el agravante y pecado histórico de haberse apoyado política, económica y estratégicamente en la dictadura de Hugo Chávez y de Maduro, e ideológicamente en una de las dictaduras más longevas y represivas del continente, la de los hermanos Castro y Miguel Díaz-Canel.

La historia confirma que conceder estas licencias a gobernantes de mano dura es una apuesta riesgosa. El caso de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo lo demuestra con crudeza. La anuencia inicial suele derivar en el avasallamiento de las instituciones, la colonización de los poderes públicos, la persecución de la prensa y la oposición, o en reformas electorales diseñadas para perpetuarse en el poder o para que sirvan de cosmética democrática. No es casual que hoy las cárceles latinoamericanas estén pobladas de expresidentes que pasaron del mesianismo al abuso de poder.

Reclamar respuestas firmes y rápidas es comprensible. Aceptarlas a costa de la democracia, en cambio, ha demostrado ser una trampa. Tarde o temprano, el efecto búmeran vuelve contra quienes creyeron que la mano dura era un atajo.


enero 04, 2026

Chavismo descabezado y las incertidumbres del momento

El fin que despertó la incertidumbre

Siento la satisfacción de la certeza. El chavismo ha sido descabezado.

Dediqué gran parte de mi trabajo a combatir un régimen que durante 27 años conculcó la libertad de prensa y de expresión, secuestró los poderes públicos y vació de sentido el derecho al voto frente a liderazgos legítimos como los de Juan Guaidó y Edmundo González Urrutia. Una “revolución” que encarceló disidentes, devoró a la oposición y exportó una ideología enfermiza financiada con petrodólares. Su mayor “logro” fue una tragedia histórica, convertir la riqueza en miseria y expulsar a más de ocho millones de venezolanos de su tierra.

Pero tras la certeza aparece la ansiedad por lo incierto. ¿Está realmente muerto este monstruo de mil cabezas? ¿El chavismo se sostenía solo en Nicolás Maduro? ¿Puede la vicepresidenta del chavismo, Delcy Rodríguez, abrir las puertas a la oposición? ¿De verdad María Corina Machado o González Urrutia carecen del consenso necesario para liderar una transición, como sugirió Donald Trump? ¿Qué pasará con los líderes chavistas a quienes EE.UU. acusa de los mismos delitos que pesan sobre Maduro y su esposa? ¿Convertirá EE.UU. a Venezuela en un protectorado durante la transición? ¿Habrá, siquiera, una transición?

Días atrás publiqué una columna en El Tribuno de Salta en la que analizo la lógica de este “segundo acto” de Trump, su pragmatismo visceral, su desdén por la institucionalidad y una visión en la que la seguridad y la política no se rigen por principios, sino que se negocian por costos. Leer en post anterior.

enero 03, 2026

Trump: cuando el espectáculo devora la gestión


Esta columna fue publicada el 28 de diciembre de 2025 en el anuario del diario El Tribuno de Salta, Argentina. 
Este es el enlace al Anuario: Anuario 2025 | PDF | Donald Trump | Gobierno americano
 
Por Ricardo Trotti
    Escribir desde la neutralidad sobre Donald Trump se ha convertido en un ejercicio de alto riesgo. Cualquier análisis que reconozca un acierto de gestión se interpreta como un halago servil y cualquier crítica a su estilo pendenciero o a la erosión de las normas cívicas se lee como un ataque partidista.
    El problema para el periodismo, y por extensión, para la ciudadanía, es que la retórica de Trump actúa como una niebla densa y asfixiante. Los hechos concretos, aquellos datos que en cualquier otra presidencia serían medidos en gráficas, quedan secuestrados por su verborragia. Su estilo volátil, que cambia de humor, dirección y víctimas a cada hora, desdibuja el fondo de sus políticas. La política deja de ser gestión y se convierte en espectáculo, una lógica en la que, como advirtió Vargas Llosa, la forma termina devorando al contenido.
Pero todo ello no es improvisado. En este segundo y último mandato es también una forma de aceleración deliberada. A diferencia de su primera presidencia, cuando aún chocaba con límites institucionales y con un Congreso en minoría, Trump gobierna ahora con la seguridad de quien ya no busca legitimarse, sino consumar su proyecto, consciente de que su tiempo político tiene fecha de caducidad.

