febrero 28, 2026

Los medios juegan a la ruleta rusa de la desconfianza (post 4)

Cristo fue el único que predijo el futuro con acierto. No le creyeron y lo mataron. Nostradamus y George Orwell tuvieron algunos aciertos. Stephen Hawking, ya veremos. Predecir el futuro nunca fue destreza humana, y mucho menos negocio de los medios de comunicación. Hasta ahora.

Contra todos los pronósticos, los medios se están metiendo en el terreno resbaladizo de las predicciones y las apuestas. Tanto The Wall Street Journal como CNN, ESPN, Fox Sports o la cadena Globo en Brasil invitan a sus usuarios a entrar en un amplio casino donde noticias y pálpitos se confunden. ¿Qué película ganará el Oscar? ¿Cuánto durará la guerra contra Irán? ¿Quién ganará el Mundial? ¿Cuál será la inflación a fin de año?

Hasta hace poco, el periodismo intentaba anticipar el futuro con tendencias, análisis y datos. Ahora, empujado por la urgencia de monetizar tras haber perdido buena parte de su publicidad en internet, se adentra en el mundo de las apuestas. Las noticias aparecen integradas con códigos QR, gráficos de proyección y un botón que empuja al usuario a apostar sobre el desenlace de lo que acaba de leer.

Sin debate ético amplio en la industria, se ha debilitado la regla de oro del periodismo: la distancia. Durante décadas, el valor de un medio residía en su independencia, en informar sin ser parte del negocio que cubría. Al sellar alianzas con plataformas de predicción y apuestas como Polymarket, Kalshi o Bet, el medio deja de ser solo observador para convertirse en facilitador de apuestas, a cambio de una comisión por cada usuario que deriva a ese mercado.

Si la rentabilidad depende del volumen apostado sobre un evento, el rigor informativo queda bajo sospecha, o al menos su apariencia, que es donde se sostiene la confianza. Cuando dramatizar una noticia puede aumentar las apuestas, la tentación es evidente. El riesgo es que la información empiece a tratarse como un activo financiero.

No es la primera vez que el dinero erosiona la independencia. La publicidad estatal fue siempre un hierro caliente, usado por gobiernos para presionar líneas editoriales. Luego vinieron los vinos, las enciclopedias y las promociones. Más tarde el contenido patrocinado y los foros que los propios medios cubren con indulgencia. La frontera se fue moviendo. Pero nunca se había visto un cruce tan directo hacia el negocio que se informa.

Estas alianzas con plataformas de apuestas abren una caja de Pandora. ¿Puede un medio cubrir con plena autonomía el debate sobre la expansión del juego o la regulación de un casino en su comunidad? ¿Qué ocurrirá cuando la línea editorial afecte directamente a su socio comercial?

El conflicto puede no ser explícito, pero el lector lo percibe. Cuando la información se convierte en insumo de un mercado de predicciones, la lógica cambia. El medio no controla los hechos, pero sí el clima que los rodea. Y si obtiene ingresos de ese mercado, la independencia deja de ser un principio y pasa a ser una variable de negocio.

La sostenibilidad de los medios es esencial para la democracia. Pero la forma de alcanzarla define su credibilidad. Al mezclar información con apuestas, los medios juegan a la ruleta rusa. La única bala en el tambor es su independencia. Si la disparan, no quedará nada que sostenga la confianza. Y sin confianza, no hay negocio que sobreviva.

 

febrero 21, 2026

El activismo periodístico: una herida autoinfligida (post 3)

Al analizar por qué la confianza en los medios y periodistas sigue en caída libre —tema que he venido explorando en las últimas semanas—, hoy quiero centrarme en una de las heridas más profundas que el periodismo se autoinflige: el activismo.

El periodismo no nació para salvar al mundo, sino para explicarlo. Al desdibujar esa frontera, se acelera la desconfianza de la audiencia. Es comprensible que muchos periodistas abracen causas legítimas ante la injusticia, como la defensa de la democracia, los derechos humanos, la inclusión o el medioambiente. Sin embargo, el problema surge cuando el periodista deja de ser un observador riguroso para convertirse en un interventor que busca forzar un resultado político o social.

Esto ocurre cuando una redacción se suma a una protesta como un actor político más; cuando denuncia el autoritarismo de un candidato, pero guarda un silencio indulgente ante su adversario. Sucede cuando un medio organiza eventos políticos y los cubre como si fueran relaciones públicas; cuando clausura el contraste de argumentos en debates científicos sobre vacunas o cambio climático bajo el pretexto de que ciertas posturas "no merecen espacio"; o, quizás lo más grave, cuando omite deliberadamente los datos que incomodan a su propia narrativa.

