mayo 24, 2026

Etiquetados y excluidos

Cada vez importa menos lo que alguien dice y más la etiqueta que se le asigna.
Calificar al otro de conservador, progresista, liberal, populista o ultra sirve para descalificar un argumento.
La etiqueta funciona como una advertencia previa. Divide a las pers TV onas entre los propios y los otros. A partir de ahí, unos dejan de escuchar y otros aprueban automáticamente lo que se dice.
La polarización suele explicarse como un choque de ideas entre izquierda y derecha. Pero el problema actual va más allá. Cada vez se tolera menos a quienes combinan posiciones alejadas de las ideologías tradicionales.
La política siempre fue el arte de la confrontación. Ideas contra ideas, modelos contra modelos. Pero las elecciones permanentes, la exposición constante y los nuevos canales de comunicación amplificaron esa lógica hasta convertirla en un clima continuo de reacción y enfrentamiento.
Políticos, celebridades, periodistas y usuarios en redes sociales alimentan esa dinámica todos los días. Lo negativo suele tener más impacto que lo constructivo. El conflicto desplaza al matiz. Y poco a poco todo empieza a dividirse entre buenos y malos, blancos y negros, aliados y enemigos.
La mayoría de las personas no vive dentro de una ideología pura. Suele combinar posiciones progresistas y conservadoras al mismo tiempo, incluso sobre temas distintos.
Ese tipo de mezcla incomoda cada vez más. Si alguien cuestiona el aborto, queda marcado como conservador o “ultra”. Si plantea flexibilidad migratoria, muchos dejan de escucharlo por “progresista”. Cada vez pesa más la etiqueta que el argumento.
La discusión pública funciona cada vez menos como un intercambio de ideas y más como una dinámica tribal. La ciencia política y la psicología social llaman a este fenómeno “polarización afectiva”, una tendencia a confiar automáticamente en los propios y rechazar a quienes piensan distinto.
Las redes sociales amplifican ese mecanismo. Los algoritmos premian la reacción rápida, el conflicto y la simplificación. Los matices generan menos clics. El grito y los adjetivos calificativos terminan teniendo más alcance, aunque distorsionen, exageren o desinformen.
En la pandemia se vio esto con claridad. Muchas veces los argumentos dejaron de evaluarse por criterios sanitarios y pasaron a depender del grupo político que los respaldaba o rechazaba. Importaba más alinearse con los propios que analizar el problema.
Preferimos escuchar, hablar y darles “likes” a quienes piensan como nosotros. Y así terminamos viviendo dentro de cárceles de cristal.
Mucho se pierde con la polarización y las etiquetas. Se deteriora la tolerancia, se vuelve más difícil expresarse con libertad y cada vez cuesta más defender una idea incómoda.
¿Qué podemos hacer frente a la polarización?
Mucho. Lo primero es dar pequeños pasos. Por ejemplo, obligarnos a leer o escuchar un argumento del otro lado sin descartarlo de antemano. Aceptar que alguien puede pensar distinto sin convertirse en un enemigo. Buscar matices y otras perspectivas antes de reaccionar.
La psicología social demostró que los grandes cambios suelen comenzar con gestos mínimos (Jonathan Freedman y Scott Fraser, 1966). Sin dudas, no podremos acabar con la polarización de un día para el otro. Pero podemos empezar desde lo personal. Frenar el reflejo automático de etiquetar al otro y dejar de descartarlo antes de escucharlo.

 

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