Felicidad de bolsillo
    En el terreno económico es donde la dicotomía entre el personaje y el ejecutor es más compleja. Trump ganó la elección porque entendió que los demócratas, en su torre de marfil de estadísticas macroeconómicas, ignoraron la felicidad del bolsillo. Mientras hablaban de la defensa abstracta de la democracia o de cifras de desempleo, Trump le habló al ciudadano que veía con angustia cómo su compra semanal de supermercado costaba más que el año anterior.
    Ahora, en el poder, la paradoja se agudiza. Ganó prometiendo pelear contra la inflación y los altos costos de los medicamentos, pero su guerra de tarifas, ese “tarifazo” al mundo que usa los aranceles como herramienta de negociación geopolítica y que muchos viven como extorsión, presiona los precios internos al alza. Aunque el proteccionismo tiene un costo que paga el consumidor final, esa misma agresividad ha logrado que industrias estadounidenses que habían huido hacia la mano de obra barata en el extranjero vuelvan a invertir en el país, seducidas por la desregulación o aterradas por las sanciones.
    Trump ha aplicado la filosofía conservadora de Ronald Reagan —menos impuestos, Estado más chico— pero inyectada con una dosis de populismo nacionalista. Sin embargo, la promesa de desmantelar la burocracia, encomendada con bombos y platillos a Elon Musk como emblema de una eficiencia radical, se ha topado con la realidad. El gasto público sigue prácticamente intacto y la reducción prometida no se ha materializado.
    A Trump no le preocupa el déficit ni la ortodoxia fiscal. Le importa la percepción de bonanza inmediata. Esa lógica lo lleva incluso a negar la experiencia cotidiana, como cuando afirmó hace poco que la crisis de accesibilidad “es una mentira”, en abierta contradicción con lo que cualquier ciudadano constata frente a la góndola del supermercado. Para su base, sin embargo, esa “verdad” pesa más que los hechos.

enero 01, 2026

Dejemos que el 2026 se despliegue solo

Parece que cada inicio de año el mundo se llena de aspirantes a Nostradamus. Expertos, influencers, periodistas y gurús de redes sociales compiten por ver quién lanza la predicción más audaz, convirtiendo los análisis de tendencias en simples horóscopos de poca monta.
He decidido dejar de consumir ese ruido. Las predicciones no son más que la fallida esperanza que ponemos en la compra de un billete de lotería, una ilusión de control sobre un futuro que, por suerte, no nos pertenece.
 
En realidad, estas supuestas "visiones" son otra cara de la mentira con la que nos venden certezas empaquetadas para calmar una ansiedad que retroalimentan cada año. Es una forma de posverdad que ignora la realidad de los "Cisnes Negros". Nadie fue capaz de predecir una pandemia que detuvo el planeta, ni la mutación hacia el trabajo remoto, ni el maremoto de una IA que hoy lo redefine todo.
 
El futuro no se anuncia; simplemente sucede mientras los analistas nos distraen con ficciones convenientes.
Prefiero rescatar la imperfección de la incertidumbre. Hay algo profundamente humano y liberador en no saber qué pasará mañana. Es en ese vacío donde realmente podemos construir algo propio, sin el guion de otros.
Menos predicciones, más presente. Dejemos que el año se despliegue a su ritmo, con toda su bendita incertidumbre.

Davos y CAF: paralelismo entre ficción y realidad

A medida que escribo el segundo libro de la trilogía Robots con Alma , avanzo en paralelo con una serie de ensayos de no ficción. Ese trabaj...