En estos casos, el activismo periodístico opera bajo una lógica idéntica a los algoritmos que tanto criticamos: aquellos que manipulan la atención, crean burbujas de filtro y moldean la conducta ajena. Bajo esta premisa, el periodista activista deja de informar para crear una narrativa orientada a un resultado previsible. Al seleccionar hechos de forma quirúrgica, enfatizar ángulos convenientes y omitir matices, se le roba al lector la posibilidad de elegir su camino. En vez de ofrecerle un mapa, se le indica la ruta y se le empuja hacia la dirección escogida.

Aunque el lector decida su rumbo, percibe el truco detrás de la narrativa. Esa sensación de que se manipule su capacidad de elección —en definitiva, su libertad— termina por dinamitar el vínculo de confianza entre ambos.

A veces, el activismo no es intencional, sino consecuencia de la falta de rigor y de los sesgos editoriales que nublan el juicio. Un ejemplo claro fue el caso Covington; The Washington Post se dejó llevar por el prejuicio de tensión racial al difundir un video fragmentado de redes sociales sin verificar el contexto. Al validar una narrativa preconcebida antes que los hechos, el medio terminó enfrentando demandas millonarias por difamación, demostrando la vulnerabilidad de la prensa cuando el sesgo sustituye a la verificación.

Con el activismo periodístico se suele cruzar otra línea peligrosa, la de actuar como influencers. El riesgo reside en la tentación de juzgarlo todo desde un pedestal moral propio. Cuando el periodista se siente el héroe de una causa, deja de informar para persuadir y de explicar para movilizar. En ese punto, adopta los vicios del influencer que no busca ciudadanos libres e informados, sino una legión de seguidores que validen su postura.

Al final del día, el periodista activista termina mimetizándose con aquello que jura combatir. Opera con la opacidad de un algoritmo que crea burbujas, con el narcisismo de un influencer que busca seguidores y con el autoritarismo del político que intenta moldear la realidad a su conveniencia. Es una forma de soberbia intelectual creer que nuestra causa es tan noble que nos da permiso para omitir datos, ignorar contextos o empujar al lector hacia una conclusión preestablecida.

La desconfianza actual no es gratuita; nace de ese instante en que el usuario deja de sentirse informado para sentirse manipulado por una estrategia que no eligió. Recuperar la credibilidad exige abandonar el rol de movilizador y regresar al rigor del observador. Estamos llamados a ser el mapa, no el guía; a ofrecer las herramientas para que el ciudadano ejerza su libertad de pensar y elegir.

febrero 13, 2026

“Algo bueno, por favor, algo bueno” (post II)

 

Esta semana el caricaturista El Roto, en el diario El País, captó el clima con exactitud. Un lector, lupa en mano, frente al diario, reclama: “Algo bueno, por favor, algo bueno”.
La escena retrata lo que muchas personas sienten. Las noticias se han vuelto tóxicas. Violencia, escándalo, conflicto, confrontación, indignación permanente. El cansancio frente a ese bombardeo se ha transformado en distancia, y esa distancia en desconfianza.
Gallup sitúa la confianza en los medios en solo 28 %. El Reuters Institute documenta que el 40 % evita las noticias para proteger su ánimo, porque les generan estrés o frustración, algo que coincide con lo que señalan varios estudios biológicos y con lo que la Asociación Estadounidense de Psicología denomina news stress. Ante una exposición prolongada, el organismo opta por permanecer en alerta constante o por desconectarse emocionalmente. Ambas son formas de autoprotección frente a una sensación continua de amenaza.
Durante más de treinta años en Miami he visto repetirse un mismo formato de noticiero televisivo con tragedias, accidentes y escándalos. Tal vez una fórmula eficaz para sostener audiencia y facturación, aunque dudo que haya generado confianza. En mi caso, más de una vez me cuestioné si había elegido bien al emigrar con mi familia.
Entiendo, como gran parte del público, que el periodismo tiene un papel incómodo. Mostrar problemas, exponer fallas y señalar lo que no funciona es parte de su función social. Pero lo que se percibe como tóxico es que toda la realidad se presente como un contraste en blanco y negro, hasta que el debate público termina pareciéndose al conflicto político que cubrimos.
Ahí quedamos atrapados periodistas y ciudadanos. Informar sobre el problema es necesario. Vivir permanentemente dentro del problema desgasta.
A veces los periodistas atribuimos la desconfianza a la polarización, a la estigmatización de la profesión, a las redes sociales o a la inteligencia artificial. Todos influyen. Pero no explican todo.
En las redacciones se ensayan múltiples estrategias para retener audiencias: ajustar contenidos, optimizar formatos, apoyarse en tecnología. Hace unos días respondí una encuesta de un medio al que estoy suscrito. Me preguntaron por qué lo elijo, qué consumo y si renovaría. No me preguntaron si percibo sesgo, si el contenido está más pensado para los algoritmos que para el lector, o si confío en su cobertura. Midieron mi fidelidad comercial, pero no mi confianza.
Ahí aparece una cierta miopía. Suscribirse no implica adhesión automática, del mismo modo que nacionalizarse en un país no impide reconocer sus debilidades. Cuando las métricas se convierten en brújula principal, se corre el riesgo de confundir volumen con confianza. Más suscriptores no implican validación plena del criterio editorial.
La confianza pertenece a otra dimensión. Es cualitativa. Se consolida cuando el lector percibe respeto intelectual, equilibrio y profundidad; cuando advierte que el criterio editorial no deriva en activismo y que existe disposición a mostrar matices, incluso en quienes el medio suele cuestionar. Y, sobre todo, cuando la independencia frente al poder político y económico es práctica visible y no eslogan.
Cuando la realidad se presenta con sus grises y no como un campo dividido en bandos, el lector deja de sentirse cifra o reacción ocasional frente a una elección o una catástrofe. Parte de la confianza se reconstruye cuando el ciudadano se siente sujeto activo y no accesorio dramático o estadístico.
El tema es complejo. No existe una bala de plata para revertir una desconfianza creciente. Las recomendaciones son conocidas: más transparencia, correcciones visibles, clara separación entre información y opinión y mayor periodismo de servicio.
Y creo que la audiencia no pide menos rigor, sino menos estridencia y más comprensión, más contexto y más utilidad práctica para su vida. Ahí es donde grita más fuerte el “algo bueno, por favor” de El Roto.

febrero 05, 2026

La verdad sin neutralidad resta libertad (post1):

Esta es la primera de una serie de reflexiones sobre la verdad periodística. Nace de una preocupación que se ha ido acentuando con los años al escuchar, en foros, seminarios y debates públicos, a periodistas y directores de medios hablar de la verdad con un tono que roza el marketing. Se la invoca como sello de calidad y como rasgo distintivo frente a otros medios, las redes sociales o la inteligencia artificial.

En periodismo solemos afirmar que la verdad periodística, basada en la verificación, el contraste de fuentes y la responsabilidad pública, es suficiente para neutralizar un mundo de postverdad construido sobre mentiras, desinformación y teorías conspirativas. Nuestra verdad, se repite, sería el antídoto para frenar la polarización, salvar la democracia y recomponer el vínculo y la confianza con la sociedad.

Durante mucho tiempo dimos por sentado que decir la verdad alcanzaba. Esa convicción es incompleta y necesita una revisión honesta.

Desde que pisé por primera vez una sala de redacción me acompaña una incomodidad persistente. La sensación de que los periodistas y los medios hablamos mucho de la ética de los otros, pero poco de la propia. Defendemos con razón la verdad frente a la mentira, pero rara vez nos detenemos a pensar cómo contamos esa verdad y qué efecto tiene esa forma de contarla en la libertad del lector.

La manera en que vemos y narramos la realidad se apoya en la libertad de prensa. De allí surgen el criterio editorial, la pluralidad de miradas y la diversidad de medios, todas legítimas. Pero es la libertad de expresión la que debe guiar ese ejercicio, porque es la que le permite al lector pensar la verdad con criterio propio.

Solemos ampararnos en que nuestra verdad responde a un criterio editorial, al ADN del medio. Eso es válido. Ningún medio observa la realidad desde el vacío. El problema aparece cuando ese criterio deja de ordenar los hechos y empieza a conducirlos. Cuando los hechos se ajustan a una idea previa de cómo deben ser contados, la verdad deja de abrirse al lector y se le entrega ya interpretada.

Una verdad con sesgo no necesita mentir. Le basta con seleccionar, enfatizar, omitir o adjetivar. Los datos pueden ser correctos, pero la mirada ya no es limpia. La emoción se impone sobre la comprensión y el camino del juicio propio del lector queda cerrado de antemano.

Sin neutralidad, la verdad informa, pero reduce la libertad o, lo que es peor, no construye ciudadanos libres.

La neutralidad no es ingenuidad ni renuncia al criterio editorial. Es una práctica profesional exigente. Supone disciplina y contención. Implica resistir el impulso de empujar al otro hacia una conclusión y dejar espacio para que el lector piense, dude y decida.

Esta convicción me llevó a publicar en 1993 La dolorosa libertad de prensa. En busca de una ética perdida. Allí señalaba mi preocupación por la ausencia de autocrítica y de una conversación sostenida sobre ética profesional que nos debemos los periodistas.

La preocupación sigue abierta. En esta era es necesario debatir cómo sostener un criterio editorial sin perder neutralidad. En especial, cómo contar la realidad sin quitarle al lector la libertad de pensarla por sí mismo.

Medios, internet e IA, una asimetría letal

Los medios de comunicación siempre abrazaron la tecnología para expandir su alcance. Pero los últimos dos saltos han sido traumáticos. Prime...